domingo, 29 de julio de 2018

Hagamos de nuevo el truco aquel en el que me golpeas y no me duele


Yo soy Sombra, pero eso no siempre es bueno. 

No solo para mí, sino también para la gente que me importa. 

Es aquí donde hago la diferencia entre mí y el hombre debajo de la máscara, sin embargo, creo que esta vez es más adecuado evitarla. Y no, no es que haya resuelto mágicamente los enrevesados entresijos de identidad que me invaden cada vez que decido ocultar mi rostro ni tampoco que haya superado en tiempo récord las mil y una inseguridades que amenazan con carcomer mi mente desde el interior. Nada de eso.

Es solo que ahora mismo no es el mejor momento para ponerme introspectivo. 

Un golpe encaja directo en el centro de la máscara, donde se supone que debería estar mi cara, me hace trastabillar y recordar la situación que tengo ante mis narices. 

- ¡Te jodiste, cagón! – el hombre que acaba de atacarme celebra su victoria, o al menos, su pequeño avance. – ¡Ya sé que andas buscando acá!

Retrocedo dos pasos, intentando poner distancia entre nosotros. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? 

Otro golpe amenaza con encajar en mi cara de nuevo, pero esta vez consigo reaccionar a tiempo y cubrirme con el brazo izquierdo, que recibe todo el impacto. 

Qué suerte que soy diestro.

Sí, definitivamente no hay tiempo para la introspección. Aún así, voy a intentar hacer una excepción, después de todo, ¿Qué sería de Sombra sin su típica rutina introspectiva de medianoche? 

- ¿De verdad tenemos que hacer esto, Poma? – hay genuina curiosidad en mi pregunta, después de todo, ya es una danza que este personaje y yo hemos repetido varias veces en el pasado – No es que no me guste vernos, pero no sé, podríamos hacerlo tomándonos una chela o algo.

- ¡Calla, mierda! – recibo por respuesta, junto con otra andanada de golpes sin sentido que intento evitar. 

¿Qué se supone que estoy haciendo aquí? 

Sería un buen momento para que la voz en mi cabeza de mi guía espiritual muerta se hiciera presente, aunque no sé si esta noche vaya a tenerla de mi lado. 

En realidad, por la introspección y eso, podría parecer que tengo todo bajo control, ¿verdad? Pues no, nada más alejado de la realidad. En este tipo de cosas, difícilmente alguna vez tengo todo bajo control. Incluso cuando se supone que yo estoy al mando. 

Lo cual es bastante molesto. 

Esta es la parte en la que me pongo a recordar las circunstancias que me han traído hasta este punto y hago acto de contrición por cada una de ellas, pero esta vez encuentro poquísimas ganas de arrepentirme. ¿Será que estoy madurando al fin? 

- ¿Qué chucha crees? – el golpetazo de una silla rompiéndose en mi espalda me devuelve a la puta realidad de mi noche “tranquila” y de paso me deja tendido en el piso - ¿Qué porque enfriaron al otro cojudo ya eres tú el que manda acá? 

No, claro que no. Jamás habría pensado eso. Tonto de mí de pensar que el bajo mundo criminal de mi ciudad actuaría de una forma tan deshonrosa y arribista. Debí tener en cuenta la línea de sucesión natural que siempre hubo entre jefes criminales. 

Además, yo no soy el que manda ni acá ni en ningún lugar remotamente lejano. Solo soy un chivo expiatorio, pero claro, eso no venía explícito en la descripción del puesto. 

Puesto que, por cierto, fui casi obligado a aceptar. 

Apuesto a que están pensando, ¿de qué rayos hablas, Sombra? ¿Por qué estás peleándote a altas horas de la noche con un hombre que bien tiene toda la edad para ser tu padre y por un “puesto de trabajo” que pareces ni siquiera querer? 

Pues bien, permítanme responder su pregunta con otra pregunta. 

- ¡A ver, pe! – brama el sujeto - ¡Préndete ahora, conchatumadre! 

- Respeto, viejo – espeto, mientras intento cubrirme con ambos brazos. 

Estoy agachado, debería levantarme y contraatacar, aunque claro…el cuerpo a cuerpo nunca ha sido mi punto fuerte. No me he olvidado de la pregunta, es solo que estoy un poco ocupado por aquí. 

Veo un trozo de silla a unos 2 metros de mi posición y no lo dudo un segundo. 

Segundo en el que, por cierto, mi cuerpo recibe varios golpes furiosos. 

Decido que no importa, cojo el trozo de silla y reacciono de la primera manera de la que soy capaz (y de la que no me sentiré orgulloso por la mañana). 

- ¡Hijo de puta!

El sonido del golpe de la madera contra su entrepierna me causa dolor hasta a mí. El hombre cae sobre sus rodillas, agarrándose los testículos (creo) con una expresión de dolor infinito. Aprovecho el momento para conectar otro golpe, esta vez directo a su nuca. 

El siguiente sonido es el de su pesado cuerpo impactando contra el suelo. 

Genial, gané. Y solo me tomó casi 20 minutos de golpes y dolor que mañana me pasará factura. 

Ahora sí, estoy de vuelta. ¿En qué estábamos? 

¡Ah, sí! La respuesta a la pregunta con otra pregunta. 

¿Qué haces cuando el que fue tu mejor amigo convertido en sociópata compulsivo amenaza con hacerle daño a la gente que quieres, se alía con gente muy mala y peligrosa, forzándote a ti a aliarte también con gente muy mala y peligrosa, para que al final resulte que los dos grupos de gente mala y peligrosa solo buscaban una oportunidad para borrarlos a tu amigo y a ti de la ecuación, consiguiendo (lastimosamente) solo desaparecerlo a él y quedar tú con vida, teniendo que asumir un papel de “conciliador” (jaja) entre el bajo mundillo criminal de un punto perdido en una ciudad de mierda? 

Exacto, eso pensé. 

Me acerco a la repisa que hay en una esquina de la habitación en la que estamos, cuidando de no pisar al pobre hombre que está tirado a mis pies. Abro uno de los cajones y veo lo que muy posiblemente sean todos los celulares robados en mi ciudad alguna vez. 
Ahora solo tengo que encontrar el mío. ¿No es genial cuando todo sale como uno quiere? 

En fin, volviendo a la pregunta, sé lo que deben estar pensando… ¿De qué rayos está hablando, señor Sombra? 

Resulta que yo tampoco lo sé. A veces en esta vida, solo pongo el piloto automático y termino arrepintiéndome luego. Lo único de lo que estoy seguro es de que hay alguien muerto y no soy yo, lo cual, es bastante sorprendente. 

Aunque claro, si contamos la muerte emocional, es otra la historia. 

Soy el jefe, se supone que ahora la gente hace lo que yo digo, aunque nada más alejado de la realidad. Si le hubiera dicho a alguien: “necesito recuperar el teléfono de un chico (no me preguntes quién porque resulta que soy yo, solo que debajo de la máscara) porque contiene información sensible (y vergonzosa) sobre su casi relación con la que muy probablemente haya sido la chica-de-sus-sueños-que-no-lo-eligió-a-él-sino-a-un-tipo-más-normal”, a lo mejor muchos se hubieran terminado riendo de mí. 

Digo, hasta yo me reiría de lo tonto que suena aquello. 

Sin embargo, aquí estoy, peleándome a muerte con el Cuatrotetas, solo para recuperar un teléfono que, en circunstancias muy distintas, habría estado muy contento de perder. 

Y esa es la ironía de mi vida, supongo. Mientras la chica duerme plácidamente en su habitación (o en la habitación de él, maldición), yo me dejo la vida solo para que nadie en estos lares se entere de que siquiera existe. Se supone que soy el jefe y ella es feliz. Todos conseguimos lo que “queríamos”, ¿por qué me sigo encontrando en estas situaciones entonces? 

Continúo buscando entre la pila de teléfonos, sin éxito. De cuando en cuando me invaden unas ganas muy malas de quedarme con alguno, pero decido que soy mejor que eso. 

Soy mejor que eso, ¿verdad?

Probablemente no, después de todo, soy yo el que está usando la noche para robar un teléfono robado y no para dormir o estar al lado de la persona que quiero.

¿Siquiera merecía acaso la oportunidad de demostrarle algo? 

Lo único que pude hacer fue prometerme a mi mismo que iba a dejar en paz su recuerdo, porque ya nada tenía que ver conmigo, que tenía que desaparecer de su vida y tan solo esperar que pueda ser feliz.

Maldita sea, sabía que la introspección me iba a terminar haciendo sentir culpable de alguna forma. 

¡Hey, ahí esta mi teléfono! 

Enciende, por fortuna aún tiene un poco de batería. Todo está intacto. Ajustes y reviso la última copia de seguridad, ¡genial! Es la que yo había hecho. Entro a Whatsapp y veo la conversación, nuestra conversación. Por un momento pienso en escribirle, “Ya recuperé mi celular, no tienes de qué preocuparte” pero luego reparo en que a lo mejor ni siquiera está preocupada por eso, tal vez ni siquiera desea recibir un mensaje mío, menos a horas poco prudentes de la noche. Eso sería extraño… ¿Qué hace un tipo X enviándote mensajes crípticos pasada la medianoche? 

Veo que tiene una foto nueva. 

Tengo la fuerza suficiente para dejar inconsciente a un tipo el doble de grande que yo, pero no para detenerme antes de ver la foto de aquella chica. 

Esa misma chica que aun en las noches que no he estado dedicándole a mis actividades “extracurriculares”, ha encontrado una manera de mantenerme despierto. 

Pensando, recordando, lamentándome a veces y, sobre todo, resignándome.

Debajo de la foto, veo el estado. Son dos emoticonos. Dos pollos. 

Lo que más duele es que sé lo que significa.

Puedo aguantar muchas cosas, puedo tirarme por ventanas y casi sobrevivir inhalando cantidades industriales de humo. Puedo resistir muchísimos golpes cayendo sobre mi cuerpo. Pero ya ves, me presentas un estado de Whatsapp con amor implícito y destruyes mi núcleo emocional. Supongo que no soy tan fuerte para las cosas que realmente importan. 

Sin embargo, no es ni el momento ni el lugar para apenarme por lo que implica la decisión libre de una persona que no te elige a ti por las circunstancias ambiguas y peligrosas bajo las que conduces tu vida. Digo, no tiene sentido alguno quejarme por algo que no va a cambiar. 

Es solo que a veces no puedo evitar la sensación de que pudo ser muchísimo más. 

Yo soy Sombra, pero eso no siempre es bueno. 

A veces, solo a veces, es peor.

jueves, 30 de noviembre de 2017

La vecina del quinto

La vecina del quinto sospecha de lo que hago.

Sé que me escucha, atenta, durante las noches. No sé si atenta a que no me mate por accidente o atenta por la curiosidad morbosa de quien no tiene nada más que hacer con su vida. Quisiera creer que aquella mujer, que nunca me ha visto ni me verá, se preocupa por mí. Claro, me encantaría poder convencerme de eso pues significaría que hay otra persona en mi vida dispuesta a atravesar por aquello que algunas otras no pudieron comprender.

Sé que ella me escucha, detrás de la ventana y entre sus accesos de tos crónica, a lo mejor se pregunta qué hago cuando todos duermen. Tal vez se cuestiona por los motivos que me llevan a usar el tragaluz y no las escaleras, como la gente común y corriente. Quizás no esté segura de que sea un vecino del edificio, a lo mejor piensa que soy un ladrón, un hombre malo que llega por las noches a hacer daño.

La vecina del quinto, quizás, no se equivoca.

Por las mañanas, el violento sonido de su tos convulsa me despierta, me avisa. Por las noches, son sus quejidos los que me sacan del trance de mi cotidianeidad, los que me recuerdan que ni siquiera viajando miles de kilómetros puedes escapar de quien eres en realidad.

O de quien quieres ser.

De cuando en cuando la veo acercarse a la ventana, con la esperanza de verme. A veces me pregunto si tiene algo que decirme, si intentará disuadirme o si se identificará con todas las tribulaciones internas y acopios de fuerza que hago para adentrarme en los rincones olvidados de las noches frías en la ciudad.

Tal vez no, pero ya daría yo la poca vida que me queda porque fuese así. Es porque tal vez la vecina del quinto me representa a toda esa gente que alguna vez ha estado ahí, esperando con el corazón en las manos, detrás de una ventana, preguntándose a sí misma si será aquella noche la última.

Quizás por eso la vecina del quinto y yo tenemos una relación que ninguno de los dos conoce pero sin la que ninguno de los dos podría hacer bien lo que mejor sabe hacer, aunque ella solo espere la muerte y yo solo muera en la espera.

En ocasiones, cuando la debilidad es más fuerte que mi instinto, quisiera huir, clamar por ayuda, regresar a otro momento en la vida pero cada vez hay menos personas en quienes pueda confiar. Tal vez sea mi paranoia o a lo mejor es que todavía vivo con la esperanza de que mis muertos vuelvan a habitar mi mente.

Y es en momentos como ese, en el que me gustaría conocer a la vecina del quinto, confesarle como el miedo me consume por dentro mientras la soledad mira complacida desde un rincón, contarle de cómo el valor ya no es suficiente y pedirle que me haga un lugar en su vida puesto que la mía ya no alcanza para seguir adelante.

Pero eso no va a suceder, yo voy a seguir usando el tragaluz por las noches, buscando una equivocada razón para seguir adelante y ella, seguirá esperando, curiosa, a ver si será esa la noche en la que un mal cálculo deshará mis planes.

Sin que ninguno de los dos sea consciente de lo sintonizados que están nuestros corazones con la frecuencia del dolor, volveremos a interpretar nuestros papeles una vez más. 

A lo mejor por la mañana, cuando evite ver mi rostro en el espejo, recordaré a la vecina del quinto, pensaré en todo lo que representa para mí y así, tal vez sea un poco más fácil regresar a la realidad.


Aunque después vuelva a dejarla atrás.

martes, 14 de noviembre de 2017

Espacio-Tiempo

Despierto por la mañana, me estiro un poco sobre la cama, me revuelvo e intento arrancar de mi cuerpo la sábana única con la que intento abrigarme incluso las malas intenciones. A veces tengo un brazo dormido que demora en despertar, el pánico se apodera de mí durante los 2 minutos en los que pienso que no recuperaré la movilidad de mi extremidad, pero no, ya está operativo al 100% de nuevo. 

Tanteo sobre la cama todavía medio dormido, ahí está mi teléfono. Lo acerco a mi cara y el brillo de la pantalla me termina de completar el mal humor de haber despertado en la mejor parte del sueño, ¿por qué siempre olvido bajar el brillo a 0 si siempre me prometo hacerlo la noche anterior?

No importa, ya estoy leyendo todas las notificaciones en mi pantalla. Veo la hora de mis mensajes: las 3am, las 4am, las 5am en Barcelona. Como mi mente todavía no está al 100% de su capacidad (lo cual hace que me pregunte si alguna vez lo habrá estado), reviso la aplicación de reloj internacional para asegurarme de la hora en Lima, Perú.

Madrugada, todos duermen al otro lado del charco. Escribo mis respuestas en formas variadas: mensajes de texto con letras cambiadas, audios de Whatsapp con voz de ultratumba, videos cubriendo mi rostro, ya sabes, lo típico de apenas estar despertando.

Mediodía en Barcelona así que tengo que estar listo. En menos de una hora todos comenzarán a despertar en Lima. Apresuro el paso con lo que sea que esté haciendo, tengo que terminar antes de que la avalancha de amigos empiece a reportarse otra vez. A partir de la 1pm comienzan a llegar los mensajes, yo ya llevo la mitad del día a cuestas y ellos apenas están comenzando a pasar por el mismo tedioso ritual matutino que yo hace 6 horas. 7 en verano… ¿O era al revés?

A veces mientras viajo en tren y leo aquellos mensajes con horas de diferencia me da la impresión de que mi estación destino me llevará a casa de nuevo, que no me bajaré frente al mar, que no veré las olas retumbando las caminatas tranquilas de la gente abrigada ante el frío devastador y que en cambio, estaré en casa, cruzaré aquel parque que tantos momentos me ha guardado y divisaré mi puerta, desde antes de cruzar la calle.

Pequeñas felicidades en la vida.

Pero hoy no es ese día. Bajo del tren, ahí está la gente de nuevo, y las olas. Una valla me separa de la arena y el mar. Camino a casa, la nueva casa, una de las casas. En la calle la mayoría de gente habla otro idioma, muchos sonríen, las personas aquí son un poco más amables y menos ensimismadas. Tal vez por eso es que me siento extraño, porque en mi mente estoy cruzando mi parque de siempre.

Cae la noche y no hay despedidas, simplemente me quedo dormido en el momento menos pensado. Es un acuerdo tácito entre amigos, ustedes duermen y yo espero hasta el día siguiente manteniendo nuestros recuerdos intactos en mi mente. 

Porque cuando hacemos el truco aquel de traspasar las barreras del espacio-tiempo con nuestras conversaciones en diferentes husos horarios y en territorios a kilómetros de distancia, me siento menos solo.


Y así está bien, créeme. No podría ser mejor.

jueves, 10 de agosto de 2017

A ti, que no estás

Sé que llego tarde, lo siento por eso.

Es solo que estos últimos días no he sido yo mismo del todo, ¿sabes? Bueno, supongo que sí lo sabes. Después de todo, ¿cuándo he sido yo mismo desde que no estás?

Tendrá que ver con el hecho de que es siempre alrededor de estas fechas, comprendidas entre tu partida y mi nacimiento (o la celebración del mismo, mejor dicho); que suelo sentirme melancólico y no es algo que realmente pueda hablar con mucha gente, puesto que nadie podría entenderlo como tú.

Pero claro, tú estás muerta y yo muchas veces no entiendo cómo es que sigo vivo.

¿Sabes que es lo irónico de toda esta situación? Que nos fuiste arrebatada tan pronto que solo ida fue que pude comprender la magnitud y el impacto de tu presencia en mi vida. Ya sé que esta es la parte en la que te suelto el rollo de la esperanza que me devolviste y la fe en poder ser lo que quisiera ser, sin embargo, esta vez no lo haré.

Puesto que eso tú, donde quiera que estés, ya lo sabes.

Te fuiste, o mejor dicho, me fuiste arrebatada antes de que cumpliera 15 años y mírame ahora, a unos días de cumplir 24 y todavía sin comprender qué hacer con tantas preguntas estancadas en mi mente, con tantas respuestas necesarias para seguir adelante y comprender el extraño mundo en el que decidimos sumergirnos.

Ahora ya es tarde, casi 9 años tarde, para ser precisos. Ya conozco de primera mano las consecuencias de mis decisiones (poco acertadas, en su mayoría) y también conozco y me codeo a plena voluntad con la soledad que me dejaste. Nunca terminé de aprender tu más valiosa lección: la de relacionarme con la gente y mostrarles aquello que viste en mí que yo no pude comprender. Si tan solo pudiese tenerte aquí un día más, creo que sería la única pregunta que te haría, entre todas las que necesitaría hacerte.

Por eso, querida amiga y mentora, te escribo estas líneas para recordar algún tiempo pasado que fue mejor. Porque ahora solo queda seguir y a pesar de que nunca leerás nada de esto, estoy seguro que de alguna manera, mis párrafos llegarán a donde sea que se encuentre tu recuerdo.

Incluso si ese lugar es lo que queda de mi corazón.

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Mis manos tantean en la oscuridad, buscando el interruptor. No logro encontrarlo y estoy comenzando a desesperarme.

Es raro como para alguien que se hace llamar Sombra, la penumbra todavía pueda resultarle incómoda. Sin embargo, ahí estoy, como un niño asustado queriendo despertar de una pesadilla incomprensible.

Es más, no estoy seguro que todo lo de esta noche no lo sea.

De repente, se hace la luz y la familiaridad del lugar en el que me encuentro me devuelve la calma y el control de mis sentidos.

-¡Ay, eras tú!

Su voz soñolienta me causa gracia, la observo desperezarse un poco, mientras frota sus ojos con las manos. Un pantalón casi harapiento y una camiseta corta componen un pijama que pocas personas darían un centavo por poseer.

-Lo siento, no encontraba la luz – me excusé.

-No importa, de todas maneras ya tenía que despertarme, que si me paso de dormilona, luego no me entero de loncheras ni nada – soltó una de esas sonrisas que me hacían pensar que la vida podía ser un lugar feliz – Siéntate, te preparo algo.

-La verdad es que tendría que irme ya, Delia – No mentía, era bastante tarde…o temprano, dependiendo del punto de vista.

Y claro, yo tenía una vida a la que regresar. Una vida que no tenía nada que ver con ella, ni con su hijo.

-No me demoro nadita – Daba igual, hablaba de irme y al mismo tiempo, me sentaba a la mesa - ¿No ha venido Jorge contigo?

-No estuvimos juntos hoy – La frase me dolió un poco, me habría gustado tener noticias de su hijo, pero no y tampoco quería mentirle.

Ella se acercó a la cocina y puso a hervir una olla con agua, mientras cortaba unas rebanadas de pan y las untaba con mermelada. El olor del sitio me hacía sentir protegido, como si fuera una mezcla entre su perfume y el calor de su hogar.

De repente, se detuvo en seco y se giró a mirarme.

-¿Por qué sigues con eso puesto?

Por haberme embriagado de comodidad, me había olvidado de la única regla que ella había impuesto en su casa: nada de máscaras.

En mi caso, la regla era bastante literal.

-Lo siento…me olvidé de sacármela – Removí el pedazo de plástico de mi rostro y lo contemplé por un momento. Blanca, inexpresiva y sin emociones, ¿ese era el yo de todas las noches?

Por aquel entonces, esa máscara no representaba nada más que una póliza de seguro contra cualquiera que pudiese conocerme.

No era una identidad; aquella se forjaría a punta de fuego y dolor más adelante, solo que yo todavía no lo sabía.

-Aquí – colocó una taza de cocoa caliente frente a mí y un plato con dos rebanadas de pan con mermelada – Tómatelo rápido antes que se enfríe.

Esta mujer que no era nada mío, ¿por qué se preocupaba tanto por mí? ¿Quién era yo para ella?

-No era necesario…bueno, gracias – Balbuceé.

-¿Estás bien? ¿No estás muy cansado?

-Puedo llegar a mi casa, no te preocupes – La verdad era que me iba a costar un poco puesto que la noche comenzaba a abrirle el paso a un nuevo día.

-¿Qué has estado haciendo hoy? – Sabía que no era curiosidad, ella era parte de esto y, aunque no comprendía por qué, nos ayudaba.

Me ayudaba y aquello ya era bastante.

-Nada importante, solo unas entregas. Los pinos, Sauce Alto…lo de siempre – Añadí un extra de aburrimiento a mi respuesta.

-No, tonto. Te pregunto qué has estado haciendo hoy…por la mañana, en el cole, en tu casa – Parecía ofendida, como si mi respuesta la hubiese lastimado.

-¡Ahh! – Fácil, aquello me resultaba más aburrido todavía, así que no tenía ni que fingirlo – El colegio sigue siendo raro y en casa la situación sigue igual.

-¿Has hablado con tu mamá?

-¿Para qué iba yo a querer hacer eso? – Aun con todo lo que tenía que pasar por las noches, seguía siendo tan solo un adolescente rebelde.

Delia solo movió la cabeza, con desaprobación. Como siempre, solo aquello bastó para hacerme sentir avergonzado, ¿cómo lo hacía? ¿Cómo es que tenía esa influencia sobre mí?

-Lo tengo pendiente… - Repliqué.

-Es importante que no desquites las cosas que te pasan haciendo lo que haces con nadie de tu vida cotidiana – Presentía un discurso suyo aproximándose – Eres un buen chico, solo tienes que darte una oportunidad. No te cierres a la gente que te quiere, tu familia, tus amigos…

-Yo no tengo amigos – No era una afirmación rebelde. Lamentablemente, era cierto.

-¿Y Jorge?

-Es distinto, nosotros…

-¿Y yo?

Silencio.

Era increíble como un par de palabras me devolvían a la realidad. A lo mejor no estaba tan solo como quería y clamaba estar, tal vez solo debía abrir bien los ojos y ver más allá de lo que tenía frente a mí para darme cuenta que sí podía ser feliz.

Ella soltó una carcajada y fui devuelto a la realidad otra vez.

-No porque quieras parecer misterioso y complicado, significa que lo seas, niño.

-No quiero parecer nada, es simplemente que no sé cómo interactuar con la gente – Empezaba a ser un niño dándole las quejas a mamá

-Esto – Tomó entre sus manos la máscara que estaba encima de la mesa – Te da una seguridad que no es tuya. Tienes que aprender a usarla sin necesidad de ponerte esto en la cara.

-Ya…es fácil de decir.

-¿Y la chica de la que me hablaste?

-Eso no va a llegar a ninguna parte

-¿Tú como sabes?

-No lo sé, ¿supongo que porque soy un chico con una doble vida medio delincuencial? – Me estaba exasperando un tanto.

-La vida no es tan complicada como quieres que sea.

Me levanté de la mesa, ni en la taza ni en el plato quedaba nada. Extendí un brazo sin decir una palabra. Ella miró una vez más la máscara entre sus manos y me la devolvió.

-Gracias, Delia – Quería añadir algo más pero temí su reacción – me tengo que ir.

Me disponía a colocarme la máscara en el rostro nuevamente cuando la vi levantarse también.

Se acercó a mí. Muy cerca, muy despacio.

-Nadie va a vivir tu vida por ti, ¿entiendes? Si tú no estás dispuesto a hacer lo que haga falta, ¿entonces quién? ¡Ve! Habla con tu madre, háblales a los chicos de tu colegio, háblale a la chica que te gusta porque si tú no lo haces, escúchame bien, nadie lo va a hacer. ¿Qué quieres luego? ¿Quejarte porque las cosas que querías que sucedan, no sucedieron? Pues si no sucedieron, será porque no hiciste nada.

Yo estaba temblando un poco, he de reconocer.

-Yo…bueno…ya, tienes razón.

-¿Alguna vez has besado a alguien?

La pregunta me pilló desprevenido y con la guardia baja. Recordaba mi último beso porque daba la casualidad que había sido el primero, pero de aquello hacía años y aunque la gente se reía cuando contaba la historia y aseguraba que era imposible que los niños se besen con esa edad, yo estaba bastante seguro de que aquello contaba como un beso.

O besos y aunque de niños de 6 años se tratara.

Aun así, decidí mentir.

-¿Tengo cara de que alguien me haya besado alguna vez?

-Tienes cara de que necesitas un beso en este momento, niño.

Lo que pasó después es de esas cosas para las que nunca estás preparado pero tuve la certeza de que fue uno de los pocos momentos en los que pude ser libre sin llevar una máscara puesta. Yo no lo supe en ese momento pero poco iba a importar si me enamoraba o no de ti puesto que nuestros destinos ya estaban marcados por las decisiones que habíamos tomado.

Lo único que entendí años después fue que aquel beso fue el primer regalo que me diste, la llave a una libertad que creía inaccesible y negada para mí pero que me demostraste que estaba tan a mi alcance como el poder sentir con intensidad.

Fue tu primer regalo pero no el último.


Solo que el siguiente te costaría la vida.