miércoles, 18 de marzo de 2015

Crónicas de Nuevo Año - La Reunión

-¡Qué bueno que llegó, señor Sombra!

Modales. Hasta ahora encuentro incómodamente extraño que gente como esta tenga cierta clase de respeto, hasta temor, por alguien como yo.

Un tipo que entra en una reunión a la que no fue invitado, vestido lo más informal posible y usando una máscara que le cubre el rostro.

Sí, ironías de la vida.

Ahora, hay ironías de la vida y luego está mi vida, que parece ser una ironía de por sí.

Observo alrededor, cuatro hombres examinándome atentamente, como si quisieran desentrañarme con sus ojos, comprender que puede tener un tipo como yo que lo convierte en necesario, casi imprescindible para unos tipos como ellos.

Tipos que si bien lo quisieran podrían matarme en este preciso instante.

-Bien, alguien dejó un detalle en la puerta de mi contacto hoy – la tranquilidad de mi voz me sorprende. Claro, en el colmo de lo para nada lógico, me pongo nervioso en circunstancias totalmente cotidianas, pero aquí parezco un témpano de hielo controlando mis emociones.

-Era para recordarte que puede pasar – dice uno de ellos, debe tener entre 45 y 50 años, las entradas en su frente lo delatan, pero son los pocos cabellos mal peinados los que me hacen dar cuenta de que lleva en esto más de lo que yo quisiera.

-No es necesario que me lo recuerden, conozco bien el significado de…esa señal en particular.

-Bien, pues entonces ha hecho bien al venir hoy, señor Sombra.

-El señor Sombra era mi padre, yo soy solo Sombra – Estúpido, ni siquiera en tu lecho de muerte vas a dejar de bromear.

Alguien suelta una risita ahogada.

“No presiones a la suerte”

Bueno, ya iba siendo hora, ¿no, Delia?

Silencio sepulcral, hasta que alguien decide ignorar completamente mi comentario y proseguir.

-Creo que ya has conocido a nuestro amigo Velarde, ¿cierto? – la pregunta viene de aquel sentado al centro, al que conocen como “Papo”

-Sí, encantador tipo… ¿les he contado que tiene un fetiche con las baterías de carros? No me pregunten como lo sé, solo lo sé – Sucede que cuando empiezo a ponerme nervioso, no puedo dejar de hablar, ¿lo peor? Que solo digo incongruencias – Fea experiencia, no la recomiendo.

Nuevamente deciden ignorar mi comentario y tan solo limitarse a decir lo que deben.

-Bueno, como sabes, ya habíamos hecho esto con tu amigo Jorge – Su referencia me dolió en el vacío donde se supondría que debería estar mi corazón – Ahora, quiero aclararte que lo que pasó aquella vez no tuvo nada que ver contigo ni contra ti.

-¿Te refieres al hecho de dejarme solo y permitir que fuera golpeado y maniatado incluso después del trato que teníamos? – siento mi voz endurecerse tan solo de recordar esa noche – No, no hay resentimientos, viejo. Descuida…me pasa todo el tiempo.

-¡Sabíamos que querías doblarnos, huevón! – El más pequeño de los presentes se pone de pie, violentamente, golpeando la mesa al soltar su frase - ¡Te querías tirar para atrás como la rata cobarde con máscara que eres!

Lo contemplo con interés, esperando el siguiente movimiento. Llevo una mano a mi cintura, cuidando que no lo vayan a notar. Me pediste que no presione a la suerte, Delia. Bueno, este soy yo, forzándola a cooperar.

“Quiero que pienses siempre en la salida más inteligente. Golpear y hacer daño lo puede hacer cualquiera, ¿Qué puedes hacer diferente tú?”

Maldición, Delia ¿por qué no me dejas disfrutar esto tan solo un momento?

Rechazo este pensamiento apenas lo concibo, se parece demasiado a mi yo adolescente.

-Yo no iba a doblar a nadie, Pirro – le infundo serenidad a mi voz – Cumplí con mi parte del acuerdo, pero no pretendía convertirme en algo que nunca he sido. Lo único que les pedí fue que nadie matase a Jorge. En todo caso no fui yo quien rompió nuestro trato.

-Mírate, Sombra – esta vez es el calvo el que se vuelve a dirigir a mí – Eres joven, sabes lo que haces, lo haces bien, ¿por qué desperdiciar una oportunidad así?

Aun con los inexpresivos ojos de mi máscara, él sabe que lo estoy mirando, interesado. Y prosigue.

-Nadie aquí quiere a Velarde, no queremos tipos que han estado del otro lado, ¿entiendes? Por eso necesitamos alguien que haya estado en esto lo suficiente como para saber qué hacer.

-¿Qué te hace pensar que yo soy ese alguien? – Mi pregunta es válida, puesto que hasta ahora tampoco logro comprender sus razones.

-Las razones no importan, lo que interesa es saber si estás dentro o fuera.

“Siempre va a haber una razón para seguir hacia adelante”

Delia, ahora no, cariño…necesito concentrarme.

-¿Y se supone que tengo que decidir, verdad?

-No – Esta vez es el Silencioso quien se dirige hacia mí, desde el fondo de su asiento – Tú no decides nada aquí. Tú solo cooperas. Ya sabes cómo funcionan estas cosas, chico. Si estás dentro, pues estás dentro y si estás fuera, no estás.

-Ustedes sí que tienen un poder de convencimiento genial, ¿lo sabían? – Me resignó a saber que soy un payaso inoportuno.

-Piénsalo muchacho, ¿qué tienes que perder? Tienes futuro, tienes visión, tienes las agallas. Te estamos ofreciendo algo que muchos morirían por tener – El calvo se vuelve a dirigir a mí – ¿No estás cansado de tu estúpida rutina de todas las noches? Esto es algo mejor, definitivamente.

“Algo mejor”

De repente me encuentro a kilómetros de aquella reunión, esa misma tarde.

-¿No te has puesto a pensar que tú también te mereces algo mejor?

-¿Y eres tú algo mejor?

La pregunta se arrancó de mis labios casi instintivamente, como si tuviera vida propia. No caí en la cuenta de su significado hasta que ya la había dejado flotando en el aire. El silencio que prosiguió no hizo más que confirmarme lo que yo ya sabía.

Ella era algo mejor, solo que tal vez no para mí”

-Por lo menos puedo tomarme un tiempo para pensarlo, ¿no?

-Esto va a suceder pronto, chico – El Silencioso clavó una mirada desafiante sobre mí, como si estuviera retándome – El próximo feriado largo será el último de Velarde y su gente. Nadie quiere esperar más tiempo en vano.

-¿Semana Santa? ¿Es que acaso no tienen algo de respeto? – Encuentro mi queja algo ridícula, teniendo en cuenta que estoy rodeado de asesinos y delincuentes.

Un coro de carcajadas resuena dentro de la habitación. Ni siquiera el Silencioso puede contenerse ante la ingenuidad de mi reclamo.

El Silencioso, todavía guardo recuerdos de aquel hombre. Era quien estaba a cargo de todo, años atrás, cuando apenas este mundo de maldad se abría ante mí, deslumbrándome. Recuerdo haberlo visto un par de veces, cuando todo esto era tan divertido que no necesitaba una máscara para proteger mi dignidad o mi vida. “Ese chico tiene huevos”, le había escuchado decir alguna vez. Aquella noche, fue lo primero que conté en la mesa.

“-Y luego me miró y dijo que tenía huevos – Mis manos enfatizaban mis palabras, buscando sorprender a mi audiencia mientras sentía en mi rostro una idiota sonrisa de oreja a oreja.

Jorge me miraba, anonadado. Su boca estaba entreabierta y sus ojos, expectantes.

-¿Te hace mucha gracia que un delincuente piense eso de ti?

Fue su voz la que me sacó del trance en el que me encontraba.

-Pero… - No pude hacer más que balbucear – Es que él está a cargo de todo, es importante.

-Es un delincuente, ¿eso es lo que tú quieres para ti? – Sus ojos me miraron con severidad.

-No – agaché la cabeza, avergonzado

-¿Y qué es lo que quieres para ti, entonces?

-No lo sé, Delia…no lo sé.”

De alguna extraña forma, podría decirse que el Silencioso sabía quién era debajo de la máscara, solo que no había asociado que aquel chiquillo intrépido y el enmascarado desafiante que tenía hoy frente a él fueran la misma persona.

-Tienes tres días – Fue aquel mismo personaje del pasado el que me apagó los recuerdos – Ya sabes, estás con nosotros o contra nosotros. Pero si eliges esto último, sabes cómo se acaba.

Paseé mis ojos por aquellos personajes por última vez, todos me miraban con burla, convencidos de que no tendría otra opción.

El problema es que conociendo lo terco que puedo resultar, siempre habrá otra opción.

Me dirigí a la puerta, sintiendo la tormenta por llegar.

Siempre me había preguntado cada noche, si es que aquella sería la última. Si es que todo se acabaría de una manera trágica y despiadada. Una bala atravesándome, un cuchillo incrustándoseme, una paliza mortal, un mal salto, un pésimo cálculo, una caída estrepitosa. Tantas formas de morir y solo un sujeto para probarlas todas.

Sin embargo en aquel momento lo supe. No sería ninguna de aquellas con las que había fantaseado por años.


Sería la decisión que tomé ahora la que me costaría la vida. 

Pesadillas lúcidas

La muchacha caminaba por el parque, riendo. Su amiga la alcanzó por detrás, mientras gritaba su nombre. La neblina era espesa y a lo lejos, el mar rugía. Las luces de la ciudad estaban más encendidas que nunca, como si hubieran olvidado que era más de la media noche. Ambas estaban felices, despreocupadas, ¿cuál era el problema con dos jóvenes que simplemente querían divertirse saliendo de una discoteca a las 4 de la madrugada?

Era un sitio extraño aquel, toda la estructura comercial se escondía tras la fachada de un simple parque con vista al mar, y debajo, se alzaba un paraíso de escape para muchas personas. Lo único que la gente buscaba yendo a lugares como ese era diversión, relajo y olvidarse un poco de los problemas habituales.

El extraño estaba sentado en una de las bancas del parque, tan solo una polera con capucha y unos guantes negros lo abrigaban. Se encontraba bastante encogido y las muchachas solo se alejaron un poco, pensando que era algún ebrio dormido. Ya les había ocurrido antes así que quisieron asegurarse de que su noche no terminara mal o quizás con alguna de esas historias que cuentas, pero que desearías que nunca te hubieran sucedido.

Él las vio de reojo, llevaba también una bufanda negra que le cubría el rostro hasta la nariz, solo se veían sus ojos, negros, resaltados en la oscuridad de la noche. Una de las chicas giró la cabeza y se topó con su mirada, nunca había visto algo así: puro odio, maldad, resentimiento. En ese momento, supo que algo debía estar completamente mal.

Chicas desconocidas, hombre desconocido. El azar juega muchas cartas, pero todas llevan siempre al mismo resultado. El extraño se puso de pie lentamente, mientras las chicas apresuraban el paso, ansiosas. Una le susurraba a la otra, luego ambas volteaban y veían al hombre caminando tras de ellas. Al principio no parecía que las estuviera siguiendo, hasta que una de ellas lo vio meter la mano en el bolsillo. No pudo avanzar más cuando observó el cuchillo salir en la mano del hombre.

-¿Qué pasa? ¡Tenemos que irnos, ya!-le dijo su compañera

La otra chica, rubia y de ojos verdes, seguía inmóvil, mirando como la inminente proximidad del extraño la ponía en peligro no solo a ella, sino a su amiga. Trató de gritar, pero comprendió la situación. No había nadie a quien pudiera recurrir en ese mismo instante. Un atisbo de coraje cruzó por su mente “Somos dos, este tipo es uno y solamente tiene un cuchillo”, pensó. Volvió a mirar al sujeto y su mirada profunda cargada de odio, borró cualquier tipo de valentía de su espíritu.

Decidí que era momento de actuar.

El extraño se acercaba cada vez más a las chicas, y mientras una de ellas estaba petrificada por el susto, aún sin que hubiera sucedido algo, la otra ya estaba corriendo calle abajo, lo cual me hizo pensar en que tan fuertes pueden ser los lazos que nos unen cuando nos encontramos en peligro. La chica seguía petrificada por el miedo, el extraño se acerco y le puso las manos en los bolsillos. Ella temblaba, la neblina los envolvía. Parecía como si fuera a hacerlos desaparecer de repente.

-No te va a pasar nada si me ayudas, mi amor-le dijo el extraño a la chica,  mientras una de sus manos acariciaba su mejilla izquierda y la otra, con el cuchillo, recorría los bolsillos de la chaqueta de jean que ella llevaba puesta.

La voz del extraño era melodiosa, pausada y resonaba aún con la bufanda cubriéndole la boca. El rostro inmóvil de la chica se mantenía inexpresivo, mientras una ráfaga de viento desacomodaba sus rubios cabellos de un lado a otro. Una lágrima pequeña e insignificante se deslizaba por su mejilla y el extraño se apresuró a limpiársela. Las sombras de la noche caían sobre ambos personajes, el tiempo pasaba y el hombre ya se había apoderado del celular de la joven.

-¿Ves como no te va a pasar nada? Ahora necesito que me enseñes la cartera-le pidió el extraño. Resultaba raro ver a un ladrón tan amable en plena madrugada. Las apariencias engañan, y en mi caso, es completamente cierto.

-Por favor…no…no tengo nada…por favor, no me lastimes-la voz de ella me impacto un poco. Era delicada, sonaba por encima de las olas del mar que rugían ante la injusticia que se estaba cometiendo, por encima de la del ladrón caballeroso que hurgaba en los bolsillos de ella y por encima de los latidos de su propio corazón agitado y aterrorizado.

Y sí, yo sí los estaba contando. Uno a uno.

La pequeña lágrima se había convertido ahora en un sollozo ahogado que golpeaba el pecho de la joven. El extraño deslizó el cuchillo hasta su cuello con delicadeza, mientras ella temblaba con espasmos cada vez más fuertes. Yo sabía que en cualquier momento se desmayaría, aunque estaba aguantando demasiado.

El extraño sacó unos cuantos billetes de los bolsillos de la chaqueta de jean y luego dio dos pasos hacia atrás, su verdadera intención era retroceder y echarse a correr, pero supongo que tuvo que detenerse al sentirme detrás de él.

- ¡¿Quién diablos eres tú?!-me preguntó, rompiendo el silencio de la noche frágil con su grito.

Debajo de la máscara, solo atiné a sonreír.

-Tu peor pesadilla

viernes, 13 de marzo de 2015

Crónicas de Nuevo Año: Una noche cualquiera.

Sucede mucho que mis fronteras no estén bien definidas.

Momentos en los que no sé qué hacer con los sentimientos del hombre debajo de la máscara y estos nublan mi capacidad de concentrarme en el aquí y ahora.

Lo cual me puede costar la vida.

-¡Maldito imbécil! ¿Quieres jodernos la vida? – El grito exasperado del hombre que se aferra a mi pierna me saca de cualquier tribulación interna.

¡Ah, sí! ¿No lo había mencionado? Me encuentro colgando a casi treinta metros de una viga que puede romperse en cualquier momento y sí, por si se lo estaban preguntando, sí podría ser peor.

Siempre puede ser peor.

Pero el tema no es ese, pues bien…quizás te estés preguntando cómo rayos fue que llegué a parar a esta situación. La respuesta a esa interrogante es condenadamente simple.

Soy estúpido.

O mejor dicho, el hombre debajo de esta máscara lo es.

Me sucede mucho que pienso en él y en mí como entidades separadas, como dos polos opuestos que luchan por controlar una existencia que ninguna de los dos tienen asegurada. Y vivimos así, en una constante batalla. Sus sentimientos contra mis influencias, su dolor contra mi capacidad de evitar el daño.

Sus pérdidas contra mis pecados. Aunque unas sean la consecuencia directa de las otras.

O quizás simplemente es que no estoy listo para reconocer que la misma persona pueda tener ángulos tan brutalmente distintos entre sí.

Es decir, ¿quién imaginaría al chico bueno poeta saltando de techo en techo por las noches, con nada más que 5 cuchillas amarradas a su cintura? Es bastante inverosímil. Cualquiera pensaría que es una genial historia ficticia sacada de la imaginación inagotable de un tipo que sueña con personajes que mueren trágicamente solo para satisfacer cierto anhelo creativo.

No sabes lo que daría para que fuese así. Para que se tratase tan solo de una ficción mal guionizada.

-¿En qué mier** estás pensando, chico? ¡Nos vas a matar a ambos! – El barbudo insiste en que salve su vida. Lo que no sabe es que la mía ya está perdida.

-¿Sabías que gritar más fuerte no va a hacer que no caigamos, verdad? – Trato de aplicar la lógica y el razonamiento. Sí, claro…y cuando realmente debería aplicarlos, están de vacaciones.

¿Por qué sigo haciendo esto?

Me lo he preguntado millones de veces, billones…infinitas veces. La respuesta sigue siendo la misma. Ahí afuera siempre hay alguien que puede necesitarlo y en vista de que siempre fue tan sencillo hacer daño, ¿cómo reparas ese daño?

¿Ayudando a otros por el resto de tu vida? ¿Evitando esquemas de maldad organizada más grandes y complejos que tú y tu miserable doble vida?

“Mientras haya algo que puedas hacer y no lo hagas, ¿crees que eso te hace más digno?”

Su voz resuena en mi cabeza como un eco lejano que me gustaría alcanzar. Clara, nítida y con todas las tonalidades respectivas. Como en esos momentos en los que bastaba tan solo con intercambiar miradas para que conocieras los verdaderos colores de mi alma. Para que juntases todos mis pedazos y me convencieras de que ahí afuera había algo mejor esperándome.

¿Por qué, Delia?

-¡Auxilio! ¡Ayuda! – La desesperación del barbudo comienza a fastidiarme.

Tuve que perderte para comprender la magnitud de lo que se imponía ante mí. Yo no pude verlo antes, era tan solo un adolescente irresponsable que hacía cosas por llevar la contra a los demás. Era tan solo un niño asustado, que necesitaba una vía de escape para todo ese miedo, para todo ese pánico, para todo ese dolor.

Si tan solo en ese tiempo hubiera conocido la literatura, quizás todo sería distinto ahora.

“¿Eres tú un luchador o eres de esos que se acobardan cuando las cosas se ponen difíciles?”

Bueno, soy un tipo que está colgando a casi treinta metros de una viga que puede romperse en este preciso instante, así que optaré por la primera.

Soy un luchador. Al menos eso creo.

Por esta noche me vendría bien serlo. Aunque muchas otras no sepa ni tenga una aproximación a qué demonios soy, somos o cualquier conjugación posible del verbo ser.

“No porque quieras parecer misterioso y complicado significa que lo seas, niño”

Siempre supiste exactamente que decir y siempre lo decías en el momento indicado. Por eso es que extraño esas noches en las que una taza de cocoa y un pan con mermelada eran una inyección de moral suficiente que me permitía encarar los retos nocturnos con un poco más de optimismo.

-¡Alguien ayúdeme, por favor! ¡Nos estamos cayendo!

-Por favor, deja de gritar. Estoy intentando pensar.

-¡PENSAR UN CARAJO! ¡TÚ QUERRÁS MORIRTE, PERO YO NO!

“¿Alguna vez has pensado en acabar con tu vida?

Puedo decirte con total y absoluta sinceridad, que no. Nunca lo he considerado.

Y aun así, aquí estoy. Pero ya hablando en serio… ¿me las he visto peores, no?

¡Oh, sí! ¿Recuerdas aquella vez…?

Decido que ya estuvo de pensar y pasemos mejor a ayudar al barbudo.

-Bueno, se acabó el show. Ahora nos vamos – trato de ser bromista y solo recibo una expresión aterrada.


Yo no soy fuerte, pero soy un luchador. Este camino prestado lo vengo recorriendo hace más de 10 años y si algo me ha enseñado es a aprovechar tus cualidades.

Bueno, ciertas habilidades. Porque si hablamos del canto, la poesía o la literatura, ya hubiera muerto hace mucho.

-¡Sujétate de mis piernas!

Me balanceo lo más fuerte que puedo, mis brazos están a punto de fallarme. ¡Maldita sea la flojera por no dejarme ir nunca a un gimnasio!

Yo no soy fuerte, pero soy un luchador.

Aun cuando me puedes golpear con todo lo que tengas, siempre me voy a levantar.

Me las he visto en peores situaciones. Incendios, decepciones, rechazos, friendzone, todos combinados o en combinaciones de dolor radicalmente nuevas.

Siento mi columna doblarse, mis codos hacen un intento sobrehumano para no romperse. Creo que todas mis articulaciones acaban de crujir en una ópera estremecedora.

Varias imágenes en mi cabeza como destellos. Mi amigo tendido durmiendo en una camilla, Beatriz hablándome sobre como nunca más quiere volver a atenderme pasadas las 12 de la medianoche y en un estado más que deplorable. Yo, en casa, soltando un grito desgarrador desde el fondo de mi ser. Aquel mensaje copiado, aquel sentimiento muerto, aquel amigo perdido.

“No te alejes, por favor”

Maldición, esa no eres tú, Delia.

Solo un poco más…brazos, no me fallen ahora. Un último esfuerzo, un balanceo y luego, otro más.

Un golpe sordo, el impacto de un cuerpo contra el piso. El barbudo se pone de pie, rápidamente, atontado, asustado, me mira directamente. Lo veo a través de la máscara.

No va a ayudarme. Debí haberlo sabido.

Se aleja corriendo como si hubiera visto un fantasma y me encuentro ahí, colgando. Con los sentimientos desbordando mi pecho queriendo aventarse en una caída mortal.

Bueno, ya que…tampoco es que vaya a vivir tanto. 

Me dejo caer, y el vértigo me recuerda lo que sentí aquel día mientras contabilizaba los 20 minutos que faltaban para ver una película de la que ni siquiera recuerdo el nombre. 

Esto es lo que soy, el hombre que cae, el hombre que se avienta al vacío solo por ser un poco más digno, por ser un poco más merecedor de algo mejor. 

Yo soy Sombra.

jueves, 12 de marzo de 2015

Mundos Paralelos

11 de marzo del 2015

Hoy fue uno de esos días.

Y al mismo tiempo, no lo fue.

En un mundo paralelo, entro a mi cuarto sintiendo la ira correr por mis venas, quemándome el corazón y achicharrándome las buenas intenciones, rebusco entre algunas cosas violentamente y la encuentro…ahí, donde siempre ha esperado mi regreso. Los ojos vacíos y carentes de expresión alguna me miran con frialdad, retándome con una súplica silenciosa.

“Hazlo…solo una vez más”

La tomo entre mis manos, la contemplo por unos segundos y me decido a fundirme de nuevo con aquel que me mira desde un rincón de la oscuridad de mi alma. Aguardando, paciente, a que el transcurrir del día a día me derrote, me patee en el suelo y se burle de mí.

Él lo sabe porque me conoce, hemos hecho esta danza por tanto tiempo que conoce mis debilidades, mis flaquezas y sabe en qué momento, mi única alternativa será recurrir a él. Ese momento en el que mis tribulaciones serán más fuertes que mi voluntad de mantenerme alejado de un camino que no es el mío, pero que me resulta un préstamo peligroso.

Sombra.

Salgo de mi habitación, cuidando de no hacer mucho ruido, no vaya a ser que mis miedos se vayan a despertar. Me escabullo entre la ventana y salgo a buscar una razón para seguir moviéndome, tratando de recordar que es hacia adelante que debo ir. Buscando la buena acción que ponga mis números un poco menos en contra mía de lo que ya están, de lo que siempre estarán.

Y por dentro me pregunto qué pensarías de mí si vieras en lo que se ha convertido mi vida ahora, Delia. Porque nunca puedo evitar reflexionar acerca de cuan diferente sería todo si tú estuvieras aquí, tal vez sabrías que decirme o quizás solo me lanzarías una de esas miradas que removían hasta el más fuerte de los cimientos sobre los que se asienta mi vida.

Pero tú no estás aquí y me encuentro solo.

Sin embargo, ese es un mundo paralelo y aquel no soy yo.

Hoy llegué con esas ganas de mandar todo al diablo. Con esa energía negativa que te consume como un fósforo prisionero que ve acabar su existencia consumida por el fuego ante sus propios ojos. Con esa rabia e impotencia de no poder cambiar tus circunstancias, porque una fuerza superior a ti parece repartirte las peores cartas a cada turno y te encuentras frente a un juego que, de antemano, sabes que no podrás ganar.

Hoy fue uno de esos días en los que todo lo que puede salir mal, sale mal; uno de esos días en los que el destino se burla de ti, mientras te pregunta “¿Creíste que ya era suficiente? Pues no”

Pero un solo hecho puede cambiar el rumbo de las cosas.

Una palabra dicha en el momento preciso. Una conversación iniciada en el instante justo. Puede hacerte dar cuenta.

Puede salvarte la vida.

Porque la energía cambia, evoluciona y fluctúa. Y dentro de ese proceso, siempre habrá un catalizador que agilizará o que hará más llevadera la situación.

Pues bueno…te extraño, catalizador. Y por eso es que tomo lapicero y papel, te escribo una nota mental, la envío a la dirección que no conozco…que te agradezco, que lo aprecio, que te admiro.

No me preguntes porque lo escribo, solo sé que vale la pena hacerlo.

Porque en noches como esta, me salvaste la vida. Sin magia, sin prisa. Solo con la verdad, solo con un toque justo de serenidad.

Tú no lo sabes, yo no lo entiendo.

Esta noche dormiré tranquilo y se dibujará una sonrisa en mi rostro. Mañana será otro día, uno en el que la lucha continúe. Sea como sea, que sepas que no me siento solo y tú tampoco lo estás.


Y así está bien. 

sábado, 7 de marzo de 2015

Una semana hacia atrás a partir de hoy

Es curioso cómo cambian los momentos en un lapso determinado de tiempo.

Una semana hacia atrás a partir de hoy, experimentaba una de las resurrecciones más sorprendentes desde la que tuvo Jesucristo hace más de 2000 años. Bastante surrealista y descaradamente inexplicable (porque me guardé las razones de mi mejoría para mí solo). Mi mágico “regreso a la vida” dejó anonadados a todos los asistentes a una reunión que nunca hubiera sucedido sino por las ganas desaforadas de un grupo de chicos jóvenes e inquietos que solo buscaban divertirse…y claro, “cag**** un rato” porque de eso se trata esta etapa, ¿no?

De divertirse y no tomarse las cosas tan en serio…ya sabes, cero compromisos, cero daños, cero gente lastimada. Y funciona, es un buen estilo de vida. Es despreocupado, te ahorra dolores innecesarios y te permite disfrutar momentos sin ningún tipo de ataduras, bebiendo y coreando letras de canciones que ni tú entiendes, mientras tu mano gira a una chica y la otra sostiene un vaso lleno de ideas que ni sabías que eran tuyas. Y sientes que nada puede salir mal porque tú tienes el control.

Claro…solo que no lo tienes en realidad y estás a un paso de que algo mucho más grande y mucho más familiarmente misterioso te consuma.

Yo no lo supe una semana hacia atrás a partir de hoy, no fue en ese momento. Tampoco lo supe mientras ella colocaba cuidadosamente una bolsa de hielo sobre mi cabeza, tratando de bajar una fiebre de la que nunca recordaré la verdadera causa. Mucho menos lo supe cuando mi cuerpo, cual campo de batalla, libraba una guerra en dos frentes distintos, estando destinado a perder en ambos. Mis glóbulos blancos se inmolaban en la lucha contra una infección cualquiera que eligió el peor momento para llegar, porque te podría narrar la cadena de acontecimientos que me llevaron hasta esa situación, pero me la ahorraré, y todo mientras mi corazón se sacrificaba hidalgamente ante un sentimiento que, quizás, hubiera sido mejor olvidar.

Yo no lo supe ni en ese momento, ni en ninguno de los que siguieron en el transcurso de esta semana. Si tengo que ser completamente honesto (y créanme, lo seré), hasta ahora no estoy seguro de saberlo…digo, se siente como si lo supiera; se ve como si lo supiera e, incluso, duele como si lo supiera, pero falta algo, aunque ¡qué puedo saber yo! Quizás solo sea lo mucho que voy a extrañar su cuerpo junto al mío robándome un poco de la respiración mientras cuido un sueño que no trata sobre mí y en el que ni siquiera soy extra, en un día en el que no me añoran a mí, en un momento en el que estoy pero no me sientes ahí, mientras te hago dormir. Pídeme un par de horas prestadas y luego déjame observarte solo un momento más…porque si hubiera sabido ahí lo que sé aquí y ahora, habría preferido quedarme viviendo en mi insomnio, luchando contra mi sueño por defender el tuyo…pero, eso no importa ahora, ¿verdad? No es de fuertes y solo evidencia mi debilidad…quizás solo debí haber cerrado los ojos y volteado mi cuerpo hacia la pared. En ese momento se hubiera sentido menos fría.

Una semana hacia atrás a partir de hoy, me rendí a una lucha interior que venía peleando con valentía en mi propia contra. Sabiendo de primera mano cómo terminaría, conociendo el número exacto de bajas y el saldo final de heridos. Nada de eso importó en el instante en el que una puerta se abrió y dentro de mi convalecencia, te vi. No sé si era un halo de luz divina o algún irresponsable que dejó la luz prendida, pero me apagaste todos los circuitos que estaban alerta…y en mi cabeza, alguien gritó.

“¡Te vas a ir al carajo!”

Pero yo ya estaba en el asiento de adelante y sin el cinturón puesto.

Y me moviste algo adentro, me removiste unos escombros que me había dado tanta flojera quitar de encima de mi corazón y lo obligaste a latir y a sentir un poco, pero cuidando de no dar mucho…no vaya a ser que el cazador termine cazado. Me miraste, y en tu mirada había ternura y un corazón camuflado que no sabía si asomarse o huir. Se me tumbaron todas las barreras, recordé uno de los primeros días en los que te conocí y me pregunté “¿Cómo?” pero ya no importaba, porque cada vez que tienes las respuestas, te cambian todas las preguntas.

¡Qué curioso! Pensé que ciertas cosas no cambiaban tan deprisa, pero estaba equivocado.

Dentro de la espiral de recuerdos difusos que guardo de esta semana, identifico la confusión, el temor, las dudas y, sobretodo, el dolor. Ese ya lo conocía, es un viejo amigo que siempre regresa a recordarme que se puede ser un poquito más miserable si es que decides sentir nuevamente… ¡tonto, yo! Ya debería saber lo que pasa cuando juegas con FUEEEEEGO.

Sin embargo, de algo me ha servido esta última semana y ha sido para llevar mi autoconocimiento a un nuevo nivel. Un nivel en el que ni el más profundo y noble de los sentimientos puede plantarse y hacer una diferencia frente a la más equivocada de las ideas…que pasa por verídica. No intentes venderme una seguridad que no existe, no trates de engañarme con ideales nobles y sueños y retos futuros que necesitas encarar, ni tampoco hacer pasar tus propias carencias por catalizadores de soledad. No lo intentes, porque todo eso yo ya lo he hecho y no me ha funcionado. Sino no estaría aquí escribiendo unas líneas que me juré a mí mismo no escribir y que, si mal no recuerdo, te dije que no escribiría. Porque tú y yo y el cobrador de aquel vehículo que perseguí por ti cargamos con una mochila emocional y no, contrario a lo que crees o te estás forzando a creer, no tienes que cargarla sola. No tienes que perder tu centro por ser apasionada, no tienes que descuidar las cosas que realmente son importantes para ti, ni mucho menos tienes que cuidarte la espalda, no vaya a ser que el enamoramiento te tome desprevenida. No tienes que hacer nada de esto, pero ya lo hiciste. Y en tu propio campo de batalla, también me inmolé.

Me inmolé y comprobé algo que yo ya sabía. Que los chicos “lindos, tiernos y amorosos” somos como el Paracetamol. Genéricos, baratos y fáciles de conseguir. ¡Oh, mira! Ahí va uno…y ahí tienes otro. Y mira…ese va a subir a aquel carro, justo adelante y sin ponerse el cinturón. Porque lo único a prueba de balas en nosotros, es la soledad y nadie, repito, N-A-D-I-E puede enamorarse del chico LTA (Lindo, tierno y amoroso). No lo digo yo, lo dice Darwin y su pinche “Selección Natural”. Porque apuesto a que ellas están buscando alguien fuerte, alguien que despierte pasiones naturalmente, alguien que pueda camuflar sus sentimientos de culpa, alguien que resista el dolor sin inmutarse, alguien que les mueva el piso y no para trapeárselo un poco después del desastre de una noche con unas copas de más en un intento de luna de miel en la que si me acerco 2 centímetros más a tu boca, seré hombre muerto. Yo ya no sé qué busquen y ¿la verdad? Me importa un comino, porque sé que no me buscan a mí, ni a ti, compatriota LTA. Así que no te molestes en correr detrás de un vehículo de transporte público mientras cojeas y tienes un tendón estirado…porque eso no le tocará nada dentro, y no porque seas un ideal sacado de una comedia romántica, sino porque en la vida real, esos ideales son meras ilusiones que revientan como globos con demasiado aire. Tu aire, ese mismo aire que respiraba mientras me aferraba a mis últimos vestigios de cordura y lucha desenfrenada para no estampar mis labios contra los tuyos. Una lucha que quedó minimizada en cuanto entré al mismo saco de pretendientes que los demás.

Ya no escribo para justificarme ante ti, ni ante nadie y es por eso que llevo casi 2000 palabras escritas. Porque en el momento que dejé de escribir “para ti”, dejé de escuchar tu voz en mi cabeza preguntando “¿Vas a escribir sobre mí en tu blog?”. Ya no escribo para callar las bocas de aquellos que dicen “la vida sigue, no te hagas paltas”. Tampoco escribo para cambiar alguna circunstancia, porque hace mucho tiempo que descubrí que la escritura tiene el poder de tocarte las fibras del sentimiento…pero a veces ni siquiera eso es suficiente. Porque una semana hacia atrás a partir de hoy, hubo de todo y aun así, todo no fue suficiente. Porque toda tu lucha, todas tus ganas, todas tus apuestas arriesgadas se pueden ir al carajo frente al “sabio” consejo de un taxista (¡Te maldigo, Arjona!) que a lo mejor carga dos divorcios a cuestas y varias demandas por alimentos, pero que se dedicó a filosofar en lugar de manejar responsablemente. Y no me digas que una persona que escucha la sabiduría de un taxista, la interioriza y la hace suya, está totalmente segura de sí misma, de lo que quiere y de lo que no.

Pero no te preocupes, fue el sol con cincuenta centavos mejor invertido de toda mi corta vida. Por una consulta psicológica hubiera tenido que pagar más de treinta soles distribuidos en varias sesiones inútiles de contar problemas que a nadie le interesan, tan solo para que me diagnostiquen como un tipo LTA. Pues bueno, me ahorre dinero y tiempo que nadie quería perder al poder identificarme en menos de cuarenta minutos. 

Soy un Paracetamol.


No he venido aquí a cambiar las ideas de nadie. Una semana hacia atrás a partir de hoy hubiera pensado que era posible, que tan solo una minúscula oportunidad podía ser suficiente. Digo…a veces en la primaria, de una triste y solitaria semillita obtenemos una rama imponente de frijoles, ¿cierto?

O quizás ya era un mal augurio que mi pinche semilla siempre terminase ahogada en un algodón aprisionador que lo envolvía en su abrazo, que le compartía un afecto mesurado y que al final, la obligaba a renunciar a todo lo que pudo ser y todo lo que pudo dar.

¿Lo entiendes ahora? Yo, semilla. Tú, algodón.

Y yo siempre voy a ser la semilla, es lo que soy. Es lo que yo he escogido. Ya no me arrepiento que estas hayan sido las cartas que me tocaron, ya no necesito pasar por una transición de chico rudo con complejo de casanova porque no se puede ser más patético ni más desesperado. Y tranquila, no es tu culpa. Si tengo que culpar a alguien, culpo a Ryan Gosling en “The Notebook” y al desgraciado momento en el que decidí contradecir a mi biología masculina y adoptarlo como un modelo a seguir. Porque sea que construyas una casa, o que escribas 365 cartas una por día, o que cuides el sueño de aquella persona sacrificando el tuyo o que corras detrás de un vehículo de transporte público solo para terminar diagnosticado y rechazado, nada de eso importa, porque solo son momentos y los momentos cambian. ¿Ya lo ves? Yo quise quedarme viviendo en un momento, atrapando una esencia que no era mía sino tuya e inmortalizando cada pequeño instante. Supongo que no fue suficiente, ¿verdad?

¿Te digo algo? Nunca será ideal. Nunca alguien podrá estar completamente seguro de lo que siente. Nunca podrás estar 100% convencido de que no vas a hacerle perder el tiempo a alguien. Este texto podría ser considerado como una pérdida total y absoluta de tiempo y, aun así, no lo es (Puesto que yo no pago las cuentas, pero ese es otro tema). Creo que mientras haya una chance, tan solo una pequeña de que, por esas casualidades de la vida, dos personas se encuentren y compartan algo que no etiquetaremos, debería significar algo. Y cuando me refiero a “algo”, quiero decir, algo que valga la pena porque “así se quiere, así se vive, así si vale la pena existir, porque así, sí te puedes ir al carajo, Zeus y meterte ese rayo por donde más te convenga”. Porque no son los que ganan, sino los que arriesgan. Porque en una guerra se recuerda más al que cayó, dándolo todo por un ideal que al que sobrevivió…a no ser que seas Harry Potter, pero ese es otro tema también.

Y entonces, ¿en qué quedamos? En nada, no te preocupes. Yo haré gala de los 21 años de edad que adornan mi vida mientras me comporto de la manera más madura y a la altura posible pensando en que sí, que una mujer como tú merece ser la primera oportunidad de alguien. Alguien que quizás sabrá valorar mejor esa oportunidad, y que a lo mejor estará esperándola. Alguien que despertará en ti todas aquellas cosas que yo no pude, alguien cuya lindura no será tan inocente, cuya ternura no será tan empalagosa y cuyo amor será quizás más apasionado. Dicen que en la vida hay mejores que tú, así como tú eres siempre mejor que alguien. No estoy seguro de cuan cierto sea esto, la verdad ya me da igual ser mejor que alguien. Lo único que me alegra un poco el corazón es haber despertado al menos un pequeño “feeling” en ti, que hayas podido confiar en mí y que hayas podido sentirte segura de que si debes compartir una sábana con alguien, deba ser conmigo.

Una semana hacia atrás a partir de hoy, pasaría una de las noches más lindas, tiernas y amorosas en mucho tiempo. Yo no lo supe en ese momento, ¿cómo podría saberlo? Sumido en la más dulce ignorancia, simplemente pude pasar mi mano por tu cintura y luchar contra mi cansancio mientras respiraba tu aire e iba derribando una a una las barreras que me había autoimpuesto para evitar que este tipo de cosas me sucedan de nuevo. Pero me equivoqué, no debí haber derribado mis barreras y tal vez, sí haberme dedicado un poco más a derribar las tuyas. Ya no importa ahora, tú debes estar regresando de un viaje imaginario y yo estoy aquí haciéndome la misma pregunta que tú me hiciste en aquel momento “¿Por qué no eres un chico normal?”.

Y bueno, ya quedó demostrado que no lo soy. Porque una semana hacia atrás a partir de hoy, no me cansaba de sentir esa extraña química mientras bailábamos o mientras rodeabas tus brazos alrededor de mi cintura o mientras arrancabas la carne de mis brazos. Y hoy, tan solo hoy, cuando duerma o intente dormir y fracase, pensaré que en una noche como esta, pude tener tantas cosas, pero que al final, me resigné a dejarlas ir.



Y en el firmamento, un taxista sonreirá. 

martes, 17 de febrero de 2015

67 días

*Del diario personal de Alex Balbuena

Hoy fue uno de esos días.

Aquellos en los que cuestiono hasta la médula de mi existencia, las raíces mismas de todo lo que me define y luego me pregunto cómo es que las cosas pueden parecer tan sencillas cuando en realidad nunca lo son. 


Sigo llevando las cuentas, y mientras mis números siguen estando a mi favor, aun no siento que esté ganando algo. 

Hoy se cumplieron 67 días. 67 días de constante tribulación y lucha contra mí mismo. 67 días de no escapar de la realidad o de entrar en ella. 67 días en los que una máscara no ha definido lo que soy capaz de hacer. 67 mañanas con sus noches en las que me he demostrado a diario que mi vida no se reduce a ser un títere del destino dentro de la tragicomedia que me ha tocado interpretar. 

¿Por qué no se siente como lo correcto entonces?

No me malinterpreten, es definitivamente genial y asombroso vivir la vida de un tipo común y corriente de mi edad, divertirse, tener amigos, salir (mucho...demasiado, en realidad), conocer gente, experimentar sensaciones que solo dejaba a las películas en las que los chicos "populares" podían conseguir lo que querían. Por supuesto, es fantástico sentirse como esos personajes. 

Sin embargo, esa no es mi vida, ni ese soy yo en realidad. 

Hoy se cumplieron 67 días en los que alguien pudo haber necesitado de mí. 67 días en los que todas las barreras que le autoimpuse al pasado han luchado por tumbar mi fuerza de voluntad. 67 días en los que él me ha estado viendo desde un rincón de mi habitación, a través de esos ojos vacíos que solo mi mirada llenaba, preguntándome sin decir nada, cuestionándome. 

¿No somos acaso mejores que esto?

Era tiempo de ser mejor de lo que alguna vez fui, sin embargo, no soporté la presión de la muerte, la decepción y la derrota. Viví mis peores pesadillas una vez más y solo huí, porque eso es lo único que podía hacer bien en aquel momento. Y 67 días después, todavía he podido hacerlo. 

Porque es demasiado sencillo poner una máscara sobre tu rostro, esconder tus tribulaciones, tus miedos, la angustia que te carcome por saber si volverás a casa, tus sueños, tus sentimientos, renunciar a todo lo que te hace tú, para convertirte en todo lo que representa la sombra de lo que eres. 

Y aun así, lo importante es saber aceptarlo. 

Tuve mi bocado de lo que se siente ser normal, solo de lo que se siente porque quizás nunca termine de comprender la normalidad de por sí. 

Porque pongo una máscara sobre mi rostro y me sumerjo en un mundo que no es el mío, mas tan solo prestado. En una vida que no me corresponde, pero que he sabido aceptar como la que, quizás, merezco. Y está bien, y se siente como lo correcto. 

Aunque hayan 67 razones por las que no lo es, lo único que importa ahora es que la noche recién comienza. Y es que cuando pasas mucho tiempo en la oscuridad, tus ojos pierden la capacidad de reconocer la luz. Lo entiendo ahora, quizás el infierno no sea fuego y salitre, ni siquiera demonios. 

Sin ángeles, sin demonios. 

Solo Sombra.