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lunes, 4 de enero de 2016

Explicaciones que no me pediste

En los últimos días, fui víctima del contagioso optimismo generalizado por los días festivos. Navidad, Año Nuevo y todo eso. Y sí, también engordé como el 85% de la población e ingerí más alcohol del que puedo recordar, sin embargo, no escribo esta entrada para contarles sobre cómo transcurrieron las fiestas de fin de año porque, seamos sinceros, pasados el jolgorio y la algarabía de los festivos, cuando alguien publica la “genial” forma en la que los disfrutó, lo único que nos queda a los demás es ese sentimiento de “Ya, ¿y a mí que chu?”.

Por eso es que esta publicación no tiene ningún afán de compartir con ustedes, queridos lectores, sobre cómo pasé o no pasé mis festivos (o qué pasó y no pasó, en todo caso). Ya sé que nadie varios se deben estar preguntando “Oye, ¿no habías cambiado Blogger por una plataforma más hipster y pinky friendly?”.

Pues la respuesta es sí y no. Como mencioné líneas arriba, es cierto que uno se contagia con esa infecciosa euforia diabólica y se propone metas inalcanzables optimistas para el nuevo año. Yo, por ejemplo, pretendiendo usar Wix como una manera menos emo y escala de grises más amigable y colorida para los lectores.

No me malinterpreten. Wix resultó ser una plataforma genial, es solo que requiere dedicarle mayor tiempo del que le dedicó a Blogger. Además, estuve reflexionando un poco en estos días y llegué a la conclusión de que, si eres bueno en algo y a la gente parece gustarle, ¿por qué tienes que cambiarlo? ¡Apunta eso, Burger King!

Así que por una parte era eso, estamos de vuelta en Blogger, luego de la mudanza más corta e innecesaria de toda la historia de la World Wide Web. No digo que vaya a descartar la idea de Wix para siempre, es solo que por el momento, me parecería demasiado apurado y poco planificado el hecho de “irnos a otra plataforma” solo porque sí. Además, por el lado de los “beneficios” dinero y chucherías, Blogger me permite interconectar la cuenta con Analytics y así saber cuántas personas han visitado la página, desde dónde, con qué navegador, con qué sistema operativo, con qué modelo de móvil celular, (¡Por amor de Dios, que eres peruano, hombre!), desde qué parte de la casa, si estaban en sus cuartos o en el baño, si había papel higiénico o sí se acabó el agua, etc.

Entonces, ¿por qué sacrificar todas estas ventajas en un impulso de optimismo descartable? No tiene ninguna razón de ser. Dicho esto, procedo a darle las gracias a Wix como la canilla al aire que fue (Lo nuestro es serio, Blogger, cariño). Por otra parte, luego de toda esta explicación que se pudo haber resumido en un “We are back, bitches! Haters gonna hate!”, nos quedamos sin nada más.

“¿Qué?”

Pues sí, la verdad es que no tengo nada más, amigos. Eso era todo.

“¿No puedes improvisar o algo así?”

Acabo de prometer que no iba a contar lo de los festivos y eso, no quiero perder todo el poco respeto de mis lectores, ¿sabes?

¡Bah! ¡Ya qué!

Después de este pequeño paréntesis explicativo-descriptivo, me pongo a pensar: ¿Es acaso el optimismo una enfermedad contagiosa? Digo, se ve a tantísima gente publicando en redes sociales varias y demás sus buenos deseos, sus nuevas metas, sus próximos pasos a seguir. Todo. Nos dan un insight general a sus vidas y yo no puedo evitar preguntarme: Si tuviéramos que hacer un balance general de todo lo que prometieron, desearon, esperaron conseguir y demás, ¿qué resultados obtendríamos? ¿Los publicarían tan igual como en vísperas de nuevo año?

¿Pues sabes una cosa? Yo no lo creo.

Y antes de que por ahí alguien me llame fatalista o deprimente, u hombre de poca fe. Pues miren, es muy sencillo. El año nuevo, las festividades, se repiten año tras año, diciembre tras diciembre y así, recibimos todos los dos mil habidos y por haber, sin embargo, el hecho de que el año sea “nuevo”, no implica que lo seamos nosotros por igual.

Esto a pesar de todas las imágenes publicadas en las que las personas se trazan objetivos surrealistas que no harán más que recordarles sus propias limitaciones a finales de año, sus propios “sí, lo intenté…pero no pude” y es un círculo vicioso de nunca acabar.

Entonces, para los que estaban esperando un estado en el que hablase de una chica, de alguna historia de ficción o demás tipo de cosas a las que los tengo acostumbrados en este blog, pues lo siento. ¡Wao! Sí, lo sé. ¿Qué esperaban? Ya para variar un poco, cambiemos de tema. Ya habrán más de 350 días para poder escribir sobre las cosas de siempre, como dije, tampoco es que conozca una mujer a diario para escribirle algunas líneas en este espacio.

Por lo que esto solo pretende ser una reflexión. Lo sé, no soy un escritor renombrado ni reconocido de esos que puedes publicar una foto junto con alguna frase puñetera que probablemente él o ella no dijo, pero desde donde sea que leas estas líneas, quizás te sirvan, tal vez no. Nadie lo sabe.

Por eso mi consejo es el siguiente: Desconéctate un poco de lo habitual, si quieres publicar todos tus objetivos del 2016, ¡hazlo! Pero hazlo en tu mente o publícalos en tu habitación, para variar. Recuérdatelos todos los días 24/7. Nadie vendrá y los conseguirá por ti, ¿sabes? Porque nadie te enseña a vivir la vida, TU vida. Es como la escuela. Nunca te enseñan a pagar cuentas o a postular a un trabajo, pero sí que te enseñan funciones polinomiales y esas boludeces que probablemente nunca vuelvas a utilizar en la vida.


Este fue un comunicado no oficial, no necesario y no requerido de parte de la administración de “El Milagro de tu Existencia”, contrario a lo que puede parecer, la vida no es tan mierda, mis amigos. Y está únicamente en nuestras manos el hacerla un mejor lugar para, ya saben, vivir.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Una pausa para reflexionar

Hoy ha sido uno de esos días en los que las cosas parecen calmarse después de unos momentos difíciles, ya sabes, momentos en los que piensas “Oye, pero… ¿esto está bien?” y no sabes realmente que responderte.

En cambio hoy ha sido un día bastante tranquilo. De esos en los que no te molesta que las horas se vayan despreocupadas para no volver más. Hoy sentí después de mucho tiempo que fue uno de esos días en los que no tienes que hacerte ninguna pregunta, sino tan solo disfrutar un poco. Un detalle, una alegría simple que te arranca una sonrisa sin más. Y así está bien.

Tal vez sea porque estos días, me refiero a los comprendidos entre las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, son días pacíficos, días de recargar energías luego de una gran celebración de cara a otra gran celebración. Las calles se tranquilizan, se quedan en silencio más temprano y es en días como estos en los que cuesta más escribir un par de líneas que resuman lo que voy sintiendo. Supongo que debe ser lo último que va quedando de la “magia” de la Navidad.

No mentiré, no detesto la Navidad, pero tampoco es de mis festividades preferidas. De cara a una sociedad que ha asumido el consumismo como estilo de vida predilecto, a veces es triste ver cómo se da una importancia desmesurada a los regalos, a la comida, a buscar la perfección y mostrar una aparente felicidad al mundo que quizás no estuvo presente en ninguno de los días del año que se va. Por otra parte, rescataría el hecho que de no ser por Jesucristo, no celebraríamos estas festividades, sin embargo, hay tan poca gente a la que esto parece importarle o recordarlo siquiera. En mi corazón, sigo creyendo en lo que creo, pero ya no siento esa emoción por compartirlo y quizás eso me haga un poco menos creyente de lo que debería ser.

Pero mis tribulaciones no van por el lado religioso, ni tampoco por el lado consumista. Ya estoy acostumbrado a ambos y, de cierta forma, los dos me han decepcionado por igual. Si tengo que ser honesto, esta ha sido una de las mejores navidades que he pasado en un tiempo. Mínimo estará en el Top 3 de Navidades que he disfrutado en 22 años de vida. Sin embargo, ya con el espíritu navideño bajando revoluciones, no puedo evitar preguntarme, ¿qué se hace con todos esos saludos que no llegaron a ser? Con todas esas felicitaciones que jamás serán dichas ni escritas ni nada. ¿A dónde van a parar? Lo pregunto porque me quedé con un par de felicitaciones que me hubiera gustado dedicar, pero que por algún sentimiento encontrado, no pude enviar. Porque después de todo, ¿cuánta sinceridad habría en un “Feliz Navidad” a esas personas que ya no forman parte de tu vida, pero que en su momento, fueron más que importantes en la misma?

Sinceridad, es un concepto que manejo mucho en mis escritos, dependiendo del punto de vista del lector. Quiero decir, podría escribir sobre cómo hace 2 o 3 años ya descubrí como hacer magia en Navidad, solo para darle un regalo a una persona a quien quise muchísimo. O cómo el año anterior hubiera querido saludar de otra manera a una persona que me ayudó tanto durante el poco tiempo que coincidimos. Son ejemplos aislados, pero igualmente válidos. Ya sé que no habría forma consciente en que saludará a estas dos personas y al resto que conforman ese grupo de saludos que se quedaron a mitad de camino, a medio decir, que no pasaron de ser una buena intención, y sin embargo, algo me mueve a pensar ¿Por qué no? ¿No es, después de todo, la Navidad un tiempo de unión y esperanza?


¡Feliz Navidad! Aunque con un poco de retraso pero espero que este 2016 traiga nuevos retos, nuevas ganas de encarar el día a día y, sobre todo, la posibilidad de recordarnos con afecto que, a pesar de todo, todavía existimos en la vida de alguien más.