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domingo, 12 de junio de 2016

La última Sombra de la noche: Pasión y Peligro

Parte 1: http://goo.gl/yqu43h

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Su mirada seductora me encuentra desde el otro lado del pasillo. Apoyada en el marco de la puerta de su habitación, ahí está ella.

Esperando, tentadora.

Por las líneas de su cuello se deslizan unas finas gotas de agua brillantes, sin secar, que corren hacia el abismo de su pecho que amenaza inocentemente con devorarlas. Caigo en la cuenta de que que probablemente haya salido de la ducha hace tan solo un momento. La bata, mal amarrada a su cintura, deja a la vista tan solo lo justo y necesario de ese par de senos morenos. Lo suficiente como para someter a cualquier mortal.

Lo suficiente como para someterme a mí.

Me sonríe; tan solo unos cinco metros me separan de poseerla, me incita a entregarme al impulso salvaje de hacerme uno con su cuerpo. Pronuncia mi “nombre” con esa voz peligrosa que excita cada una de mis terminaciones nerviosas. Sabe que en cualquier otro momento, ni siquiera la más férrea de mis voluntades podría resistirse a su embrujo seductor, aun si tengo una máscara cubriendo mi rostro.

Pero no hoy.

Trato de seguir adelante, dejando a la morena con las ganas encrespadas. Sigo caminando, hoy no estoy aquí por ella. Tengo que concentrarme, tengo que recordar por qué estoy aquí hoy.

Tengo que recordar por qué tengo que salir con vida de aquí hoy.

-Nada de lo que estés buscando aquí va a ser mejor que yo – Una mano rodea mi pecho, me detiene, me aprisiona, se posa a la altura de mi corazón y me acaricia - ¿Lo sabes, verdad?

-Hoy no estoy buscando algo mejor, cariño – Intento no dejarme traicionar por el deseo – Estoy buscando a alguien que no debería estar aquí.

Es difícil no entregarse a la lujuria, especialmente cuando han pasado meses sin que hayas estado…bueno, ya sabes. No es que me moleste la situación, yo mismo he inventado mil excusas para justificar mi falta de…”contacto” con las mujeres en general, pero al final del día solo son eso: excusas.

Y ahora estoy aquí, con esta mujer abrazándome por detrás, pidiéndome que me quede con ella por el resto de la noche. Mintiéndome mientras yo lucho internamente por concentrarme y recordar por qué estoy aquí, por qué necesito regresar a casa por la mañana.

¿Qué rayos estoy haciendo aquí?

-Te he echado de menos por aquí – Suelta un suspiro apasionado, como quien se sabe abrazando a un amante olvidado.

Sabe que ni siquiera yo soy tan fuerte como para evitar sus artimañas. ¡Maldición! Necesito recordar…

-Puedes dejarte puesta la máscara si quieres – Me susurra.

¡Demonios! Malditos fetiches que solo me hacen débil.

-Y bien… ¿Qué dices? ¿Vamos a jugar? – la mujer empieza a bajar la mano, de mi corazón a mi abdomen, si llega más abajo todo se habrá ido al diablo.

-Detente – Coloco mi mano encima de la suya. La aparto con delicadeza y me doy la vuelta.

Sus ojos son negros, inyectados con una pasión que dudo sea legal en ningún estado. Me observa, interesada. Apuesto a que está preguntándose cuanta fuerza de voluntad me requiere el no caer en su juego. Tengo que reconocer que no es mi mejor momento.

Y ella huele tan bien…

-No voy a hacerlo, Silvana – La llamo por su nombre real, con la intención de que la realidad me golpee cual bola de demolición y me saque de este trance.

¿Por qué estoy aquí?

Tenía que ver con un niño, creo recordar. Yo estaba viviendo una vida “tranquila”, o bueno, tranquila para alguien como yo. Después de todo me lo merecía, ¿verdad? Tras todo el infierno al que me sometí, tras sacrificar vínculos importantes y personas especiales, tras haber perdido hasta mi propia existencia, merecía la paz que vino después.

O quizás no y fue por eso que el secuestro del niño tuvo que recordarme que mi vida solo es una pantomima de pretender ser alguien que no eres. De ocultar, de reprimir. De vivir con el temor  de que alguien se dé cuenta que no eres quien aparentas ser, que eres más que eso, sabes más de lo que deberías y no eres la buena persona que todos creen.

Pero hoy no estoy haciendo esto para psicoanalizar cada una de mis inseguridades reprimidas bajo una máscara. Hoy estoy aquí por algo más.

Por alguien más.

Ramiro Castillo. El pequeño niño prodigio de Santa María de la Redención, el ajedrecista del mañana, la prueba viviente de que no todo está perdido en este lugar del demonio, de que aún queda esperanza de encontrar buenas personas por aquí.

¿Dónde estás, niño? ¿A dónde me has hecho venir a parar?

-Sé lo que estás buscando – Su tono de voz ha cambiado, ya no es seductor. Como si se hubiera aburrido de esperarme – Deberías dejarlo.

Lo sé, debería dejarlo. Debería estar en casa, durmiendo. Soñando con cómo cambiará mi vida en un par de semanas, preparándome para lo que vendrá, después de todo, no siempre se te presenta una oportunidad como la que yo estoy a tan solo unas semanas de vivir.

Claro, si es que salgo ileso de esto.

-¿Dónde está el chico?

Me mira, impávida. No se inmuta ni una pizca frente a la proximidad de mi cuerpo. ¡Demonios! Algún día me gustaría ser así de inmune a una mujer, a sus encantos y a su cuerpo

O no, la verdad es que no me gustaría tanto como desearía fundirme con su piel en este preciso instante.

Es pequeña, apenas medirá un metro con sesenta y cinco centímetros. Sin embargo, su belleza radica en su exotismo, en sus facciones, en su tez morena, en sus cabellos negros posados a un lado de su cuello, en su piel tostada que brilla a contraluz. 

Toda ella emana un aura de indomabilidad que solo se detiene frente a la inexpresividad de mi máscara.

-No quieres saberlo – Replica, dejándome ver la blanca dentadura que ocultan sus labios.

No puedo perder más tiempo. Olvida que hace meses no has tocado a una mujer, olvida que han pasado años, literalmente, desde tu último beso, olvida lo bien que se siente que ellas te deseen y lo mucho que te haría falta que te quisieran.

Olvida todas las cosas que necesita el hombre debajo de la máscara y acaba con esto ya.

Por supuesto, es difícil olvidar cuando estás en un sitio rodeado de mujeres hermosas pretendiendo desearte y anhelando complacer tu más oscuras e íntimas pasiones.

-¡Dónde está! – Sujeto sus brazos con ambas manos, lo suficientemente fuerte como para que su valentía dude.

-¿Has dejado atrás a todas las chicas? Con lo mucho que les gusta cuando nos visitas - Esquiva mi pregunta con tal gracia que me deja desarmado en un instante – Hace mucho que no venías por aquí…ya te extrañábamos.

Si no fuera tan condenadamente estúpido con las mujeres, estoy seguro que ya habría resuelto este impasse. Estoy seguro que ya habría encontrado al mocoso.

Estoy seguro que ya estaría en casa, durmiendo plácidamente. Soñando con una vida que no me corresponde, tal vez soñando con esta mujer, imaginando que hago mío su cuerpo y cada uno de sus rincones, como antes…

¡No! ¡Rayos, concéntrate!

Necesito poner distancia entre nosotros, así que decido soltarla. Me alejo, doy un par de pasos hacia atrás. Ella sonríe, sabe que me tiene justamente donde quiere.

-Al menos yo te he extrañado mucho…Sombra – Pronuncia esta última palabra con semejante lujuria que el lugar entero podría incendiarse con su deseo – Quiero que veas cuanto…

En un instante, la bata y mi resistencia terminan en el suelo.

Está bien, esto podría complicarse un poco.  

Se acerca con un vaivén pausado y melodioso, sus brazos rodean mi cintura. Su pierna derecha sube por mi cuerpo, rozando la mía, buscando engancharse a mí. Sus senos se presionan contra mi pecho. Su respiración se hace más pesada, el olor de sus cabellos me intoxica el razonamiento. De repente todas las barreras autoimpuestas a mi lujuria empiezan a venirse abajo, una por una.

Ya sé que es imposible, pero puedo sentir su corazón repicando debajo de la piel. Mi respiración se acelera, se entrecorta. Hay cosas que una máscara no puede ocultar.

El deseo, por ejemplo.

Necesito recordar, necesito pensar en el niño, recordar que me necesita. No olvidar que soy el único que sabe cómo hacer esto, que soy el único que podría encontrarlo.

Necesito tantas cosas y solo me veo a punto de entregarme al dulce vacío de su cuerpo.

El problema parece ser que ella conoce mis debilidades y sentirse más fuerte que yo es lo que la hace apasionarse tanto para conseguir…esto. Supongo que era cierto lo que me decían, aquello de que no puedes salir de todas las situaciones a golpes, o en mi caso…a cuchillazos.

Sus manos acarician mi cuello cubierto por la bufanda, sus labios buscan donde posarse pero la máscara les cierra el paso. Una mueca en su rostro delata lo mucho que detesta que esta noche no lleve ni un centímetro de piel descubierta.

¡Alabado sea Dios por ello!

-Quiero que me lo hagas aquí mismo - susurra, y su voz de gata en celo me dispara el fenómeno fisiológico.

La sangre me hierve, amenazando con quemarme las venas. El corazón me salta como un pez fuera del agua y no puedo regular mi respiración. Debajo de la máscara, siento mis labios resecos, cual árido desierto queriendo saciar su sed en el precioso cuerpo desnudo que tengo a centímetros de mí

De repente, un fuerte ruido irrumpe la intimidad de la pasión. Le siguen gritos, mujeres asustadas y una voz masculina que sobresale por encima de todas ellas. 

¿Eso ha sido…un disparo?  

Regreso a la realidad. Cuando me doy cuenta, mis manos se encuentran posadas en sus caderas a tan solo unos centímetros de aquellas nalgas firmes y redondas que se me exhiben en toda su majestuosidad.

Necesito concentrarme, ¿qué rayos ha sido eso?

Aparto las manos de un tirón y las coloco sobre sus hombros

-Seno es cateto opuesto sobre hipotenusa, coseno es cateto adyacente sobre hipotenusa, tangente… - Intento que mi voz sea un susurro, que nadie se dé cuenta del estúpido método matemático que utilizo para tranquilizar mi excitación, pero veo en su rostro con expresión extrañada, que las palabras me están saliendo más fuertes de lo que deberían.

Necesito moverme, maldición…si tan solo la erección cediera un poco.

La puerta al otro lado del pasillo se abre de par en par, dejando ver una grotesca figura. El brillo de la luz no me deja reconocerlo, pero por las dimensiones del cuerpo deforme, puedo intuir de quien se trata. Coloco a la mujer desnuda a un lado mío, no sé porque siento un ligero pudor enrojeciéndome las mejillas debajo de la máscara. 

Quizás si ella se volviera a vestir la bata...

-Bien, bien…pero mira nada más – Esta vez, es la voz de un hombre la que interrumpe el momento – Veo que te la pasas en grande, maldito – Unos ojos inyectados de rabia me observan desde el otro lado del pasillo. Son negros como los de Silvana pero estos albergan un odio mortal.

Hacia mí, claro. Un odio mortal hacia mí, no podría ser de otra forma.

Quisiera no tener que reconocer ni los ojos, ni la voz, ni el rostro de este tipo, un hombre al que ya quisiera nunca más haber tenido que volver a ver en mi vida.

Claro, quizás si es que mi vida siguiera siendo mi vida y no la versión en la que mando al diablo todo, mi futuro inmediato, la tranquilidad de vivir como un tipo normal, mi inexistente contacto con las mujeres, entre muchas otras cosas más, solo para involucrarme en cosas que ya no me conciernen, en objetivos estúpidos que amenazan con lastimarme, en el mejor de los casos. Como encontrar al pequeño ajedrecista, como ponerme una máscara de nuevo, como rechazar el cuerpo exuberante de la mujer que ahora tiembla, desnuda, junto a mí.

La historia de mi vida.

No es que no me guste encontrarme en esta situación, quiero decir, si hablásemos del tipo debajo de la máscara, estas cosas nunca le suceden a él. Ni prostíbulos clandestinos, ni mujeres deseándolo, ni hombres gigantes amenazando con matarlo, ni niñatos secuestrados que una policía inepta no puede encontrar.

Y todo eso está bien, ¿sabes? Solo que al mismo tiempo no lo está.

Supongo que es por la falta que me hace el hecho de llevar máscara. La necesidad que tengo de liberar toda esta personalidad que tengo que reprimir día tras día, pretendiendo ser el modelo de persona normal que no soy, que nunca seré. 

-Cuatrotetas, ¡qué gusto verte de nuevo, viejo! – Perfecto, empezamos con la ironía.

El hombre aprieta los puños como si fuera a destruirse los nudillos. Sé cuánto detesta ese sobrenombre, por eso lo  uso en la primera oración. Sí, ya sé que debes estar pensando, no debería provocar a la bestia, no debería arriesgar mi pellejo tontamente, no debería usar máscara y pretender ser el bueno en esta situación.

El tipo me mira una vez más, furioso, y embiste hacia mí.

De verdad espero que esto valga la pena. 

Espero que algún día, cuando ganes un desgraciado mundial de ajedrez o algo por el estilo, te acuerdes del extraño enmascarado que se jugó su pellejo y el billete a una mejor vida por ti, Ramiro Castillo.


Porque si no, estaré muy molesto.

domingo, 10 de enero de 2016

La última Sombra de la noche: Días Nuevos

Habían sido días bastante tranquilos.

Aun ante la inminencia de mi partida y con algunos cuantos asuntos pendientes por resolver, ninguna desesperación parecía agobiarme, es más, me sentía relajado. Lo suficiente como para saber que todo terminaría solucionándose de alguna manera misteriosa, de esas que emplea la vida para ocultarte sus más íntimos secretos.

Todo parecía marchar bien y, en un recóndito espacio de mi ser, aquello me preocupaba.

Por supuesto, no era que no me agradase la sensación de calma, paz y tranquilidad, es solo que no terminaba de acostumbrarme a la idea de que no hubiera una repentina sacudida de realidad que me devolviese a mi “mundo real”, a aquel que tan bien conocía, aquel al que estaba tan acostumbrado.

Aquel que finalmente parecía haber dejado atrás.

Y así, cada día se presentaba como una nueva oportunidad de convertirme en la mejor versión de mí mismo, aquella que podía lograr objetivos antes inalcanzables y sentirse orgulloso de ellos. Aquella versión de mí que no tenía nada que ocultar. Porque era un libro abierto, porque no tenía todas las respuestas, pero tampoco esperaba que alguien hiciera todas las preguntas.

Después de todo, ¿quién iba a ser capaz de hacerlas?

Aunque no terminase de acostumbrarme a la relativamente nueva calma imperante en mis días, aunque todavía hubiese un resquicio de actitud desafiante y encrespada, encontraba agradable la sensación de vivir en paz. De, finalmente, esperar una cuenta regresiva, pero no una que acabase con mi vida, sino una que le diese un nuevo sentido y un nuevo horizonte.

No podía terminar con el asunto de las despedidas, siempre inventándome cierto tipo de falta de tiempo y ganas. Y es que a mí se me hace difícil despedirme hasta de quien recién conozco. Sentía que el tiempo no pasaba como debería, pero no era así. En realidad, los minutos se me escurrían como agua entre los dedos.

Fue durante esos días que la noticia del secuestro del pequeño Ramiro Castillo se me presentó como la ruptura del paradigma al que ya me venía acostumbrando.

Ramiro Castillo era un muchacho de 12 años. Siempre lo había visto como la antítesis de lo que yo había sido a su edad. Un muchacho que, a pesar de las condiciones del lugar donde vivía, había sabido salir adelante con el escaso apoyo de su familia y logrado ser un deportista reconocido. Y sí, el ajedrez es un deporte, por si te pensabas lo contrario.

Las noticias de la localidad se volcaron a cubrir el secuestro del chico durante la semana siguiente. Se decía que había sido un ajuste de cuentas entre pandillas rivales. ¿No lo había mencionado? El papá de Ramiro era un avezado delincuente líder de una de las pandillas más peligrosas que operaba en Santa María de la Redención.

Sí, no me lo digas…es el nombre más irónico concebido jamás para tratarse de un asentamiento humano. 

Con todo y eso, Ramiro Castillo no había elegido seguir los pasos de su padre, sin embargo, resultaba un premio gordo en una transacción peligrosa.

“Genial”, me dirás, “¿Y todo esto que tiene que ver contigo?”

No mucho, en realidad. No tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra mi vida ahora. No tiene nada que ver con mi paz, con mi tranquilidad. Con la inminente llegada de mi nuevo futuro. No, no tiene nada que ver con eso.

Y al mismo tiempo, tiene que ver con aquella parte de mi vida que día tras día luchaba desesperadamente por enterrar en el frondoso bosque de mis recuerdos. Aquella vida que había consumido mi existencia como una tenue vela encendida durante la noche.

En otro momento, seguramente que habría hecho algo. ¡Cuál algo! De seguro yo habría encontrado al chico. Ya lo había hecho antes, él quizás no lo recordaba…o a lo mejor sí. Después de todo, no siempre te rescata un hombre enmascarado vestido de negro y con voz de ultratumba.

Esas son cosas que no se olvidan solo porque sí.

Pero esos eran retazos olvidados de otra persona que intentaba no ser yo. De un ser que había consumido mi vida poco a poco, de un ser que me miraba desde un oscuro rincón de mi ser, aguardando, sigiloso, al menor descuido. Las pesadillas por las noches eran la prueba de ello. Uno puede engañar a la gente, pero no puedes engañarte a ti mismo.

Su rostro, blanco, inexpresivo y con los orificios que llevaba en lugar de ojos. Una máscara que había representado tantas cosas en el pasado y que ahora solo representaba todas mis derrotas y toda aquella gente a quien le había fallado.

Todas las personas que había perdido y todo el tiempo que había desperdiciado.

No era la vida que uno quisiera para sí mismo, ¿verdad? Y aunque suene disparatado, en cuanto supe del secuestro del pequeño Ramiro Castillo, supe que faltaba muy poco para que yo terminara involucrándome en la situación.


Era solo cuestión de tiempo. 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Lo que no se puede imaginar

Habíase cumplido todo lo que ellas dijeron que pasaría.

No podía ser de otra forma. Aquello tenía que acabar para bien o para mal. Y, ciertamente, ya había terminado para mal en un primer momento.

Ahora era mi turno.

Aquella noche tenía un sabor distinto. No podía precisar qué era con exactitud. Tal vez el hecho de que se habían acabado las bromas, o de repente las pocas posibilidades de éxito con las que la afrontaba, y eso que mis posibilidades siempre habían sido reducidas. Solo que esta vez sí era mucho peor.

Era una misión suicida. Un suicidio posterior a una muerte.

Como si no hubiera sido suficiente con morir y ver todos mis miedos convertidos en realidad, ahí estaba yo, solo, sin ninguna voz en mi cabeza, solo con mi intención fija en lo que sabía que tenía que hacer.

Tenía que cruzar mis propios límites y encontrarme con el hombre que sería después de esa noche.

Pero aun así, era difícil.

Después de ver a personas importantes para mí atravesando de primera mano las consecuencias directas de lo que había empezado hace casi diez años, después de ver el sufrimiento intencional al que las había sometido, la desesperación, el dolor, la pena.

Uno no se repone a eso solo porque sí. Ni mucho menos se enfrenta a su fin con todo ese equipaje emocional.

Pues bien, ahí me encontraba yo, a punto de hacerlo.

O de intentarlo, al menos.

No había sido sencillo sobreponerme a todo lo que había experimentado en los últimos días, no estaba seguro de haberme repuesto de los golpes, ni físicos ni emocionales, lo suficiente como para embarcarme en otra misión de este tipo.

Pensaba en esto mientras saltaba de un techo a otro. Corría y sentía el viento colarse por entre los agujeros de la máscara; susurrándome, advirtiéndome.

“Te quiero mucho”, había dicho aquella que se convirtió en mi impulso. Mientras nos separábamos entre el grupo de amigos, atiné a pensar que nada sería lo mismo si regresaba con vida. 

¿Cómo podría serlo? ¿Cómo podía mirar a la cara a todas esas personas que habían sufrido por mí? ¿Sufrirían por mí o por el hombre en el que estaba a punto de convertirme? Mi alma estaba condenada desde el primer momento que puse una máscara sobre mi rostro y yo había aceptado esa condena aún a sabiendas del precio que tenía que pagar.

¿Me quería? ¿Era eso posible? Tal vez lo era. Delia pudo hacerlo en algún momento de su vida y aquella que criaba a los perros pequeños también lo había hecho desinteresadamente. Sin embargo, esto iba más allá de mí, de ella, de cualquiera de nosotros. Todos me habían dejado ir con la esperanza de volver a verme, ¿quién era yo para decirles que quizás y no regrese más? ¿Quién me creía para hacerlos pasar, no una, sino dos veces por aquella tortura del adiós anticipado?

Yo no podía querer y al correr, dejando atrás mis temores; al saltar, evitando mirar al vacío monstruoso que se abría ante mí; al pensar en todas estas cosas, terminaba por darme cuenta que mi vida era una ecuación imposible, puesto que aquellas personas me habían querido como la persona que era debajo de la máscara, pero también por quien era con ella puesta y, sin embargo, no podían estar conmigo porque era ambas personas al mismo tiempo. Ya me lo habías advertido, Delia y no quise escucharte, que la mujer que estuviese dispuesta a quedarse a mi lado tendría que ser ejemplo de fortaleza y templanza. Que mientras la mayoría de féminas en la ciudad esperaban una rosa, un detalle o un “te quiero” vacío y carente de emoción, aquella que me eligiese tendría que vivir con la angustia de saber si iba a regresar, y si regresaba, ¿cómo iba a hacerlo? ¿En una bolsa para cadáveres? ¿Mutilado? ¿Ensangrentado? ¿Mentalmente inestable?

Yo lo sabía, pero no quise aceptarlo. Quise cubrir mis debilidades disfrazándolas de amor, quise llenar mis vacíos, forzándome a mí mismo a sentir cosas que me eran ajenas pero no imposibles. No solo me bastó con colocar una máscara sobre mi rostro, sino que también disfracé a mi corazón, llenándolo con esperanzas vacías y superfluas. Con promesas que de antemano sabía que iba a romper.

Y aquella otra también lo sabía, esa que se había convertido en mi conciencia, en mi confidente nocturna y en mi conforte. Lo sabía a través de esas miradas furtivas y condenatorias que me lanzaba mientras celebrábamos mi resurrección. Lo sabía en los abrazos inseguros que me había dado, “como quien se sabe abrazando a un cadáver andante”, porque algo en su corazón le decía que yo ya había tomado la decisión que acabaría con absolutamente todo y no había marcha atrás. Que sería como una “espiral descendente que se llevaría lo mejor de nuestra vida y de paso se llevaría la mía”. Y que solo tendría un asiento en primera fila para contemplar el final.

Pienso en todo esto, cuando por fin, me encuentro ante la última “casa” en la recta de perdición y muerte que me había tocado cruzar.

Desciendo sigilosamente por el poste de luz más cercano. Ya en el suelo, me arrodillo y rebusco entre las cosas que había traído en aquella mochila vieja. Todo en orden. Extraigo una botella de cerveza de la media docena que he traído conmigo y una tira de papel periódico.

Tras destaparla, remuevo la máscara de mi rostro y bebo un sorbo.

“Todo en orden, sigo odiando la cerveza”, recuerdo haber pensado.

Coloqué mi rostro sobre la pantomima de careta que había usado toda la tarde y enrollé cuidadosamente el periódico para luego introducirlo en la botella.

“No vayas, huevón… ¡Quédate!”

La voz de aquella que alguna vez fue mi segunda conciencia me dolió en el fondo del corazón. Aunque no lo supiese, esto era por ella también, aunque no le fuera a entender nunca. Tenía que terminarse. Por completo.

“Pero hay algo que siempre trataste de negar y es que nosotros no somos buenas personas. ¿No estás cansado de vivir pretendiendo ser alguien quien no eres? ¿Ocultándote tras una máscara?”

Me lo había dicho Jorge instantes antes de morir. ¿Tenía razón? ¿Era acaso solo un pretendiente que ocultaba quien era en realidad?

Pues era momento de averiguarlo.

Saqué de la mochila una capucha negra, aquella que me había acompañado en tantas batallas. Lista una vez más, para el que prometía ser, quizás, el inminente final. La puse con cuidado de no forzar mis casi destruidas costillas. Evitándome un poco el dolor.

Finalmente, saqué aquel cinturón que amarraba cada noche a mí cintura. Con las cinco hermanas que noche tras noche se aseguraban de que regrese con vida a mi hogar. Porque uno siempre regresa a su hogar, me lo dijiste tú, Delia, y no pasa una sola noche sin que lo recuerde.

Amarré el cinturón a mi figura y colgué la mochila en mi hombro. Botella de cerveza en mano, con la otra, extraje del bolsillo de mi pantalón un pequeño encendedor, herencia de quien en vida había sido mi mejor amigo. Con mucho cuidado, prendí la improvisada mecha que había fabricado tan solo un minuto antes.

La hora había llegado.

“Eres el pretendiente adecuado, pero no ahora…”, había dicho aquella que había derramado tantas lágrimas por mí.

Mi mente intentaba distraerme, disuadirme mostrándome recuerdos selectos de momentos en los que había podido ser, de alguna manera extraña, feliz.

“Es como si cuando prometes algo, tuvieses que cumplirlo. Como si las fuerzas salieran de esa misma promesa. Que el hecho de haberlo prometido, te da la fortaleza necesaria para cumplirlo”, me dijo aquella otra que me juntó los pedazos en un abrazo.

Basta.

No más distracciones. En este momento solo una sola cosa importa.

“Es como si quisieras llenar un vacío que básicamente creo que es falta de cariño”

No puedo tirarme para atrás

“Algún día vas a dejar todo esto en el pasado, porque ahí es donde pertenece, porque eres fuerte y porque pase lo que pase, vas a seguir luchando”

Perdóname, Delia. Voy a romper la única promesa que había mantenido aun después de que te fuiste.

Agarrando con firmeza la botella que tenía en la mano, la lanzo con toda la fuerza de la que dispuse en ese instante. Impactó contra una luna de la casa vieja, rompiéndola.

Lo siguiente fue el fuego.

Nunca tuvimos una buena relación, especialmente después de que aquel mismo fuego destruyo los últimos vestigios de inocencia que me quedaban.

Curioso. En un primer incendio te perdí, Delia. Una de las personas más importantes en mi vida. Ahora, con un segundo incendio, me perdía a mí mismo.

Los gritos y los improperios estallaron tan solo un instante después de que el fuego comenzó a extenderse. Me acerqué a la puerta de la casa y, reuniendo toda la fuerza que me quedaba, la empuje con una patada. No puso resistencia y me encontré en aquel lugar, donde tan solo días antes había sido torturado.

El panorama era casi el mismo. El humo empezaba a invadir los cuartos. No divisaba a nadie alrededor.

De repente, un impacto, seguido del sonido de una madera rompiéndose, me tumbó al suelo. Inteligente, había roto una silla en mi hombro. Caí de bruces, mientras anticipándome a su siguiente movimiento, me tiré hacia uno de mis costados.

Me puse en pie rápidamente, y saqué una de las cuchillas atadas a mi cintura. Esa noche no había trucos, no había chistes. Se acabó. Se equivocaron de sujeto. Nadie se metía con la gente que me importaba y se salía con la suya.

El hombre que tenía frente a mí era bajo, se acercó de un brinco a mí y conectó un gancho en mi costado derecho. El dolor se extendió por todo mi pecho, pero pude contenerlo. Tenía que.

Lo tomé por el cuello y girando la mano que sostenía la cuchilla, la clavé en su pierna izquierda. Un grito de dolor. Inmediatamente después, la clavé en la otra pierna. El hombre cayó al piso, retorciéndose de dolor.

El calor se incrementaba y el aire se agotaba. Tenía que acabar con eso pronto.

Una ráfaga de disparos me sacó de mis pensamientos. Con las justas, pude agacharme y ponerme a buen recaudo detrás de una improvisada y vieja mesa casi al costado del tipo que se quejaba de dolor en el suelo.

-¿Dónde estás, maldito? – La voz ahogada de uno de los sujetos, producto del humo. Era perceptible su desesperación.

-Tú búscalo por el otro lado – El otro estaba igual de ansioso que su compañero.

No tengo tiempo para esto.

Saliendo de mi escondite, los sorprendí por delante. Tan solo un momento antes de que el primero pueda dispararme, le arrojé mi cuchilla, que terminó por incrustarse en su abdomen.

El herido soltó la pistola que cayó al piso en un segundo que se me hizo eterno.

El otro solo atinaba a mirar atónito lo que ocurría a unos centímetros de él. No tuvo tiempo de reaccionar cuando ya estaba frente a él. Agachándome, levanté en vilo el peso de su cuerpo, haciendo caso omiso al dolor que sentía el mío. Lo tuve en el aire unos segundos y después, lo tiré contra el piso.

Los músculos los tenía en llamas, sentía uno que otro hueso astillado y hasta roto, tal vez. Mis piernas estaban débiles y mis brazos amenazaban con desprenderse de mi cuerpo. Con todo y esto, tuve fuerzas para arrodillarme y tomar la pistola que se encontraba al costado del que había apuñalado en el abdomen.

Me acerqué al hombre tendido en el piso y, apuntando a sus piernas, le disparé.

Contemplé el escenario a mí alrededor por un momento. Aquello era más de lo que alguna vez había imaginado.

Me dirigí hacia las escaleras, sabiendo que arriba estaría esperándome aquel al que había venido a ver.

-No vas…no vas a…salir vivo de esta, maldito – Musitó el que había incapacitado primero.

Le dirigí una mirada fría, aun para un tipo con máscara.

-Ese es el punto – Le respondí.

Podría narrar como terminé con los otros nueve o diez sujetos que se interpusieron en mi camino. Todos enviados por ese único que me interesaba enfrentar. Podría detallar los pormenores del sufrimiento de esos pobres diablos, después de todo, hasta ahora lo recuerdo. Sus gritos me persiguen durante el día y me torturan por la noche cuando duermo. Ahora ya no tendría sentido. Esto no lo relato para alimentar el gore acerca de lo que soy, era o seré. Sino para liberarme de estas cadenas que he llevado durante tanto tiempo. Para dejarlas atrás.

Por eso me concentraré en aquel que importa.

Aquel que fue capaz de matarme. A mí, junto con todo lo que había construido hasta ese momento.

Cuando terminé con el último desgraciado compinche. El fuego ya se había extendido a toda la vieja casa. Las lenguas de fuego ardían y se abrían paso a través de las cortinas, ventanas y todo el rústico mobiliario. Por un momento temí que el hombre que tenía que ver hubiera escapado. Eso habría hecho que todo aquello hubiera sido un acto inútil. Sin embargo, luego deseché aquel pensamiento. Él era demasiado confiado y estaba demasiado seguro de que acabaría conmigo como para simplemente echarse para atrás.

Tumbé la última puerta que no había sido consumida por el fuego y ahí estaba él, sentando, esperando paciente. Me vio y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, seguida de una carcajada.

-¿Sabes que no terminaba de creerme que fueras tú? – Dijo, inhalando aire y tosiendo, debido a que ya no quedaba casi nada – Eres realmente muy persistente, ¿no?

Silencio. Solo se escuchaba un quejido ininteligible entremezclado con el ruido que provocaban las llamas.

Él prosiguió.

-Entonces… ¿Supongo que has venido a matarme, verdad?

Aquel cuarto parecía el más descuidado de todos los que había rebuscado, una vieja mesa de centro que se incendiaba de a pocos y unas pocas sillas distribuidas disparejamente a su alrededor. Las paredes empezaban a calcinarse y a emanar una nube de humo que pretendía ocultar lo que estaba a punto de suceder.

-No – Al resonar en mi pecho, el sonido de mi voz me provocó una oleada de dolor – He venido aquí a terminar esto.

Lanzó una risotada burlona de nuevo. Yo estaba seguro de que él se sentía superior a mí en todos los sentidos posibles y la verdad era que lo había sido, pero ahora las cosas tenían que ser distintas.

-¿Acaso no es lo mismo? – Preguntó, alzando una ceja.

-No lo es. Te equivocaste conmigo, Velarde – Mi voz se estaba convirtiendo en apenas un murmullo – A pesar de todo, no puedo irme sin acabar con todo.

Se puso de pie, sin ninguna prisa. Las llamas consumen las cortinas enganchadas a la ventana del claustro en el que nos encontramos. Hambrientas, ajenas al drama.

-Pues entonces, acabemos con esto. No tengo intención de morir calcinado hoy.

El fuego consumiéndolo todo, mis manos temblorosas, su sonrisa de suficiencia.

Algo malo está a punto de pasar.


Y no sé si estoy listo.

lunes, 4 de mayo de 2015

Crónicas de Nuevo Año: Entre símbolos e identidades

Tengo que reconocerlo: Extrañaba esto como no tienes idea.

El viento acariciando tus mejillas, la corriente de aire susurrándote al oído palabras que nunca vas a entender, pero que no puedes dejar de escuchar.

El sonido de los latidos de tu corazón que acompañan al del silencio de la noche y resultan en una ópera deliciosamente hermosa.

Es una de las pocas circunstancias bajo las que siento que puedo practicar un poco mi autoanálisis. Claro, si es que estuviera dispuesto a hacerlo.

Y aun así, no deja de ser extraño y perturbador.

Miro hacia abajo, una vereda desolada que acompaña al pavimento. Contemplo el cielo, la luna escondida entre las nubes. A los lados solo veo un tendedero vacío.

¿Cómo algo tan normal se puede convertir en una situación tan rara?

¿Cómo es que llegue aquí?

No es que no me guste la normalidad. Estuvo bien, supongo. Se sintió adecuada por un tiempo. Es solo que cuando conoces la adrenalina de lo desconocido, ya nada vuelve a ser completamente adecuado o normal.

Digo…entre echarme y reflexionar sobre esto en mi cama y hacerlo aquí, sentado al borde de la azotea de alguien más, pues me decanté por la opción más…extravagante.

Pero no estoy aquí para revivir algo que ya está muerto. No me encuentro aquí a la expectativa de algo que justifique todo el esfuerzo que involucro llegar a este lugar. Solo estoy aquí reflexionando un poco acerca de las cosas que han sucedido en un mes, que más parece un quinquenio infinito.

Perdí mi “capacidad” de hablar con las personas del más allá. En concreto, perdí mi capacidad de hablar con Delia. Y no es que no la extrañe. ¡Diablos, sí lo hago! Es solo que se siente como si mi conciencia y mi capacidad de decidir fueran un poco más libres sin que ella esté dentro de mi cabeza a cada momento, susurrándome que hacer.

Te quiero más como recuerdo que como conciencia, Delia. Y espero que estés pasando un buen momento en el más allá… ¿o era el más acá? Mal chiste.

Perdí a mis amigos… ¿o fueron ellos quienes me perdieron a mí? Ya no importa. Creo que fue de lo más honesto que pude ser conmigo mismo, sin forzarme a mantener vínculos que (ya) no me interesaba mantener. Y si bien a veces extraño lo que fue, ya no me tortura el hecho de imaginar “qué hubiera pasado si…”. Es que la vida es tan corta y el mundo tan grande que hay cosas que simplemente no son y así es como está bien.

Por otra parte, ahora tengo un nuevo trabajo en el que descubrí que mis andanzas pasadas no eran tan “secretas” como yo pensé o quise que fueran. Sino más bien que eran un rastro que alguien tenía que seguir. La pregunta es ¿quién sería tan intrépido o intrépida para arriesgarse a hacerlo?

“-¿Has escuchado algo de la historia del enmascarado? – Me preguntó, mientras rebuscaba entre unos papeles.

-¿Enmascarado? Siempre me sales con unas historias, Claudia – Pero no pude evitar prestar atención.

-Sí, un buen samaritano que aparentemente ayudaba a la gente. – Puso especial énfasis en el ‘aparentemente’

-¿Y por qué ‘aparentemente’? ¿Acaso no los ayudaba en realidad?

-Si quieres ayudar a alguien, ¿por qué esconder tu cara? Si tus intenciones son buenas, no tendrías nada que ocultar, ¿no crees?

-Quizás sus intenciones sí eran buenas, pero no las de los demás – Teoricé – Hay razones por las que ciertas personas prefieren mantenerse en el anonimato, ¿no?

-No sé, he estado siguiendo esta historia por un tiempo ya. Este chico misterioso sabe cubrir sus huellas – Sonaba un poco frustrada – Pero ni siquiera un fantasma puede ser invisible siempre – Sonrió al pronunciar esta frase – Aquí, mira.

Me entregó una fotografía. Parecía un hombre agazapado, como a punto de atacar.

En ese momento, un escalofrío me recorrió de la punta de los pies hasta la cabeza. El hombre de la foto usaba una máscara idéntica a la de…

¿Era posible? ¿Una fotografía?

-¿De…de dónde la conseguiste? – Intenté que mi tartamudeo no evidenciara mi asombro. Fallé.

-Tengo mis fuentes – Afirmó, orgullosa.

-¿Y qué pasó con todo eso?

-El hombre simplemente desapareció, hace como 2 meses que nadie sabe nada de él – Confesó, alicaída.

-Tal vez sea mejor así, ¿no crees? Hay historias que son un poco inverosímiles para contarse.

-Igual, no es mi principal, pero siempre que puedo le doy un poco de tiempo al hombre misterioso. Su historia es como mi hobby – Sonrió.

-Sombra… – Murmuré.

-¿Dijiste algo?

-No, no…no fue nada.”

Es interesante como las historias dan giros inesperados que ni siquiera el destino puede prever.

Me quité la máscara y no encontré mi rostro debajo. La pregunta permanece intacta, “¿Quién soy?” No es que vaya a entrar en dilemas existenciales justo en el techo de un extraño, sé que soy una persona, sé mi nombre, sé lo que puedo y no puedo hacer. Es solo que han vuelto esas inseguridades y miedos que pensé que ya había superado y dejado muy atrás.

¿Lo peor de todo? Que ahora parece que ya no los puedo mantener a raya.

“-¿Cuánto le pones a él? Del 1 al 10 – Preguntó el más grande, curioso.

Ella me miró, me analizó. Su mirada me incomodó por unos segundos, en los que tuve que mirar al piso.

-Cinco.

-¿Por qué?

-Es que, o sea, no es por el físico. Es solo que yo noto que eres inseguro, eres tímido en tus maneras, eso se nota. Y una persona siempre busca alguien que le dé seguridad. ¿Dé que le sirve a alguien inseguro juntarse con alguien que no le puede dar eso que no tiene?”

Es solo un ejemplo de lo que están causando ciertas tribulaciones internas en mí proyección exterior. Y es que cuando usas una máscara por demasiado tiempo, te olvidas quien eras debajo de ella.

Supongo que eso es lo que me sucedió a mí.

Sin embargo, si algo tengo que rescatar de lo que dejé atrás en el camino es que me ayudó a darme cuenta que lo que fui, lo que hice antes no define quien soy ahora. Es por eso que estoy aquí, pensando un poco en lo que quiero ser y en lo que soy.

De cualquier forma, es complicado. Nunca me había encontrado en estas circunstancias. Es una “nueva” normalidad para mí.

Literal y mentalmente solo, sin Delia, ni ninguno de mis fallecidos amigos, respondiendo mis pensamientos. Sin una mujer ocupando mis sentimientos, sin una amiga o amigo preocupándose porque vaya a cometer una estupidez en una oscura noche de otoño. Y, sobre todo, sin máscara.

Sí, totalmente diferente en todos los sentidos posibles.

Bueno, diferente no tiene por qué ser negativo, ¿verdad?

Jugué las cartas que el destino me repartió y, aunque no perdí, tampoco gané nada significativo. Tan solo mi libertad.

Y heme aquí, tentando a la suerte. A punto de apostar mi única ganancia.

Si tengo que ser completamente honesto conmigo mismo, ¿estoy esperando que algo suceda? ¿Estoy esperando que algún percance me saqué de este momento de reflexión?

¿Seré capaz de ignorar mi sentido de responsabilidad cuando suceda lo que estoy esperando?

Un par de frenos ahogados doblando la esquina me sacan de mis cuestiones existenciales y me devuelven al plano de lo real. Al punto 0,0.

Contemplo con interés lo que está sucediendo debajo de mí.

Dos sujetos salen de la mototaxi que acaba de detenerse en medio de la pista. No hacen ruido, es más, intentan ser lo más silenciosos posibles. Me da una idea de su estado, es probable que no estén ni ebrios ni drogados.

Están conscientes de lo que hacen o de lo que van a hacer.

El último en bajar mira alrededor suyo, como asegurándose de que nadie lo vea. Luego, se dirige al interior, al asiento de pasajeros y empieza a jalonear algo… ¿o alguien?

Desaliñada y bastante golpeada, pero es una mujer. El hombre la arrastra fuera de la moto de los cabellos y la tira al pavimento. Su compañero solo sonríe recostado sobre una pared.

Sonríe mientras lleva una mano al cierre de su pantalón.

El silencio de la noche me envuelve, me engaña. “No tienes que hacerlo”, me dice.

No miente. La verdad es que no tengo que hacerlo. La verdad es que no tengo que ayudar a esta mujer de unos potenciales violadores, porque ella no lo va a recordar mañana, porque ellos no lo van a terminar de creer por la mañana.

Sin embargo, el problema parece ser que quiero hacerlo.

Rápidamente, sacó de mi bolsillo la pañoleta que metí ahí especialmente por si algo como esto sucedía. La amarro a mi rostro, cubriéndolo hasta la nariz. Luego me pongo un gorro.

Me siento ridículo, pero no extraño la máscara…creo.

¿Alguien me quiere recordar por qué voy a hacer esto? Digo…sería un buen momento para que regreses, Delia.

Pero ya no vas a regresar. Así como esas conversaciones de Whatsapp van a quedar archivadas para siempre. Tal como Claudia nunca más va a volver a conseguir una foto del hombre misterioso.

Nada va a volver a ser como antes. Ni siquiera yo, mientras desciendo silenciosamente por un poste de luz.

Pero al hacer esto, tal vez pueda encontrar algunas de las respuestas que busco. Porque no había sentido tal seguridad en casi un mes de “normalidad” como la que siento mientras mis manos se aferran para no caer.

Tal vez en el peligro esté lo correcto.

Y es raro, puesto que no soy lo que definirías como “peligroso”.

“-Hoy estuve en la comisaría haciendo unos papeles

La sola mención de aquel recinto jaló del gatillo de recuerdos que había en mi cabeza.

-¿En serio? Bueno, si yo te contara de mis experiencias en comisarías… - Dije esto último con cierta nostalgia, casi pena.

-¿Tú? Pero si tú nunca has hecho nada – Sonrió.

-¡Gracias! Es la forma más amable en la que me han dicho aburrido alguna vez – No pude evitar mostrar parcialmente la dentadura.

-No es eso…es solo que no me imagino porque alguien como tú estaría en una comisaría, no creo que haya sido por algo malo.

-¿Tengo tanta cara de estúpido? – Levanté una ceja.

-Yo diría más bien de inofensivo.”

Aquí y ahora, es donde dejo de ser inofensivo, si es que alguna vez lo fui.

Me acercó por detrás a la mototaxi.

Veo a los tipos maniatar a la mujer, mientras intentan quitarle el pantalón.

Siento la ira correr por mis venas.

“Cambié también porque de niña quisieron abusar de mí, entonces los abrazos y todo eso me da asco”

Las palabras suenan en mi cabeza, tan reales que hacen que mire a los lados para asegurarme que no haya nadie ahí. Cada una de mis terminaciones nerviosas está enervada. Siento mis pupilas dilatarse. 

La adrenalina del peligro.

Llevo mis manos instintivamente a mi cintura…y no encuentro nada.

-¡Oye, que haces ahí!

Está bien, esto puede ser malo.

Quedo pasmado frente a los dos tipos que empiezan a acercarse, despacio. Parecen 2 personajes grotescos sacados de un cuento infantil, uno de ellos es calvo y tiene un arete en la oreja izquierda.

-¿Quién carajo eres tú? – Dice el otro, el más alto.

Tiene una cicatriz que le atraviesa todo el pómulo derecho.

Prisión. Lurigancho, más que seguro.

-Yo soy…

No, no lo digas. Ese hombre murió. Se ahogó y nunca lo encontraron.

-…un amigo, pero no tuyo.

Su estrepitosa y asquerosa risa destruye el silencio de la noche.

-¿Y qué vas a hacer, huevonazo? – Lleva una mano a su cintura y saca una navaja.

¿Qué es esto? ¿Miedo? ¿Tengo miedo de este hombre?

“-¿A qué le tienes miedo, chico? – El viejo se para delante de mí, mientras me golpea la espalda con su bastón.

-¿Quién dice que tengo miedo? - trato de sonar desafiante y solo quedo como un adolescente impulsivo

Me pongo en pie, empiezo a pensar que fue un error venir aquí. A encontrar respuestas aquí, o a intentar, al menos.

-En el fondo, eres el mismo chiquillo asustado que trajeron hace años

-No es cierto.

-¡Sabes que sí! Y mientras no lo aceptes, jamás vas a poder ser tú mismo o lo que sea que tengas que ser.

Me golpea otra vez con el bastón, no atino a esquivar ninguno de los golpes. El cansancio amenaza con derrotarme.

-Mírate – Su voz es dura y marca las pausas – Has hecho cosas “buenas” tanto tiempo y ni siquiera así has podido sacar lo bueno de ti. Sigues viviendo derrotado.

-¡No es verdad!

-Sabes que lo es… - Suena decepcionado – Olvidaste que no se trata solo de hacer cosas buenas por la gente sino de inspirarlos a ellos a hacerlas también. Eso es lo que significa ser una esperanza. ¿Cómo puedes serlo tú si ni siquiera sabes quién eres? Si lo que se supone que debía convertirte en un instrumento de fe, solo te sirvió siempre como un escape.

Un golpe más del bastón, este va directo a la cara.

Caigo de rodillas, siento la sangre correr por mi labio inferior. Alzo la mirada y lo veo ahí, parado frente a mí, con su mirada severa.

-¿Qué buscas aquí? – La voz del abuelo sonaba clara y entonada, aún para alguien que parecía haber respirado demasiado en la vida.

-Res...respuestas - Balbuceo - Necesito respuestas

-¿Ya te hiciste las preguntas correctas?

-No lo sé

-Pues antes pregúntate si lo que buscas es igual a lo que quieres encontrar”

El miedo no va a paralizarme, ya no más.

-Déjenla ir – Mi voz suena desafiante.

-¿Y sino qué? – La respuesta del hombre de la cicatriz busca provocarme

-Voy a tener que lastimarlos – No miento.

El de la cicatriz embiste hacia mí blandiendo su navaja. Nunca he sido de los mejores en el cuerpo a cuerpo, pero por lo menos tengo que intentarlo.

Su cabeza impacta en mi vientre, mi brazo bloquea la mano con la que sostiene el objeto punzocortante dirigido a mi garganta. Caemos al pavimento y la navaja termina lejos de sus manos y de las mías.

Me pongo de pie, rápido. “Sí que he perdido forma”, pienso. En ese momento, el otro tipo impacta su puño en mi mandíbula. Vuelve a tratar de conectarme un gancho, pero lo esquivo por tan solo segundos, golpeo sus costillas con mi codo, luego con mi brazo extendido. Miro de reojo al de la cicatriz mientras se pone de pie. El calvo se dirige hacia la navaja, corriendo. Le sigo los pasos, mientras pienso en lo pesado que se siente mi cuerpo.

Justo antes de que recoja la navaja del piso, mi puño impacta contra su sien y cae de bruces. En ese momento, una patada en la espalda me tumba encima del hombre que acaba de caer.

¡Rayos! Esto duele… ¿Cómo demonios hice esto por casi 10 años? Mi coxis se siente fuera de su lugar y los nudillos me matan.

-¿Así que te crees muy pendejo, no?

Tumbado en el piso, lucho por ponerme de pie. Se siente un dolor bastante real. Claro, uno viene a reflexionar sobre su vida y termina siendo golpeado en el intento de ayudar.

La verdad me siento bastante amateur, ¿qué era diferente cuando hacía esto con máscara, chaleco y cuchillas en mis manos?

Creo que empiezo a entenderlo.

El de la cicatriz se arrodilla y empieza a golpearme la cara. Sus golpes son lentos, pero impactan con fuerza en mis pómulos y mandíbula.

¿Qué pasa conmigo? ¿Realmente todo este tiempo dejé que mi percepción de seguridad proviniese de una máscara, de tener con que “defenderme”, de llevar las de ganar?

“No, no es cierto. Eres muy fuerte. Y estaba equivocada…para ser luchador, hay que ser fuerte”

Gracias conciencia, en serio buscas las frases más adecuadas y de las personas más inesperadas para motivarme.

Luego de unos cinco o seis golpes, decido que ya fue suficiente. Está a punto de asestarme uno más, pero mi mano detiene su puño.

-Tú no me conoces – Me asusta lo siniestro de mi voz.

Con esfuerzo, lo empujo y cae al otro lado de la pista. Me pongo de pie, mientras quito la pañoleta de mi rostro y la uso para limpiar la sangre de mis labios y mi nariz. Luego me la amarro nuevamente.

El hombre vuelve a embestir contra mí. Antes de que su cabeza impacte nuevamente contra mi estómago, detengo su cuerpo con mi hombro, luego conecto un gancho a su ingle derecha mientras él me golpea las costillas.

Tomamos distancia. Mi respiración se entrecorta, sus ojos recorren el pavimento buscando la navaja. Supongo que debe estar debajo del cuerpo inconsciente de su amigo tirado casi en medio de nosotros.

-Te voy a matar, imbécil – La ira inyectada en sus ojos me afirma que puede estar diciendo la verdad.

-La muerte está tan segura de su victoria que nos da una vida de ventaja

-¡¿Qué mierda hablas?!

-Nada, no importa – Debajo de la pañoleta, estoy sonriendo.

Nos calculamos, nos medimos, nos vamos acercando poco a poco. Lanza un puñetazo al aire que esquivo y lo golpeo en las costillas. Me empuja y se avienta contra mí.

Mientras rodamos en el pavimento pienso que esta es la forma más básica de violencia que puede existir y me pregunto por qué rayos no ha pasado algún carro de serenazgo que pueda darme una mano. Digo, no me vendría mal.

¿Qué es diferente antes y ahora? ¿Qué era diferente con una máscara puesta?

“Sí me he dado cuenta que te pones esa máscara y haces todo eso para llenar un vacío grande y tal vez no es la mejor forma, pero lo sigues haciendo. Quisiera poder llenar ese vacío, que básicamente creo que es falta de cariño…”

Bueno, hablando de cariño. El hombre de la cicatriz y yo seguimos conectándonos puñetes en distintas partes del cuerpo. Nos revolcamos en la pista y lo aparto con una patada. Extiendo mis brazos mientras inhalo una fuerte bocanada de aire y me pongo en pie.

El tipo está comenzando a pararse. “Ya acabemos con esto”, pienso.

Corro hacia él y salto, apuesto a que esto se ve mejor cuando es coreografiado y pasado en una película de acción. Quedó en vilo e impacto ambas piernas en su pecho. Su expresión de dolor no tiene precio.

El hombre sale disparado hacia atrás.

Caigo sobre mi cuerpo pesadamente, ¿Realmente dolía tanto antes o todo esto es nuevo?

Me pongo de pie, nuevamente, trastabillando. Me acercó donde se encuentra el tipo de la cicatriz, balanceándome.

Lo escucho gemir y quejarse, decido que no me interesa. Me arrodillo encima de él. ¿Justicia o castigo? Esa es la única pregunta que importa.

-¿Y luego qué? ¿Te dejo en una comisaría para que te dejen salir al día siguiente? ¿Hasta qué otra desafortunada chica suba a tu maldita moto y la puedas violar?

Veo ira en su mirada, mezclada con miedo.

“Adelante, mátame… ¿Crees que no habrán otros después de mí?”

Las palabras de Velarde resuenan en mi cabeza. Las imágenes de lo que sucedió después de eso me inundan por un momento.

Cojo al tipo de la cicatriz del cuello de su camisa y empiezo a golpearlo en la cara, violentamente. Siento su tabique romperse entre mis nudillos, siento sus labios reventar bajo mis dedos.

“Descubre quien rayos eres y luego, sé un símbolo para esa gente”

Lo suelto, está inconsciente. Me pongo de pie con dificultad y me acercó a la mototaxi.

La mujer está adentro, hecha un ovillo. Escucho sus sollozos ahogados.

-¿Estás bien? – El cansancio en mi voz es completamente perceptible.

No hay respuesta, solo llanto.

-No voy a hacerte daño, pero necesito que salgas de la moto, por favor

Extiendo un brazo hacia ella. Me mira y duda, finalmente, me deja ayudarla a bajar.

-¿Te hicieron daño? – Reformulo la pregunta. Ella niega con la cabeza – ¿Puedes llegar a tu casa desde aquí?

-Ss…sí, gra…gracias – Dirige la mirada hacia el cuerpo ensangrentado del tipo de la cicatriz, luego al calvo tirado en el pavimento - ¿Tú hiciste eso? – El temor en su pregunta es completamente válido.

-Así es – No me siento orgulloso, pero al menos la mujer se encuentra bien. – Será mejor que salgas de aquí antes que se levanten.

Me acerco a la cabina del conductor, retiro las llaves y las meto al bolsillo de mi pantalón. Cuando me doy la vuelta, la mujer ha desaparecido.

Misión cumplida, supongo.

Está bien, fue un buen mes de normalidad, después de todo.

Lo disfruté. Dormir plácidamente por las noches, conversar con las personas con esa libertad de no estar escondiendo nada, mirarlas a los ojos y sentir que eres igual que ellas, igual que los demás. Estuvo bien por un tiempo.

Desamarro la pañoleta de mi rostro otra vez y me limpio la cara con ella.

Ha sido una noche educativa, en cuanto a autoconocimiento y a inseguridades se refiere.

Tal vez nada vuelva a ser como antes, y está bien, ¿sabes? Al fin y al cabo, algo en la mirada de la mujer, esa sensación de “estar a salvo” me recordó que hay más en juego de lo que parece a simple vista.

Tal vez aun en mi propia oscuridad pueda ser un rayo de luz. Solo uno, con eso es suficiente.

Voy a estar bien, voy a descubrir quién rayos soy, más allá de un nombre, más allá de lo que esperan que sea.

Y cuando lo haga, voy a ser un símbolo...o voy a intentarlo, al menos. Porque eso es lo que esta gente se merece, lo que necesitan. Alguien que no solo haga cosas buenas por ellos, sino que los inspire a hacer el bien.

Supongo que tendré que asegurarme de que mi “vestimenta” no deje mucho de mí expuesto. También conseguir implementos y ello. Bueno, va a ser una semana ocupada, hay muchas cosas en qué pensar.

Pienso todo esto mientras camino por el pavimento y una sonrisa se dibuja en mi rostro. En una mano llevo mi pañoleta medio ensangrentada y en la otra, un par de llaves.

Sí, otra noche típica, sin nada fuera de lo común…