lunes, 4 de mayo de 2015

Crónicas de Nuevo Año: Entre símbolos e identidades

Tengo que reconocerlo: Extrañaba esto como no tienes idea.

El viento acariciando tus mejillas, la corriente de aire susurrándote al oído palabras que nunca vas a entender, pero que no puedes dejar de escuchar.

El sonido de los latidos de tu corazón que acompañan al del silencio de la noche y resultan en una ópera deliciosamente hermosa.

Es una de las pocas circunstancias bajo las que siento que puedo practicar un poco mi autoanálisis. Claro, si es que estuviera dispuesto a hacerlo.

Y aun así, no deja de ser extraño y perturbador.

Miro hacia abajo, una vereda desolada que acompaña al pavimento. Contemplo el cielo, la luna escondida entre las nubes. A los lados solo veo un tendedero vacío.

¿Cómo algo tan normal se puede convertir en una situación tan rara?

¿Cómo es que llegue aquí?

No es que no me guste la normalidad. Estuvo bien, supongo. Se sintió adecuada por un tiempo. Es solo que cuando conoces la adrenalina de lo desconocido, ya nada vuelve a ser completamente adecuado o normal.

Digo…entre echarme y reflexionar sobre esto en mi cama y hacerlo aquí, sentado al borde de la azotea de alguien más, pues me decanté por la opción más…extravagante.

Pero no estoy aquí para revivir algo que ya está muerto. No me encuentro aquí a la expectativa de algo que justifique todo el esfuerzo que involucro llegar a este lugar. Solo estoy aquí reflexionando un poco acerca de las cosas que han sucedido en un mes, que más parece un quinquenio infinito.

Perdí mi “capacidad” de hablar con las personas del más allá. En concreto, perdí mi capacidad de hablar con Delia. Y no es que no la extrañe. ¡Diablos, sí lo hago! Es solo que se siente como si mi conciencia y mi capacidad de decidir fueran un poco más libres sin que ella esté dentro de mi cabeza a cada momento, susurrándome que hacer.

Te quiero más como recuerdo que como conciencia, Delia. Y espero que estés pasando un buen momento en el más allá… ¿o era el más acá? Mal chiste.

Perdí a mis amigos… ¿o fueron ellos quienes me perdieron a mí? Ya no importa. Creo que fue de lo más honesto que pude ser conmigo mismo, sin forzarme a mantener vínculos que (ya) no me interesaba mantener. Y si bien a veces extraño lo que fue, ya no me tortura el hecho de imaginar “qué hubiera pasado si…”. Es que la vida es tan corta y el mundo tan grande que hay cosas que simplemente no son y así es como está bien.

Por otra parte, ahora tengo un nuevo trabajo en el que descubrí que mis andanzas pasadas no eran tan “secretas” como yo pensé o quise que fueran. Sino más bien que eran un rastro que alguien tenía que seguir. La pregunta es ¿quién sería tan intrépido o intrépida para arriesgarse a hacerlo?

“-¿Has escuchado algo de la historia del enmascarado? – Me preguntó, mientras rebuscaba entre unos papeles.

-¿Enmascarado? Siempre me sales con unas historias, Claudia – Pero no pude evitar prestar atención.

-Sí, un buen samaritano que aparentemente ayudaba a la gente. – Puso especial énfasis en el ‘aparentemente’

-¿Y por qué ‘aparentemente’? ¿Acaso no los ayudaba en realidad?

-Si quieres ayudar a alguien, ¿por qué esconder tu cara? Si tus intenciones son buenas, no tendrías nada que ocultar, ¿no crees?

-Quizás sus intenciones sí eran buenas, pero no las de los demás – Teoricé – Hay razones por las que ciertas personas prefieren mantenerse en el anonimato, ¿no?

-No sé, he estado siguiendo esta historia por un tiempo ya. Este chico misterioso sabe cubrir sus huellas – Sonaba un poco frustrada – Pero ni siquiera un fantasma puede ser invisible siempre – Sonrió al pronunciar esta frase – Aquí, mira.

Me entregó una fotografía. Parecía un hombre agazapado, como a punto de atacar.

En ese momento, un escalofrío me recorrió de la punta de los pies hasta la cabeza. El hombre de la foto usaba una máscara idéntica a la de…

¿Era posible? ¿Una fotografía?

-¿De…de dónde la conseguiste? – Intenté que mi tartamudeo no evidenciara mi asombro. Fallé.

-Tengo mis fuentes – Afirmó, orgullosa.

-¿Y qué pasó con todo eso?

-El hombre simplemente desapareció, hace como 2 meses que nadie sabe nada de él – Confesó, alicaída.

-Tal vez sea mejor así, ¿no crees? Hay historias que son un poco inverosímiles para contarse.

-Igual, no es mi principal, pero siempre que puedo le doy un poco de tiempo al hombre misterioso. Su historia es como mi hobby – Sonrió.

-Sombra… – Murmuré.

-¿Dijiste algo?

-No, no…no fue nada.”

Es interesante como las historias dan giros inesperados que ni siquiera el destino puede prever.

Me quité la máscara y no encontré mi rostro debajo. La pregunta permanece intacta, “¿Quién soy?” No es que vaya a entrar en dilemas existenciales justo en el techo de un extraño, sé que soy una persona, sé mi nombre, sé lo que puedo y no puedo hacer. Es solo que han vuelto esas inseguridades y miedos que pensé que ya había superado y dejado muy atrás.

¿Lo peor de todo? Que ahora parece que ya no los puedo mantener a raya.

“-¿Cuánto le pones a él? Del 1 al 10 – Preguntó el más grande, curioso.

Ella me miró, me analizó. Su mirada me incomodó por unos segundos, en los que tuve que mirar al piso.

-Cinco.

-¿Por qué?

-Es que, o sea, no es por el físico. Es solo que yo noto que eres inseguro, eres tímido en tus maneras, eso se nota. Y una persona siempre busca alguien que le dé seguridad. ¿Dé que le sirve a alguien inseguro juntarse con alguien que no le puede dar eso que no tiene?”

Es solo un ejemplo de lo que están causando ciertas tribulaciones internas en mí proyección exterior. Y es que cuando usas una máscara por demasiado tiempo, te olvidas quien eras debajo de ella.

Supongo que eso es lo que me sucedió a mí.

Sin embargo, si algo tengo que rescatar de lo que dejé atrás en el camino es que me ayudó a darme cuenta que lo que fui, lo que hice antes no define quien soy ahora. Es por eso que estoy aquí, pensando un poco en lo que quiero ser y en lo que soy.

De cualquier forma, es complicado. Nunca me había encontrado en estas circunstancias. Es una “nueva” normalidad para mí.

Literal y mentalmente solo, sin Delia, ni ninguno de mis fallecidos amigos, respondiendo mis pensamientos. Sin una mujer ocupando mis sentimientos, sin una amiga o amigo preocupándose porque vaya a cometer una estupidez en una oscura noche de otoño. Y, sobre todo, sin máscara.

Sí, totalmente diferente en todos los sentidos posibles.

Bueno, diferente no tiene por qué ser negativo, ¿verdad?

Jugué las cartas que el destino me repartió y, aunque no perdí, tampoco gané nada significativo. Tan solo mi libertad.

Y heme aquí, tentando a la suerte. A punto de apostar mi única ganancia.

Si tengo que ser completamente honesto conmigo mismo, ¿estoy esperando que algo suceda? ¿Estoy esperando que algún percance me saqué de este momento de reflexión?

¿Seré capaz de ignorar mi sentido de responsabilidad cuando suceda lo que estoy esperando?

Un par de frenos ahogados doblando la esquina me sacan de mis cuestiones existenciales y me devuelven al plano de lo real. Al punto 0,0.

Contemplo con interés lo que está sucediendo debajo de mí.

Dos sujetos salen de la mototaxi que acaba de detenerse en medio de la pista. No hacen ruido, es más, intentan ser lo más silenciosos posibles. Me da una idea de su estado, es probable que no estén ni ebrios ni drogados.

Están conscientes de lo que hacen o de lo que van a hacer.

El último en bajar mira alrededor suyo, como asegurándose de que nadie lo vea. Luego, se dirige al interior, al asiento de pasajeros y empieza a jalonear algo… ¿o alguien?

Desaliñada y bastante golpeada, pero es una mujer. El hombre la arrastra fuera de la moto de los cabellos y la tira al pavimento. Su compañero solo sonríe recostado sobre una pared.

Sonríe mientras lleva una mano al cierre de su pantalón.

El silencio de la noche me envuelve, me engaña. “No tienes que hacerlo”, me dice.

No miente. La verdad es que no tengo que hacerlo. La verdad es que no tengo que ayudar a esta mujer de unos potenciales violadores, porque ella no lo va a recordar mañana, porque ellos no lo van a terminar de creer por la mañana.

Sin embargo, el problema parece ser que quiero hacerlo.

Rápidamente, sacó de mi bolsillo la pañoleta que metí ahí especialmente por si algo como esto sucedía. La amarro a mi rostro, cubriéndolo hasta la nariz. Luego me pongo un gorro.

Me siento ridículo, pero no extraño la máscara…creo.

¿Alguien me quiere recordar por qué voy a hacer esto? Digo…sería un buen momento para que regreses, Delia.

Pero ya no vas a regresar. Así como esas conversaciones de Whatsapp van a quedar archivadas para siempre. Tal como Claudia nunca más va a volver a conseguir una foto del hombre misterioso.

Nada va a volver a ser como antes. Ni siquiera yo, mientras desciendo silenciosamente por un poste de luz.

Pero al hacer esto, tal vez pueda encontrar algunas de las respuestas que busco. Porque no había sentido tal seguridad en casi un mes de “normalidad” como la que siento mientras mis manos se aferran para no caer.

Tal vez en el peligro esté lo correcto.

Y es raro, puesto que no soy lo que definirías como “peligroso”.

“-Hoy estuve en la comisaría haciendo unos papeles

La sola mención de aquel recinto jaló del gatillo de recuerdos que había en mi cabeza.

-¿En serio? Bueno, si yo te contara de mis experiencias en comisarías… - Dije esto último con cierta nostalgia, casi pena.

-¿Tú? Pero si tú nunca has hecho nada – Sonrió.

-¡Gracias! Es la forma más amable en la que me han dicho aburrido alguna vez – No pude evitar mostrar parcialmente la dentadura.

-No es eso…es solo que no me imagino porque alguien como tú estaría en una comisaría, no creo que haya sido por algo malo.

-¿Tengo tanta cara de estúpido? – Levanté una ceja.

-Yo diría más bien de inofensivo.”

Aquí y ahora, es donde dejo de ser inofensivo, si es que alguna vez lo fui.

Me acercó por detrás a la mototaxi.

Veo a los tipos maniatar a la mujer, mientras intentan quitarle el pantalón.

Siento la ira correr por mis venas.

“Cambié también porque de niña quisieron abusar de mí, entonces los abrazos y todo eso me da asco”

Las palabras suenan en mi cabeza, tan reales que hacen que mire a los lados para asegurarme que no haya nadie ahí. Cada una de mis terminaciones nerviosas está enervada. Siento mis pupilas dilatarse. 

La adrenalina del peligro.

Llevo mis manos instintivamente a mi cintura…y no encuentro nada.

-¡Oye, que haces ahí!

Está bien, esto puede ser malo.

Quedo pasmado frente a los dos tipos que empiezan a acercarse, despacio. Parecen 2 personajes grotescos sacados de un cuento infantil, uno de ellos es calvo y tiene un arete en la oreja izquierda.

-¿Quién carajo eres tú? – Dice el otro, el más alto.

Tiene una cicatriz que le atraviesa todo el pómulo derecho.

Prisión. Lurigancho, más que seguro.

-Yo soy…

No, no lo digas. Ese hombre murió. Se ahogó y nunca lo encontraron.

-…un amigo, pero no tuyo.

Su estrepitosa y asquerosa risa destruye el silencio de la noche.

-¿Y qué vas a hacer, huevonazo? – Lleva una mano a su cintura y saca una navaja.

¿Qué es esto? ¿Miedo? ¿Tengo miedo de este hombre?

“-¿A qué le tienes miedo, chico? – El viejo se para delante de mí, mientras me golpea la espalda con su bastón.

-¿Quién dice que tengo miedo? - trato de sonar desafiante y solo quedo como un adolescente impulsivo

Me pongo en pie, empiezo a pensar que fue un error venir aquí. A encontrar respuestas aquí, o a intentar, al menos.

-En el fondo, eres el mismo chiquillo asustado que trajeron hace años

-No es cierto.

-¡Sabes que sí! Y mientras no lo aceptes, jamás vas a poder ser tú mismo o lo que sea que tengas que ser.

Me golpea otra vez con el bastón, no atino a esquivar ninguno de los golpes. El cansancio amenaza con derrotarme.

-Mírate – Su voz es dura y marca las pausas – Has hecho cosas “buenas” tanto tiempo y ni siquiera así has podido sacar lo bueno de ti. Sigues viviendo derrotado.

-¡No es verdad!

-Sabes que lo es… - Suena decepcionado – Olvidaste que no se trata solo de hacer cosas buenas por la gente sino de inspirarlos a ellos a hacerlas también. Eso es lo que significa ser una esperanza. ¿Cómo puedes serlo tú si ni siquiera sabes quién eres? Si lo que se supone que debía convertirte en un instrumento de fe, solo te sirvió siempre como un escape.

Un golpe más del bastón, este va directo a la cara.

Caigo de rodillas, siento la sangre correr por mi labio inferior. Alzo la mirada y lo veo ahí, parado frente a mí, con su mirada severa.

-¿Qué buscas aquí? – La voz del abuelo sonaba clara y entonada, aún para alguien que parecía haber respirado demasiado en la vida.

-Res...respuestas - Balbuceo - Necesito respuestas

-¿Ya te hiciste las preguntas correctas?

-No lo sé

-Pues antes pregúntate si lo que buscas es igual a lo que quieres encontrar”

El miedo no va a paralizarme, ya no más.

-Déjenla ir – Mi voz suena desafiante.

-¿Y sino qué? – La respuesta del hombre de la cicatriz busca provocarme

-Voy a tener que lastimarlos – No miento.

El de la cicatriz embiste hacia mí blandiendo su navaja. Nunca he sido de los mejores en el cuerpo a cuerpo, pero por lo menos tengo que intentarlo.

Su cabeza impacta en mi vientre, mi brazo bloquea la mano con la que sostiene el objeto punzocortante dirigido a mi garganta. Caemos al pavimento y la navaja termina lejos de sus manos y de las mías.

Me pongo de pie, rápido. “Sí que he perdido forma”, pienso. En ese momento, el otro tipo impacta su puño en mi mandíbula. Vuelve a tratar de conectarme un gancho, pero lo esquivo por tan solo segundos, golpeo sus costillas con mi codo, luego con mi brazo extendido. Miro de reojo al de la cicatriz mientras se pone de pie. El calvo se dirige hacia la navaja, corriendo. Le sigo los pasos, mientras pienso en lo pesado que se siente mi cuerpo.

Justo antes de que recoja la navaja del piso, mi puño impacta contra su sien y cae de bruces. En ese momento, una patada en la espalda me tumba encima del hombre que acaba de caer.

¡Rayos! Esto duele… ¿Cómo demonios hice esto por casi 10 años? Mi coxis se siente fuera de su lugar y los nudillos me matan.

-¿Así que te crees muy pendejo, no?

Tumbado en el piso, lucho por ponerme de pie. Se siente un dolor bastante real. Claro, uno viene a reflexionar sobre su vida y termina siendo golpeado en el intento de ayudar.

La verdad me siento bastante amateur, ¿qué era diferente cuando hacía esto con máscara, chaleco y cuchillas en mis manos?

Creo que empiezo a entenderlo.

El de la cicatriz se arrodilla y empieza a golpearme la cara. Sus golpes son lentos, pero impactan con fuerza en mis pómulos y mandíbula.

¿Qué pasa conmigo? ¿Realmente todo este tiempo dejé que mi percepción de seguridad proviniese de una máscara, de tener con que “defenderme”, de llevar las de ganar?

“No, no es cierto. Eres muy fuerte. Y estaba equivocada…para ser luchador, hay que ser fuerte”

Gracias conciencia, en serio buscas las frases más adecuadas y de las personas más inesperadas para motivarme.

Luego de unos cinco o seis golpes, decido que ya fue suficiente. Está a punto de asestarme uno más, pero mi mano detiene su puño.

-Tú no me conoces – Me asusta lo siniestro de mi voz.

Con esfuerzo, lo empujo y cae al otro lado de la pista. Me pongo de pie, mientras quito la pañoleta de mi rostro y la uso para limpiar la sangre de mis labios y mi nariz. Luego me la amarro nuevamente.

El hombre vuelve a embestir contra mí. Antes de que su cabeza impacte nuevamente contra mi estómago, detengo su cuerpo con mi hombro, luego conecto un gancho a su ingle derecha mientras él me golpea las costillas.

Tomamos distancia. Mi respiración se entrecorta, sus ojos recorren el pavimento buscando la navaja. Supongo que debe estar debajo del cuerpo inconsciente de su amigo tirado casi en medio de nosotros.

-Te voy a matar, imbécil – La ira inyectada en sus ojos me afirma que puede estar diciendo la verdad.

-La muerte está tan segura de su victoria que nos da una vida de ventaja

-¡¿Qué mierda hablas?!

-Nada, no importa – Debajo de la pañoleta, estoy sonriendo.

Nos calculamos, nos medimos, nos vamos acercando poco a poco. Lanza un puñetazo al aire que esquivo y lo golpeo en las costillas. Me empuja y se avienta contra mí.

Mientras rodamos en el pavimento pienso que esta es la forma más básica de violencia que puede existir y me pregunto por qué rayos no ha pasado algún carro de serenazgo que pueda darme una mano. Digo, no me vendría mal.

¿Qué es diferente antes y ahora? ¿Qué era diferente con una máscara puesta?

“Sí me he dado cuenta que te pones esa máscara y haces todo eso para llenar un vacío grande y tal vez no es la mejor forma, pero lo sigues haciendo. Quisiera poder llenar ese vacío, que básicamente creo que es falta de cariño…”

Bueno, hablando de cariño. El hombre de la cicatriz y yo seguimos conectándonos puñetes en distintas partes del cuerpo. Nos revolcamos en la pista y lo aparto con una patada. Extiendo mis brazos mientras inhalo una fuerte bocanada de aire y me pongo en pie.

El tipo está comenzando a pararse. “Ya acabemos con esto”, pienso.

Corro hacia él y salto, apuesto a que esto se ve mejor cuando es coreografiado y pasado en una película de acción. Quedó en vilo e impacto ambas piernas en su pecho. Su expresión de dolor no tiene precio.

El hombre sale disparado hacia atrás.

Caigo sobre mi cuerpo pesadamente, ¿Realmente dolía tanto antes o todo esto es nuevo?

Me pongo de pie, nuevamente, trastabillando. Me acercó donde se encuentra el tipo de la cicatriz, balanceándome.

Lo escucho gemir y quejarse, decido que no me interesa. Me arrodillo encima de él. ¿Justicia o castigo? Esa es la única pregunta que importa.

-¿Y luego qué? ¿Te dejo en una comisaría para que te dejen salir al día siguiente? ¿Hasta qué otra desafortunada chica suba a tu maldita moto y la puedas violar?

Veo ira en su mirada, mezclada con miedo.

“Adelante, mátame… ¿Crees que no habrán otros después de mí?”

Las palabras de Velarde resuenan en mi cabeza. Las imágenes de lo que sucedió después de eso me inundan por un momento.

Cojo al tipo de la cicatriz del cuello de su camisa y empiezo a golpearlo en la cara, violentamente. Siento su tabique romperse entre mis nudillos, siento sus labios reventar bajo mis dedos.

“Descubre quien rayos eres y luego, sé un símbolo para esa gente”

Lo suelto, está inconsciente. Me pongo de pie con dificultad y me acercó a la mototaxi.

La mujer está adentro, hecha un ovillo. Escucho sus sollozos ahogados.

-¿Estás bien? – El cansancio en mi voz es completamente perceptible.

No hay respuesta, solo llanto.

-No voy a hacerte daño, pero necesito que salgas de la moto, por favor

Extiendo un brazo hacia ella. Me mira y duda, finalmente, me deja ayudarla a bajar.

-¿Te hicieron daño? – Reformulo la pregunta. Ella niega con la cabeza – ¿Puedes llegar a tu casa desde aquí?

-Ss…sí, gra…gracias – Dirige la mirada hacia el cuerpo ensangrentado del tipo de la cicatriz, luego al calvo tirado en el pavimento - ¿Tú hiciste eso? – El temor en su pregunta es completamente válido.

-Así es – No me siento orgulloso, pero al menos la mujer se encuentra bien. – Será mejor que salgas de aquí antes que se levanten.

Me acerco a la cabina del conductor, retiro las llaves y las meto al bolsillo de mi pantalón. Cuando me doy la vuelta, la mujer ha desaparecido.

Misión cumplida, supongo.

Está bien, fue un buen mes de normalidad, después de todo.

Lo disfruté. Dormir plácidamente por las noches, conversar con las personas con esa libertad de no estar escondiendo nada, mirarlas a los ojos y sentir que eres igual que ellas, igual que los demás. Estuvo bien por un tiempo.

Desamarro la pañoleta de mi rostro otra vez y me limpio la cara con ella.

Ha sido una noche educativa, en cuanto a autoconocimiento y a inseguridades se refiere.

Tal vez nada vuelva a ser como antes, y está bien, ¿sabes? Al fin y al cabo, algo en la mirada de la mujer, esa sensación de “estar a salvo” me recordó que hay más en juego de lo que parece a simple vista.

Tal vez aun en mi propia oscuridad pueda ser un rayo de luz. Solo uno, con eso es suficiente.

Voy a estar bien, voy a descubrir quién rayos soy, más allá de un nombre, más allá de lo que esperan que sea.

Y cuando lo haga, voy a ser un símbolo...o voy a intentarlo, al menos. Porque eso es lo que esta gente se merece, lo que necesitan. Alguien que no solo haga cosas buenas por ellos, sino que los inspire a hacer el bien.

Supongo que tendré que asegurarme de que mi “vestimenta” no deje mucho de mí expuesto. También conseguir implementos y ello. Bueno, va a ser una semana ocupada, hay muchas cosas en qué pensar.

Pienso todo esto mientras camino por el pavimento y una sonrisa se dibuja en mi rostro. En una mano llevo mi pañoleta medio ensangrentada y en la otra, un par de llaves.

Sí, otra noche típica, sin nada fuera de lo común…


martes, 21 de abril de 2015

Presente imperfecto, futuro desafortunado

Se había jurado a sí mismo no cometer aquel error de nuevo.

Y sin embargo, ahí estaba. A unos cuantos minutos de repetir exactamente los pasos que lo llevarían al fracaso definitivo.

O a la gloria eterna, lo que sucediera primero.

No era para menos, había pasado mucho tiempo ya.

Dos años, siete meses, nueve días y las últimas veinticuatro horas que fueron un suplicio entre decidir qué era lo que debía hacer.

Pero nadie sabía eso, ni nada en realidad. Nadie sabía de las noches en vela que pasaba contabilizando las horas que transcurrían despreocupadas, libres y frenéticas, una atropellando a la otra. Nadie sabía de las numerosas cartas que había escrito, de cómo había cuidado detalladamente su caligrafía, de cómo cada “i” tenía un punto que le adornaba la cabeza cual sombrero setentero de caballero refinado.

Y ahí estaba él, debatiéndose entre el bien y el mal, la determinación y la cobardía, la seguridad y el miedo que amenazaba con petrificarlo.

De repente, algo en el flujo temporal se detuvo. Como si a los minutos les hubiera dejado de importar lo venidero.

La vio pasar, era ella, no había duda. Este era el momento que había esperado todo este tiempo.

Quiso moverse, pero sus piernas pasaron a piloto automático. Sus extremidades dejaron de responder. El pánico empezó a apoderarse de él, podía sentir las gotas de sudor resbalando apresuradas por su pecho. Su corazón amenazaba con reventar su caja torácica.

Y no podía moverse.

Empezaba a asustarse, comenzaba a creer que su cuerpo estaba experimentando un sueño lúcido, pero aquello no tenía sentido. Recordaba perfectamente cómo había llegado a parar a ese lugar. Había salido de casa, luego se dirigió al paradero porque sabía que ella vendría, porque ella tendría que irse a casa también.

¿O había salido de otro lugar?

Las dudas comenzaron a invadirlo, ¿estaba soñando realmente? ¿Eso era posible? Pero ahí estaba ella, a menos de cinco metros de donde él se encontraba, con toda su belleza y esa radiante sonrisa.

Dicen que siempre serás perfecto para algunas personas tal como eres y para él era verdad. Ella era perfecta. Con las comisuras de sus labios entreabriéndose para dar paso a una sonrisa franca y generosa, aquellos dientes blancos que le recordaban que debía programar su cita mensual con el dentista, la nariz que sin ser respingada, bien podía hacer esos movimientos graciosos cuando resoplaba el aire que a él parecía faltarle cada vez que ella se le acercaba.

Y esos ojos. ¡Dios! Hubiera muerto y revivido cuantas veces fueran necesarias por esos ojos. Castaños, gloriosos, de aquellos que no solo servían para ver, sino para dejar ver.

Para dejar ver la luz de un alma.

Concluyó que aquello no era un sueño puesto que ni siquiera su grado de imaginación podía replicar de manera tan sofisticada todos los detalles que la constituían y la hacían maravillosamente real.

Entonces, no. No estaba soñando. Sin embargo, seguía sin poder mover ni un solo músculo. ¿Qué rayos estaba pasando?

No era tan difícil, después de todo. Solo tenía que acercarse, la saludaría, le diría algo como “¡Vaya, que coincidencia encontrarte por aquí”, sí claro…como si fuera una coincidencia en lo absoluto, luego le preguntaría a dónde iba, lo que también ya sabía, y finalmente se ofrecería a acompañarla.

Era sencillo, solo tenía que moverse. ¡Rayos! Se preguntó por qué le sucedían estas cosas a él por encima de todo. Se cuestionó en ese momento si…

-… ¿La vida se ha obsesionado en meterse contigo? – Aquella voz le pareció extrañamente familiar.

Ni siquiera podía girar la cabeza a ver quién le había completado la voz del pensamiento. Todo esto se estaba tornando muy extraño…incluso para un tipo con su suerte.

-No lo intentes, no podrás moverte hasta que ella se vaya…

¿Entonces esto era obra del hombre de la voz familiar que estaba detrás de él? ¿Qué estaba pasando? Se consideraba lo suficientemente interesado en ella como para saber que no tenía más de dos pretendientes conocidos, él era el tercero solo que…ella aún no lo sabía.

Y aquellos tipos eran idiotas…o bueno, él podía haber sido el idiota. En realidad, dependía bastante del punto de vista.

¿Quién era el hombre de la voz familiar? ¿Algún compañero de clases desconocido? Sabía que estaba en el límite entre ser considerado un poco acosador mezclado con un poco de investigador privado y aun así, se le había escapado este detalle… ¿Cómo era posible?

-Sé lo que estás haciendo – Su voz realmente sonaba demasiado familiar…era como una variación de una voz que él ya había escuchado antes, solo que más… ¿Cansada? ¿Grave? -  Deja de hacerlo, deja de pensar. Créeme, te estoy haciendo un favor.

Quiso hablar, preguntarle quién era y qué quería, pero ni siquiera pudo mover los labios un poco.

Se preguntaba cómo era que la gente alrededor no notaba lo que estaba sucediendo. ¿Cómo no podían notar que estaba casi petrificado con un extraño atrás de él?

Su mirada se posó en la chica, nuevamente. Ella no se había percatado de su presencia, llevaba puestos los audífonos y su cabeza se movía relajadamente al ritmo de una canción. El bolso parecía pesado. “Debe ser por todas esas cosas que traen las mujeres”, pensó.

Hubiera querido gritarle auxilio, pero aquello habría sido bastante penoso. Todo era culpa del hombre atrás de él. Llevaba días planeando esto, que iba a decir, cómo iba a hacer que pareciera un encuentro de lo más casual y fortuito, incluso sabía la broma que tenía que contar para que ella riera y cómo bloquear el efecto que aquella sonrisa tenía en él.

Y ahora todo estaba arruinado.

-¿En serio crees que todo iba a salir de acuerdo al plan? ¿No hubiera sido más sencillo si solo la llamabas, la invitabas a salir y ya? Créeme, muchacho…realmente estoy haciéndote un favor aquí.

¿De qué estaba hablando? ¿Acaso el hombre estaba loco? ¿Cómo podía ser un favor el hecho de dejar que ella solo se…

… Fuera?

La vio subir al autobús y algo dentro de él se quebró. Increíble, aún quedaban sentimientos en su interior que podían romperse.

Ella nunca supo que él estaba ahí esperándola, ¿cómo podría haberlo sabido?

¿Qué iba a decirle luego? “Hey, hoy te vi en el paradero…estaba a punto de acercarme cuando de repente un extraño se me acercó por detrás y me petrificó. No me preguntes cómo o por qué, ni yo lo sé.”

-Bueno, ya pasó el peligro…voy a soltarte ahora. Hagas lo que hagas, quiero que evites entrar en pánico, ¿entendido?

De repente, sintió un pequeño impulso eléctrico recorrer su espina dorsal de arriba abajo.

Sus hombros se relajaron, sus rodillas se doblaron un poco y el peso de su espalda volvió a hacerse un poco más ligero.

Luego, se dio la vuelta.

Bueno, sí era bastante posible que aquello hubiera sido un sueño.

Ahí estaba él… ¿Junto a…él? ¿Eso era posible?

No había duda, era él. Unos quince años más viejo, pero era él. Era como mirarse en un espejo del tiempo. Su cara seguía teniendo la misma expresión de “¿Qué estoy haciendo aquí?” que reconocía en su reflejo de todos los días al alistarse para las clases.

Esto era un sueño, un mal sueño. Tenía que serlo.

-No lo es, realmente soy tú. O bueno…soy yo…nosotros. Bueno, tú entiendes – La voz sonaba más grave y pausada, pero definitivamente era SU voz. ¡Por eso le había parecido familiar! – No me lo agradezcas, muchacho. Acabo de salvar quince años de mi vida.

¿Salvar? ¿Tan solo por evitar que hable con Marta?


Este iba a ser, en definitiva, un día de lo más interesante. 

sábado, 28 de marzo de 2015

Para no olvidar

“El camino del héroe es un camino solitario”

Mi abuelo solía decir eso mucho.

Es raro, porque nunca me he considerado un héroe como tal. Para eso tenemos a los bomberos, a los buenos policías, a los ciudadanos de a pie que día a día hacen de este, un lugar mejor. Ellos son héroes.

Con familias, con sueños, con metas y objetivos por alcanzar. Personas que se muestran tal cual son ante el resto, sabiendo que hacen una diferencia con sus pequeñas buenas acciones.

Siendo así, ¿cómo podría yo ser un héroe?

Y sin embargo, he elegido un camino solitario.

Irónico, ¿no?

Han sucedido tantas cosas y han sucedido en apenas una semana, que me sigue pareciendo increíble como los momentos cambian y varían sin ninguna contemplación, sin preguntarnos si estábamos listos, siquiera si podríamos con todo. Es raro porque justo al cumplirse una semana de una serie de eventos, se cumple un mes de una serie de otros. Los tiempos cuadran, solo que no nos dimos cuenta que no estábamos listos ni para uno ni para otro.

Yo no estaba listo.

Para darme cuenta de esto, tuve que morir, resucitar, reflexionar y decidir.

Morí y vi mis miedos hacerse realidad, me enfrenté al fracaso, al olvido y a la resignación y creo que las vencí, puesto que estoy escribiendo esto, ¿cierto?

Resucité, reviví y me reconfiguré en un ser que desprecio, pero que necesito. En un ser que ha tomado tantas cosas de mí y sin mi permiso, que muchos se preguntan por qué se lo permito. Para que yo pudiera vivir la vida que me corresponde, él tenía que morir. Pero para que aquellos que me han demostrado lo valiosa que es la vida puedan vivir tranquilos, tenía que hacerlo yo.

Reflexioné y me vi cara a cara con mi conciencia y mis fantasmas del pasado. Ella me dijo que no lo hiciera y fue la única vez en la que tuve que verla y decirle “Esta vez no puedo escucharte”

¿Por qué insistes en alejarte de las personas a las que les importas?”

¿Complicado? No lo creo, puesto que escriba lo que escriba, diga lo que diga o haga lo que haga, nada va a cambiar lo que ya está hecho. Las cosas que fueron dichas y escritas, ya han quedado plasmadas en los corazones.

¿Cómo luchas entonces contra todos esos sentimientos, contra todos esos buenos recuerdos? ¿Te pones una máscara y los entierras en el fondo de tu ser, deseando que esta noche puedas ser un poco más fuerte que la anterior y no tengas que añorar una vida que pudo ser tuya pero que rechazaste?

El camino del héroe es un camino solitario, quizás mi abuelo tenía razón. Quizás un héroe deba estar solo, al fin y al cabo, son aquellos enemigos, esas personas crueles y malvadas las que apuntarán, no al héroe, sino a sus seres queridos. Siempre es así, porque el daño se multiplica en niveles exponencialmente altos. ¿Es justo entonces que otras personas tengan que pagar las consecuencias de las acciones que uno eligió?

No, como tampoco es justo que tengan que cargar el peso de la responsabilidad que no es suya, pero prestada. Que solo causa dolor.

Es interesante esto del dolor, puesto que te hace reflexionar acerca de tus límites. Y también te hace considerar cuando es recomendable cruzarlos.

El problema parece ser que a veces, ni siquiera cruzando tus propios límites, es suficiente.

Hoy tomé una decisión incorrecta. Lo sabía desde el momento en que se concibió en mi mente, sabía que no era la mejor decisión, puesto que no se me presentaban las mejores alternativas.

Acción errada que te lleva a decisión incorrecta. Así es como funciona.

No voy a morir, ya he pasado por eso. Fea experiencia, no la recomiendo. Por lo que tendré el resto de mi vida para preguntarme “¿Qué hubiera pasado si…?”.

No soy un héroe, pero he elegido el camino solitario. Y no quisiera ser malinterpretado aquí. Lo he elegido no porque no existan personas dispuestas a recorrer mi camino conmigo, me ha quedado bastante claro que hay muchas que pondrían un hombro solo por verme sonreír.

Lo escogí porque no puedo, ni consciente ni inconscientemente, someter a nadie al continuo dolor, preocupación y pánico que implica mi vida a este momento. He visto las consecuencias de primera mano, he visto el terror de pensar que el final llegó. No en mis ojos, eso es peor. He tenido que enfrentarme al hecho de saber que de no estar aquí, el dolor se llevaría a las personas que quiero.

Y eso me lleva a elegir cortar mis vínculos. Porque la persona que debe estar a mi lado es un ideal, una utopía de fuerza y confianza. Tal y como un agujero negro. Lo conocemos teóricamente, pero nunca hemos visto uno en la vida.

Lamentablemente, dicha persona no ha sido creada.

Yo no soy una máscara, no soy un sobrenombre, no soy un héroe ni un justiciero que busca enmendar y reparar sus pecados pasados.

Soy solo un hombre que intenta hacer de este lugar un mejor sitio. ¿Es esto algo mejor? Probablemente, no. Lo más seguro es que no, pero tengo que aceptarlo, porque a veces es mejor aceptar lo que tenemos y no lo que merecemos, sino podríamos pasarnos toda la vida esperando algo que nunca llegará.

Un viejo “amigo” que ahora ya no está me dijo alguna vez que las personas como yo no tenemos esperanza, que no debíamos creer a las personas que nos decían cosas “bonitas y positivas” sobre nosotros, porque en el fondo somos malas personas, que han hecho daño y que están condenadas por su pasado.

Ahora sé que mi pasado no define quien soy hoy, y eso me hace libre de decidir.

Lastimosamente, mis opciones para decidir nunca han sido las mejores.

Nunca quise hacer parte de este mundo a nadie, pero las circunstancias me obligaban desesperadamente a buscar un poco llenar el vacío que tengo en mi interior, a través de la confianza, a través de una palabra de apoyo, a través de un poco del cariño que me pudo faltar.

Cuando me daba cuenta de la magnitud de lo que generaba, del dolor al que estaba exponiendo a la gente que me importaba, ya era tarde.

Claro…a veces exponerse y mostrarse vulnerable puede acabar con tu vida, ¿cierto? Es por eso que ese poder debe quedarse en tus manos, para que seas tú y solo tú el que decida cómo termina. Y ni siquiera así será suficiente, porque a veces el final no satisface a todo el mundo.

No importa ya, no volveré a cometer el mismo… ¿error? ¿Puedo llamar error a aquellos vínculos que me dieron esperanza, alegría y una razón para seguir en determinado momento? No, no es justo. Por eso escribo esto, para cuando sienta las fuerzas faltarme, recordarme a mí mismo que esta fue mi decisión y que debo vivir con ella y asumir las consecuencias.

Esta es mi cruz, este es mi “don”. Este es ese “algo mejor” que me toca y si no lo es…pues me corresponde a mí convertirlo en ello.

Hoy me miraré al espejo, tratando de comprender un poco el dolor y el vacío del hombre que me devolverá la mirada a través de él.

Luego, me sacaré la máscara de chico normal “con tribulaciones, miedos, angustias, deseos de año nuevo que espera cumplir y todas esas cosas”, me despojaré un poco de los sentimientos, aunque esto me arranque la carne de los huesos. Y justo antes de volver a interpretar el papel que me ha tocado en esta tragedia, pensaré en ti, en ustedes, en nosotros, en todos. En los que ya no están, en los que estuvieron y abandonaron el barco, en los que obligué, amable y no tan amablemente, a bajarse. Supongo que el capitán siempre se hunde con su nave, ¿no?

“Sí de alguna manera astral o del más allá puedes escucharme, te quiero. Sé que siempre lo repito, pero nunca es tarde…quizás algún día nos podamos volver a encontrar”

Luego, seré él otra vez.

El “héroe” que eligió su camino solitario. El único responsable. Aquel que puede ser el malo de la historia. Aquel que sigue buscando su final. Ese hombre que te cuidará y pensará en ti mientras se apodera de los tejados ajenos, mientras le da la espalda a la normalidad, a la felicidad y a cuanta esperanza haya podido existir en un día como hoy, al que se le debe guardar respeto.


Sombra.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Yo (no) soy Sombra

Sucede que a veces no puedo evitar esa sensación de que haga lo que haga, nunca será suficiente.  

Siempre he vivido la situación desde una sola perspectiva, siempre he sido el hombre que engaña a la noche y le roba un poco de esperanza para regresar a escondidas por las mañanas. Al principio era divertido, la adrenalina de lo desconocido, el impulso de ir hacia donde otros no han ido y la libertad de lo que no está permitido.

Pero por sobre todo, el secreto que guardar.

Recuerdo aquel tiempo en el que esto era un secreto oscuro, un secreto que era mejor guardar recelosamente, puesto que si se revelaba, dejaría libres numerosas pestes, cual caja de Pandora. Por eso comencé a usar una máscara sobre mi rostro. Porque estaba convencido de que nadie estaba listo para una revelación de semejante magnitud.

Que él y yo éramos la misma persona…o que no éramos ninguna, al fin y al cabo.

Porque una se configuraba como la perfecta negación de la otra.

Luego comenzaron a aparecer personas importantes en mi vida, pero solo podía permitirles involucrarse hasta cierto punto. A partir de ahí comenzaban las preguntas ¿Por qué siempre estás tan cansado? ¿De dónde salen esas enormes ojeras? ¿Qué hiciste anoche? ¿Por qué tienes la cara golpeada?

Nunca he sido bueno poniendo excusas, aun cuando por la vida que he llevado, debería ser un maestro de las mentiras.

Hasta hoy tengo en la memoria la noche aquella en la que la primera persona ajena al mundo en el que me muevo supo quién era en realidad. No puedo olvidar su expresión de pánico, angustia y desconcierto. Su mirada perdida y su pecho agitado. Su tono de voz alarmado al preguntar por qué seguía haciendo cosas como esta.

Su expresión decepcionada al saber que seguiría haciéndolas.

Y así, la lista fue creciendo en número. Las reacciones fueron diversas, algunas personas prefirieron alejarse por sí mismas, otras nunca descubrieron como es que me perdieron de sus vidas. Algunas entendieron que era por su propio bienestar. O quizás simplemente era que no podía aguantar el hecho de que revelar algo como esto acabe con todo lo demás.

Es curioso, una vez que la gente sabe quién soy en realidad, parece preocuparse súbitamente más por lo que me suceda. No los juzgo, lo que hago es peligroso. Pero no sé…a veces me gustaría sentir que es el hombre debajo de la máscara el que importa un poco más que toda esta vida que, en su momento, estúpidamente escogí.

Yo soy Sombra y, al mismo tiempo, no lo soy. Soy simplemente un chico asustado que se pone una máscara para escapar de la cotidianeidad de su vida, para esconder miedos que por sí solos me atormentarían, para enfrentar rechazos que me derrumbarían.

Una máscara condena mi vida y es también la que une mis piezas y me configura en un ser que puede trascender.

Pero que también puede perderlo todo.

Antes hacía esto convencido de que lo arriesgaba todo porque no tenía nada que perder. Ahora, en cambio, ya no estoy tan seguro.

Y es que resulta tan tonto pensar que puedes perder algo que nunca fue tuyo, pero aun así, temo y me duele dejar a las personas que me importan temiendo lo peor por mí.

Trato de no pensar en ello mientras doy un salto, o mientras estoy frente a frente con alguien que ha estado a punto de hacer daño gratuitamente, pero no puedo evitarlo.

Ni siquiera una máscara puede evitar que a veces las fuerzas me falten.

Esta noche salgo de nuevo, una vez más. Estoy cansado, mi cuerpo está lastimado y mi corazón se siente olvidado. Esta noche me pondré una máscara para tratar de sentir que las fuerzas que tengo serán suficientes para luchar.

Pero a la distancia, sé que habrá corazones latiendo con preocupación por el tipo extraño que sale a apoderarse de los techos ajenos.

Y así, sintoniza tus latidos con la frecuencia del dolor. Luego, escucha.

En el firmamento, alguien tal vez elevará una oración por mi seguridad, mientras que otra persona derramará quizás una solitaria lágrima esperando a aquel hombre, el hombre que cae por ser merecedor de algo mejor.


El hombre que mañana no será Sombra.