viernes, 13 de marzo de 2015

Crónicas de Nuevo Año: Una noche cualquiera.

Sucede mucho que mis fronteras no estén bien definidas.

Momentos en los que no sé qué hacer con los sentimientos del hombre debajo de la máscara y estos nublan mi capacidad de concentrarme en el aquí y ahora.

Lo cual me puede costar la vida.

-¡Maldito imbécil! ¿Quieres jodernos la vida? – El grito exasperado del hombre que se aferra a mi pierna me saca de cualquier tribulación interna.

¡Ah, sí! ¿No lo había mencionado? Me encuentro colgando a casi treinta metros de una viga que puede romperse en cualquier momento y sí, por si se lo estaban preguntando, sí podría ser peor.

Siempre puede ser peor.

Pero el tema no es ese, pues bien…quizás te estés preguntando cómo rayos fue que llegué a parar a esta situación. La respuesta a esa interrogante es condenadamente simple.

Soy estúpido.

O mejor dicho, el hombre debajo de esta máscara lo es.

Me sucede mucho que pienso en él y en mí como entidades separadas, como dos polos opuestos que luchan por controlar una existencia que ninguna de los dos tienen asegurada. Y vivimos así, en una constante batalla. Sus sentimientos contra mis influencias, su dolor contra mi capacidad de evitar el daño.

Sus pérdidas contra mis pecados. Aunque unas sean la consecuencia directa de las otras.

O quizás simplemente es que no estoy listo para reconocer que la misma persona pueda tener ángulos tan brutalmente distintos entre sí.

Es decir, ¿quién imaginaría al chico bueno poeta saltando de techo en techo por las noches, con nada más que 5 cuchillas amarradas a su cintura? Es bastante inverosímil. Cualquiera pensaría que es una genial historia ficticia sacada de la imaginación inagotable de un tipo que sueña con personajes que mueren trágicamente solo para satisfacer cierto anhelo creativo.

No sabes lo que daría para que fuese así. Para que se tratase tan solo de una ficción mal guionizada.

-¿En qué mier** estás pensando, chico? ¡Nos vas a matar a ambos! – El barbudo insiste en que salve su vida. Lo que no sabe es que la mía ya está perdida.

-¿Sabías que gritar más fuerte no va a hacer que no caigamos, verdad? – Trato de aplicar la lógica y el razonamiento. Sí, claro…y cuando realmente debería aplicarlos, están de vacaciones.

¿Por qué sigo haciendo esto?

Me lo he preguntado millones de veces, billones…infinitas veces. La respuesta sigue siendo la misma. Ahí afuera siempre hay alguien que puede necesitarlo y en vista de que siempre fue tan sencillo hacer daño, ¿cómo reparas ese daño?

¿Ayudando a otros por el resto de tu vida? ¿Evitando esquemas de maldad organizada más grandes y complejos que tú y tu miserable doble vida?

“Mientras haya algo que puedas hacer y no lo hagas, ¿crees que eso te hace más digno?”

Su voz resuena en mi cabeza como un eco lejano que me gustaría alcanzar. Clara, nítida y con todas las tonalidades respectivas. Como en esos momentos en los que bastaba tan solo con intercambiar miradas para que conocieras los verdaderos colores de mi alma. Para que juntases todos mis pedazos y me convencieras de que ahí afuera había algo mejor esperándome.

¿Por qué, Delia?

-¡Auxilio! ¡Ayuda! – La desesperación del barbudo comienza a fastidiarme.

Tuve que perderte para comprender la magnitud de lo que se imponía ante mí. Yo no pude verlo antes, era tan solo un adolescente irresponsable que hacía cosas por llevar la contra a los demás. Era tan solo un niño asustado, que necesitaba una vía de escape para todo ese miedo, para todo ese pánico, para todo ese dolor.

Si tan solo en ese tiempo hubiera conocido la literatura, quizás todo sería distinto ahora.

“¿Eres tú un luchador o eres de esos que se acobardan cuando las cosas se ponen difíciles?”

Bueno, soy un tipo que está colgando a casi treinta metros de una viga que puede romperse en este preciso instante, así que optaré por la primera.

Soy un luchador. Al menos eso creo.

Por esta noche me vendría bien serlo. Aunque muchas otras no sepa ni tenga una aproximación a qué demonios soy, somos o cualquier conjugación posible del verbo ser.

“No porque quieras parecer misterioso y complicado significa que lo seas, niño”

Siempre supiste exactamente que decir y siempre lo decías en el momento indicado. Por eso es que extraño esas noches en las que una taza de cocoa y un pan con mermelada eran una inyección de moral suficiente que me permitía encarar los retos nocturnos con un poco más de optimismo.

-¡Alguien ayúdeme, por favor! ¡Nos estamos cayendo!

-Por favor, deja de gritar. Estoy intentando pensar.

-¡PENSAR UN CARAJO! ¡TÚ QUERRÁS MORIRTE, PERO YO NO!

“¿Alguna vez has pensado en acabar con tu vida?

Puedo decirte con total y absoluta sinceridad, que no. Nunca lo he considerado.

Y aun así, aquí estoy. Pero ya hablando en serio… ¿me las he visto peores, no?

¡Oh, sí! ¿Recuerdas aquella vez…?

Decido que ya estuvo de pensar y pasemos mejor a ayudar al barbudo.

-Bueno, se acabó el show. Ahora nos vamos – trato de ser bromista y solo recibo una expresión aterrada.


Yo no soy fuerte, pero soy un luchador. Este camino prestado lo vengo recorriendo hace más de 10 años y si algo me ha enseñado es a aprovechar tus cualidades.

Bueno, ciertas habilidades. Porque si hablamos del canto, la poesía o la literatura, ya hubiera muerto hace mucho.

-¡Sujétate de mis piernas!

Me balanceo lo más fuerte que puedo, mis brazos están a punto de fallarme. ¡Maldita sea la flojera por no dejarme ir nunca a un gimnasio!

Yo no soy fuerte, pero soy un luchador.

Aun cuando me puedes golpear con todo lo que tengas, siempre me voy a levantar.

Me las he visto en peores situaciones. Incendios, decepciones, rechazos, friendzone, todos combinados o en combinaciones de dolor radicalmente nuevas.

Siento mi columna doblarse, mis codos hacen un intento sobrehumano para no romperse. Creo que todas mis articulaciones acaban de crujir en una ópera estremecedora.

Varias imágenes en mi cabeza como destellos. Mi amigo tendido durmiendo en una camilla, Beatriz hablándome sobre como nunca más quiere volver a atenderme pasadas las 12 de la medianoche y en un estado más que deplorable. Yo, en casa, soltando un grito desgarrador desde el fondo de mi ser. Aquel mensaje copiado, aquel sentimiento muerto, aquel amigo perdido.

“No te alejes, por favor”

Maldición, esa no eres tú, Delia.

Solo un poco más…brazos, no me fallen ahora. Un último esfuerzo, un balanceo y luego, otro más.

Un golpe sordo, el impacto de un cuerpo contra el piso. El barbudo se pone de pie, rápidamente, atontado, asustado, me mira directamente. Lo veo a través de la máscara.

No va a ayudarme. Debí haberlo sabido.

Se aleja corriendo como si hubiera visto un fantasma y me encuentro ahí, colgando. Con los sentimientos desbordando mi pecho queriendo aventarse en una caída mortal.

Bueno, ya que…tampoco es que vaya a vivir tanto. 

Me dejo caer, y el vértigo me recuerda lo que sentí aquel día mientras contabilizaba los 20 minutos que faltaban para ver una película de la que ni siquiera recuerdo el nombre. 

Esto es lo que soy, el hombre que cae, el hombre que se avienta al vacío solo por ser un poco más digno, por ser un poco más merecedor de algo mejor. 

Yo soy Sombra.

jueves, 12 de marzo de 2015

Mundos Paralelos

11 de marzo del 2015

Hoy fue uno de esos días.

Y al mismo tiempo, no lo fue.

En un mundo paralelo, entro a mi cuarto sintiendo la ira correr por mis venas, quemándome el corazón y achicharrándome las buenas intenciones, rebusco entre algunas cosas violentamente y la encuentro…ahí, donde siempre ha esperado mi regreso. Los ojos vacíos y carentes de expresión alguna me miran con frialdad, retándome con una súplica silenciosa.

“Hazlo…solo una vez más”

La tomo entre mis manos, la contemplo por unos segundos y me decido a fundirme de nuevo con aquel que me mira desde un rincón de la oscuridad de mi alma. Aguardando, paciente, a que el transcurrir del día a día me derrote, me patee en el suelo y se burle de mí.

Él lo sabe porque me conoce, hemos hecho esta danza por tanto tiempo que conoce mis debilidades, mis flaquezas y sabe en qué momento, mi única alternativa será recurrir a él. Ese momento en el que mis tribulaciones serán más fuertes que mi voluntad de mantenerme alejado de un camino que no es el mío, pero que me resulta un préstamo peligroso.

Sombra.

Salgo de mi habitación, cuidando de no hacer mucho ruido, no vaya a ser que mis miedos se vayan a despertar. Me escabullo entre la ventana y salgo a buscar una razón para seguir moviéndome, tratando de recordar que es hacia adelante que debo ir. Buscando la buena acción que ponga mis números un poco menos en contra mía de lo que ya están, de lo que siempre estarán.

Y por dentro me pregunto qué pensarías de mí si vieras en lo que se ha convertido mi vida ahora, Delia. Porque nunca puedo evitar reflexionar acerca de cuan diferente sería todo si tú estuvieras aquí, tal vez sabrías que decirme o quizás solo me lanzarías una de esas miradas que removían hasta el más fuerte de los cimientos sobre los que se asienta mi vida.

Pero tú no estás aquí y me encuentro solo.

Sin embargo, ese es un mundo paralelo y aquel no soy yo.

Hoy llegué con esas ganas de mandar todo al diablo. Con esa energía negativa que te consume como un fósforo prisionero que ve acabar su existencia consumida por el fuego ante sus propios ojos. Con esa rabia e impotencia de no poder cambiar tus circunstancias, porque una fuerza superior a ti parece repartirte las peores cartas a cada turno y te encuentras frente a un juego que, de antemano, sabes que no podrás ganar.

Hoy fue uno de esos días en los que todo lo que puede salir mal, sale mal; uno de esos días en los que el destino se burla de ti, mientras te pregunta “¿Creíste que ya era suficiente? Pues no”

Pero un solo hecho puede cambiar el rumbo de las cosas.

Una palabra dicha en el momento preciso. Una conversación iniciada en el instante justo. Puede hacerte dar cuenta.

Puede salvarte la vida.

Porque la energía cambia, evoluciona y fluctúa. Y dentro de ese proceso, siempre habrá un catalizador que agilizará o que hará más llevadera la situación.

Pues bueno…te extraño, catalizador. Y por eso es que tomo lapicero y papel, te escribo una nota mental, la envío a la dirección que no conozco…que te agradezco, que lo aprecio, que te admiro.

No me preguntes porque lo escribo, solo sé que vale la pena hacerlo.

Porque en noches como esta, me salvaste la vida. Sin magia, sin prisa. Solo con la verdad, solo con un toque justo de serenidad.

Tú no lo sabes, yo no lo entiendo.

Esta noche dormiré tranquilo y se dibujará una sonrisa en mi rostro. Mañana será otro día, uno en el que la lucha continúe. Sea como sea, que sepas que no me siento solo y tú tampoco lo estás.


Y así está bien. 

sábado, 7 de marzo de 2015

Una semana hacia atrás a partir de hoy

Es curioso cómo cambian los momentos en un lapso determinado de tiempo.

Una semana hacia atrás a partir de hoy, experimentaba una de las resurrecciones más sorprendentes desde la que tuvo Jesucristo hace más de 2000 años. Bastante surrealista y descaradamente inexplicable (porque me guardé las razones de mi mejoría para mí solo). Mi mágico “regreso a la vida” dejó anonadados a todos los asistentes a una reunión que nunca hubiera sucedido sino por las ganas desaforadas de un grupo de chicos jóvenes e inquietos que solo buscaban divertirse…y claro, “cag**** un rato” porque de eso se trata esta etapa, ¿no?

De divertirse y no tomarse las cosas tan en serio…ya sabes, cero compromisos, cero daños, cero gente lastimada. Y funciona, es un buen estilo de vida. Es despreocupado, te ahorra dolores innecesarios y te permite disfrutar momentos sin ningún tipo de ataduras, bebiendo y coreando letras de canciones que ni tú entiendes, mientras tu mano gira a una chica y la otra sostiene un vaso lleno de ideas que ni sabías que eran tuyas. Y sientes que nada puede salir mal porque tú tienes el control.

Claro…solo que no lo tienes en realidad y estás a un paso de que algo mucho más grande y mucho más familiarmente misterioso te consuma.

Yo no lo supe una semana hacia atrás a partir de hoy, no fue en ese momento. Tampoco lo supe mientras ella colocaba cuidadosamente una bolsa de hielo sobre mi cabeza, tratando de bajar una fiebre de la que nunca recordaré la verdadera causa. Mucho menos lo supe cuando mi cuerpo, cual campo de batalla, libraba una guerra en dos frentes distintos, estando destinado a perder en ambos. Mis glóbulos blancos se inmolaban en la lucha contra una infección cualquiera que eligió el peor momento para llegar, porque te podría narrar la cadena de acontecimientos que me llevaron hasta esa situación, pero me la ahorraré, y todo mientras mi corazón se sacrificaba hidalgamente ante un sentimiento que, quizás, hubiera sido mejor olvidar.

Yo no lo supe ni en ese momento, ni en ninguno de los que siguieron en el transcurso de esta semana. Si tengo que ser completamente honesto (y créanme, lo seré), hasta ahora no estoy seguro de saberlo…digo, se siente como si lo supiera; se ve como si lo supiera e, incluso, duele como si lo supiera, pero falta algo, aunque ¡qué puedo saber yo! Quizás solo sea lo mucho que voy a extrañar su cuerpo junto al mío robándome un poco de la respiración mientras cuido un sueño que no trata sobre mí y en el que ni siquiera soy extra, en un día en el que no me añoran a mí, en un momento en el que estoy pero no me sientes ahí, mientras te hago dormir. Pídeme un par de horas prestadas y luego déjame observarte solo un momento más…porque si hubiera sabido ahí lo que sé aquí y ahora, habría preferido quedarme viviendo en mi insomnio, luchando contra mi sueño por defender el tuyo…pero, eso no importa ahora, ¿verdad? No es de fuertes y solo evidencia mi debilidad…quizás solo debí haber cerrado los ojos y volteado mi cuerpo hacia la pared. En ese momento se hubiera sentido menos fría.

Una semana hacia atrás a partir de hoy, me rendí a una lucha interior que venía peleando con valentía en mi propia contra. Sabiendo de primera mano cómo terminaría, conociendo el número exacto de bajas y el saldo final de heridos. Nada de eso importó en el instante en el que una puerta se abrió y dentro de mi convalecencia, te vi. No sé si era un halo de luz divina o algún irresponsable que dejó la luz prendida, pero me apagaste todos los circuitos que estaban alerta…y en mi cabeza, alguien gritó.

“¡Te vas a ir al carajo!”

Pero yo ya estaba en el asiento de adelante y sin el cinturón puesto.

Y me moviste algo adentro, me removiste unos escombros que me había dado tanta flojera quitar de encima de mi corazón y lo obligaste a latir y a sentir un poco, pero cuidando de no dar mucho…no vaya a ser que el cazador termine cazado. Me miraste, y en tu mirada había ternura y un corazón camuflado que no sabía si asomarse o huir. Se me tumbaron todas las barreras, recordé uno de los primeros días en los que te conocí y me pregunté “¿Cómo?” pero ya no importaba, porque cada vez que tienes las respuestas, te cambian todas las preguntas.

¡Qué curioso! Pensé que ciertas cosas no cambiaban tan deprisa, pero estaba equivocado.

Dentro de la espiral de recuerdos difusos que guardo de esta semana, identifico la confusión, el temor, las dudas y, sobretodo, el dolor. Ese ya lo conocía, es un viejo amigo que siempre regresa a recordarme que se puede ser un poquito más miserable si es que decides sentir nuevamente… ¡tonto, yo! Ya debería saber lo que pasa cuando juegas con FUEEEEEGO.

Sin embargo, de algo me ha servido esta última semana y ha sido para llevar mi autoconocimiento a un nuevo nivel. Un nivel en el que ni el más profundo y noble de los sentimientos puede plantarse y hacer una diferencia frente a la más equivocada de las ideas…que pasa por verídica. No intentes venderme una seguridad que no existe, no trates de engañarme con ideales nobles y sueños y retos futuros que necesitas encarar, ni tampoco hacer pasar tus propias carencias por catalizadores de soledad. No lo intentes, porque todo eso yo ya lo he hecho y no me ha funcionado. Sino no estaría aquí escribiendo unas líneas que me juré a mí mismo no escribir y que, si mal no recuerdo, te dije que no escribiría. Porque tú y yo y el cobrador de aquel vehículo que perseguí por ti cargamos con una mochila emocional y no, contrario a lo que crees o te estás forzando a creer, no tienes que cargarla sola. No tienes que perder tu centro por ser apasionada, no tienes que descuidar las cosas que realmente son importantes para ti, ni mucho menos tienes que cuidarte la espalda, no vaya a ser que el enamoramiento te tome desprevenida. No tienes que hacer nada de esto, pero ya lo hiciste. Y en tu propio campo de batalla, también me inmolé.

Me inmolé y comprobé algo que yo ya sabía. Que los chicos “lindos, tiernos y amorosos” somos como el Paracetamol. Genéricos, baratos y fáciles de conseguir. ¡Oh, mira! Ahí va uno…y ahí tienes otro. Y mira…ese va a subir a aquel carro, justo adelante y sin ponerse el cinturón. Porque lo único a prueba de balas en nosotros, es la soledad y nadie, repito, N-A-D-I-E puede enamorarse del chico LTA (Lindo, tierno y amoroso). No lo digo yo, lo dice Darwin y su pinche “Selección Natural”. Porque apuesto a que ellas están buscando alguien fuerte, alguien que despierte pasiones naturalmente, alguien que pueda camuflar sus sentimientos de culpa, alguien que resista el dolor sin inmutarse, alguien que les mueva el piso y no para trapeárselo un poco después del desastre de una noche con unas copas de más en un intento de luna de miel en la que si me acerco 2 centímetros más a tu boca, seré hombre muerto. Yo ya no sé qué busquen y ¿la verdad? Me importa un comino, porque sé que no me buscan a mí, ni a ti, compatriota LTA. Así que no te molestes en correr detrás de un vehículo de transporte público mientras cojeas y tienes un tendón estirado…porque eso no le tocará nada dentro, y no porque seas un ideal sacado de una comedia romántica, sino porque en la vida real, esos ideales son meras ilusiones que revientan como globos con demasiado aire. Tu aire, ese mismo aire que respiraba mientras me aferraba a mis últimos vestigios de cordura y lucha desenfrenada para no estampar mis labios contra los tuyos. Una lucha que quedó minimizada en cuanto entré al mismo saco de pretendientes que los demás.

Ya no escribo para justificarme ante ti, ni ante nadie y es por eso que llevo casi 2000 palabras escritas. Porque en el momento que dejé de escribir “para ti”, dejé de escuchar tu voz en mi cabeza preguntando “¿Vas a escribir sobre mí en tu blog?”. Ya no escribo para callar las bocas de aquellos que dicen “la vida sigue, no te hagas paltas”. Tampoco escribo para cambiar alguna circunstancia, porque hace mucho tiempo que descubrí que la escritura tiene el poder de tocarte las fibras del sentimiento…pero a veces ni siquiera eso es suficiente. Porque una semana hacia atrás a partir de hoy, hubo de todo y aun así, todo no fue suficiente. Porque toda tu lucha, todas tus ganas, todas tus apuestas arriesgadas se pueden ir al carajo frente al “sabio” consejo de un taxista (¡Te maldigo, Arjona!) que a lo mejor carga dos divorcios a cuestas y varias demandas por alimentos, pero que se dedicó a filosofar en lugar de manejar responsablemente. Y no me digas que una persona que escucha la sabiduría de un taxista, la interioriza y la hace suya, está totalmente segura de sí misma, de lo que quiere y de lo que no.

Pero no te preocupes, fue el sol con cincuenta centavos mejor invertido de toda mi corta vida. Por una consulta psicológica hubiera tenido que pagar más de treinta soles distribuidos en varias sesiones inútiles de contar problemas que a nadie le interesan, tan solo para que me diagnostiquen como un tipo LTA. Pues bueno, me ahorre dinero y tiempo que nadie quería perder al poder identificarme en menos de cuarenta minutos. 

Soy un Paracetamol.


No he venido aquí a cambiar las ideas de nadie. Una semana hacia atrás a partir de hoy hubiera pensado que era posible, que tan solo una minúscula oportunidad podía ser suficiente. Digo…a veces en la primaria, de una triste y solitaria semillita obtenemos una rama imponente de frijoles, ¿cierto?

O quizás ya era un mal augurio que mi pinche semilla siempre terminase ahogada en un algodón aprisionador que lo envolvía en su abrazo, que le compartía un afecto mesurado y que al final, la obligaba a renunciar a todo lo que pudo ser y todo lo que pudo dar.

¿Lo entiendes ahora? Yo, semilla. Tú, algodón.

Y yo siempre voy a ser la semilla, es lo que soy. Es lo que yo he escogido. Ya no me arrepiento que estas hayan sido las cartas que me tocaron, ya no necesito pasar por una transición de chico rudo con complejo de casanova porque no se puede ser más patético ni más desesperado. Y tranquila, no es tu culpa. Si tengo que culpar a alguien, culpo a Ryan Gosling en “The Notebook” y al desgraciado momento en el que decidí contradecir a mi biología masculina y adoptarlo como un modelo a seguir. Porque sea que construyas una casa, o que escribas 365 cartas una por día, o que cuides el sueño de aquella persona sacrificando el tuyo o que corras detrás de un vehículo de transporte público solo para terminar diagnosticado y rechazado, nada de eso importa, porque solo son momentos y los momentos cambian. ¿Ya lo ves? Yo quise quedarme viviendo en un momento, atrapando una esencia que no era mía sino tuya e inmortalizando cada pequeño instante. Supongo que no fue suficiente, ¿verdad?

¿Te digo algo? Nunca será ideal. Nunca alguien podrá estar completamente seguro de lo que siente. Nunca podrás estar 100% convencido de que no vas a hacerle perder el tiempo a alguien. Este texto podría ser considerado como una pérdida total y absoluta de tiempo y, aun así, no lo es (Puesto que yo no pago las cuentas, pero ese es otro tema). Creo que mientras haya una chance, tan solo una pequeña de que, por esas casualidades de la vida, dos personas se encuentren y compartan algo que no etiquetaremos, debería significar algo. Y cuando me refiero a “algo”, quiero decir, algo que valga la pena porque “así se quiere, así se vive, así si vale la pena existir, porque así, sí te puedes ir al carajo, Zeus y meterte ese rayo por donde más te convenga”. Porque no son los que ganan, sino los que arriesgan. Porque en una guerra se recuerda más al que cayó, dándolo todo por un ideal que al que sobrevivió…a no ser que seas Harry Potter, pero ese es otro tema también.

Y entonces, ¿en qué quedamos? En nada, no te preocupes. Yo haré gala de los 21 años de edad que adornan mi vida mientras me comporto de la manera más madura y a la altura posible pensando en que sí, que una mujer como tú merece ser la primera oportunidad de alguien. Alguien que quizás sabrá valorar mejor esa oportunidad, y que a lo mejor estará esperándola. Alguien que despertará en ti todas aquellas cosas que yo no pude, alguien cuya lindura no será tan inocente, cuya ternura no será tan empalagosa y cuyo amor será quizás más apasionado. Dicen que en la vida hay mejores que tú, así como tú eres siempre mejor que alguien. No estoy seguro de cuan cierto sea esto, la verdad ya me da igual ser mejor que alguien. Lo único que me alegra un poco el corazón es haber despertado al menos un pequeño “feeling” en ti, que hayas podido confiar en mí y que hayas podido sentirte segura de que si debes compartir una sábana con alguien, deba ser conmigo.

Una semana hacia atrás a partir de hoy, pasaría una de las noches más lindas, tiernas y amorosas en mucho tiempo. Yo no lo supe en ese momento, ¿cómo podría saberlo? Sumido en la más dulce ignorancia, simplemente pude pasar mi mano por tu cintura y luchar contra mi cansancio mientras respiraba tu aire e iba derribando una a una las barreras que me había autoimpuesto para evitar que este tipo de cosas me sucedan de nuevo. Pero me equivoqué, no debí haber derribado mis barreras y tal vez, sí haberme dedicado un poco más a derribar las tuyas. Ya no importa ahora, tú debes estar regresando de un viaje imaginario y yo estoy aquí haciéndome la misma pregunta que tú me hiciste en aquel momento “¿Por qué no eres un chico normal?”.

Y bueno, ya quedó demostrado que no lo soy. Porque una semana hacia atrás a partir de hoy, no me cansaba de sentir esa extraña química mientras bailábamos o mientras rodeabas tus brazos alrededor de mi cintura o mientras arrancabas la carne de mis brazos. Y hoy, tan solo hoy, cuando duerma o intente dormir y fracase, pensaré que en una noche como esta, pude tener tantas cosas, pero que al final, me resigné a dejarlas ir.



Y en el firmamento, un taxista sonreirá. 

martes, 17 de febrero de 2015

67 días

*Del diario personal de Alex Balbuena

Hoy fue uno de esos días.

Aquellos en los que cuestiono hasta la médula de mi existencia, las raíces mismas de todo lo que me define y luego me pregunto cómo es que las cosas pueden parecer tan sencillas cuando en realidad nunca lo son. 


Sigo llevando las cuentas, y mientras mis números siguen estando a mi favor, aun no siento que esté ganando algo. 

Hoy se cumplieron 67 días. 67 días de constante tribulación y lucha contra mí mismo. 67 días de no escapar de la realidad o de entrar en ella. 67 días en los que una máscara no ha definido lo que soy capaz de hacer. 67 mañanas con sus noches en las que me he demostrado a diario que mi vida no se reduce a ser un títere del destino dentro de la tragicomedia que me ha tocado interpretar. 

¿Por qué no se siente como lo correcto entonces?

No me malinterpreten, es definitivamente genial y asombroso vivir la vida de un tipo común y corriente de mi edad, divertirse, tener amigos, salir (mucho...demasiado, en realidad), conocer gente, experimentar sensaciones que solo dejaba a las películas en las que los chicos "populares" podían conseguir lo que querían. Por supuesto, es fantástico sentirse como esos personajes. 

Sin embargo, esa no es mi vida, ni ese soy yo en realidad. 

Hoy se cumplieron 67 días en los que alguien pudo haber necesitado de mí. 67 días en los que todas las barreras que le autoimpuse al pasado han luchado por tumbar mi fuerza de voluntad. 67 días en los que él me ha estado viendo desde un rincón de mi habitación, a través de esos ojos vacíos que solo mi mirada llenaba, preguntándome sin decir nada, cuestionándome. 

¿No somos acaso mejores que esto?

Era tiempo de ser mejor de lo que alguna vez fui, sin embargo, no soporté la presión de la muerte, la decepción y la derrota. Viví mis peores pesadillas una vez más y solo huí, porque eso es lo único que podía hacer bien en aquel momento. Y 67 días después, todavía he podido hacerlo. 

Porque es demasiado sencillo poner una máscara sobre tu rostro, esconder tus tribulaciones, tus miedos, la angustia que te carcome por saber si volverás a casa, tus sueños, tus sentimientos, renunciar a todo lo que te hace tú, para convertirte en todo lo que representa la sombra de lo que eres. 

Y aun así, lo importante es saber aceptarlo. 

Tuve mi bocado de lo que se siente ser normal, solo de lo que se siente porque quizás nunca termine de comprender la normalidad de por sí. 

Porque pongo una máscara sobre mi rostro y me sumerjo en un mundo que no es el mío, mas tan solo prestado. En una vida que no me corresponde, pero que he sabido aceptar como la que, quizás, merezco. Y está bien, y se siente como lo correcto. 

Aunque hayan 67 razones por las que no lo es, lo único que importa ahora es que la noche recién comienza. Y es que cuando pasas mucho tiempo en la oscuridad, tus ojos pierden la capacidad de reconocer la luz. Lo entiendo ahora, quizás el infierno no sea fuego y salitre, ni siquiera demonios. 

Sin ángeles, sin demonios. 

Solo Sombra. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Una historia de Navidad, sombría...pero de Navidad.

Definitivamente esta no es mi época favorita del año.

Días en los que todo parece estar cargado de una infundada alegría, de una radiante esperanza que no encuentra su razón de ser, justificada por esas promesas que son hechas estando demasiado alegres.

El momento en el que los deseos del año que se va, se convierten en las excusas del año que viene, ¿cierto?

-¡Vamos! No sea tan aguafiestas, todo el mundo adora la Navidad – me dice él, mientras me alcanza la taza de la que estamos bebiendo ambos.

-Por supuesto, dentro de todo el consumismo y el egocentrismo, ¿por qué no habría de amar la Navidad? – contesto con mi habitual tono apático y navideño.

La escena en la que estamos es completamente surrealista, como sacada de una comedia de guión pésimo. Él, sentado a mi costado, mientras que yo con el mentón apoyado sobre una mano contemplo la vista panorámica de ciudad y cerros que se impone debajo de nosotros.

Y estamos discutiendo mi espíritu navideño. ¿Puede ser esto más irónico?

Pues sí, sí puede serlo y no me siento con ganas de tentar mi suerte hoy.

-Trate de pensar en el mejor recuerdo navideño que haya vivido, eso siempre me ayuda cuando por alguna razón pierdo el espíritu – sus palabras están cargadas de una emoción que intento repeler.

-Viejo…no voy a hacer esto, es ridículo. ¿Nos has visto? Estamos sentados al filo de un techo de la casa de sabe Dios quién, mientras tomamos chocolate caliente y yo me acabo de quitar la máscara hace un momento, lo cual probablemente te ha sentenciado por los próximos 5 años de tu vida. ¿No se te hace surrealista?

-¡Ese es el problema! Quiere que todo sea completamente real y lógico, ¿Por qué no se deja guiar por sus sentimientos por una vez en su vida?

La pregunta se me hace bastante injusta, pero no puedo reclamarle nada a él puesto que no sabe lo que he tenido que pasar hasta aquí y como mi mente me ha jugado una serie de malas pasadas.

Todo por dejarme “guiar” por los sentimientos.

Pero está bien, ¿sabes? Me siento tranquilo, a pesar de que nada marcha como debería…o como me gustaría. Porque definitivamente sería bueno que por una vez, las cosas marchen como yo espero.

Recuerdo que cuando era un niño, solía pensar que en Navidad todos mis deseos se harían realidad. Durante un tiempo mis deseos consistieron básicamente en juguetes y regalos, por lo que no me llevé ninguna decepción.

Sin embargo, a medida que fui creciendo, al espíritu de la Navidad se le hizo un poco más difícil escuchar mis deseos, supongo.

-Contrario a la creencia popular, de hecho, sí soy una persona que se deja guiar mucho por sus sentimientos – una serie de rápidos destellos de recuerdos cruzan por mi mente – Demasiado, diría yo.

-¡Ya veo cuál es el problema aquí, entonces! Es una chica, ¿verdad? Una chica le rompió el corazón en Navidad y por eso ahora relaciona está época con pensamientos negativos.

Su apresurada conclusión me arranca una carcajada.

-¿Por qué se ríe? De seguro es verdad – me dice, mientras esboza una sonrisa.

-Chico, no se necesitó que fuera Navidad para que una chica me rompiera el corazón…pero sí, hubo alguna que lo hizo por estas fechas. De todas maneras, no creo que el problema vaya por ahí.

-Apuesto a que sí, ¿sabes? No quise decirlo antes, pero parece una persona que ha estado sola por mucho tiempo – Esta última frase sale de sus labios con cierta cautela.

¿Tiene que ver el desamor con el hecho de que Navidad no sea mi época favorita del año? A lo mejor. Si tuviera que remontarme a aquellos días, aún recuerdo la primera Navidad que pasé “solo” luego del incendio.

Toda mi familia había venido a pasarla con mis padres y yo, sin embargo no podía quitarme de la cabeza el hecho de que no podría saludar a mi “otra” familia y aquello me hacía un nudo en la garganta.

Las lágrimas eran otro tema, pero podía evitarlas.

-He estado solo por mucho tiempo, así que no te equivocas con eso.

-¿Lo has querido así? – empieza a tutearme, delicadamente.

-No, pero si tan solo miras a mis circunstancias…no hay mucha gente dispuesta a quedarse al lado de una persona como yo.

-Yo sí lo estaría, señor Sombra – una sonrisa franca vuelve a cruzar su rostro.

¿Cómo es que estoy aquí sentado, terminándome un termo lleno de chocolate con un chico de no más de 12 años que acabo de ayudar hace tan solo un momento?

-¿Sabes que si no te hubiera ayudado con esos tipos hace un rato, no estarías haciéndome tantas preguntas? – Bromeó

-Es que no todas las noches uno se encuentra con alguien como tú – me dice, y en su voz detecto una nota de asombro mezclado con respeto.

O quizás sea miedo, a veces infundo miedo en los que solo conocen la máscara.

Decido que no me importa.

El chico toma mi máscara entre sus manos y la contempla con cierta devoción. Un escalofrío recorre mi columna al recordar que yo tenía la misma edad que él cuando la tomé en mis manos por primera vez. Otro destello de recuerdos, más recientes, atraviesa mis pensamientos

Han pasado tantas cosas a este punto, lo cual no es nuevo, aún sigo remando este barco y muchos decidieron bajarse, algunos dolieron más que otros. Las promesas de un futuro mejor, las negaciones de lo que pudo ser y fue, pero no para mí y es que las personas te decepcionan, te lastiman, y duele más cuando la propia persona por la que recibiste la bala era quien estaba detrás del gatillo, pero no importa. Quizás no sea tan tarde después de todo.

-¡Quién lo diría! – exclamo, pensando en todas estas cosas.

-¿El qué? – me pregunta el chico, asombrado.

-Que mi único deseo por Navidad se cumpliría

-¿Y cuál era?

-No sentirme tan solo.

Supongo que hasta un para un hombre como yo, pueden haber milagros de vez en cuando. Pues no está tan mal, después de todo.


Quizás esta Navidad no sea tan mala…tal vez. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El Final, Epílogo

Primero de noviembre del 2014

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vine aquí, ¿no?

Y sí, ya sé lo que me dirías. “Sí sigues siendo así de ingrato, no vas a tener a nadie en tu funeral”. Bueno, de cualquier modo tampoco creo que sea el más asistido o, siquiera acaso, el más recordado.

Pero hoy no estoy aquí para hablar sobre mí o sobre el fatalismo en el que parece estar sumida mi vida. La razón por la que estoy aquí, es porque hoy estaríamos de fiesta, ¿verdad? Hoy celebraríamos tu cumpleaños número cuarenta.

Claro, sí es que no hubieras muerto hace ya casi seis años, Delia.

Siempre pienso en ti, ¿lo sabes, verdad? Eres como una especie de conciencia escondida dentro de mi mente que siempre está susurrándome lo que debería hacer en los momentos en los que uso esta máscara.

Han pasado cosas muy locas últimamente, pero no podía dejar de venir aquí a dejarte unas cuántas flores, robadas del nicho de al lado. Sabes que no soy de esas personas que tiene mucha gente con la que se puede desahogar, especialmente de temas como este. Por eso siempre trataba de venir con regular frecuencia, pero entre una y otra cosa, lamento no haber podido estar aquí hace un buen tiempo ya.

Lo primero es lo primero. Te fallé de nuevo y lo siento mucho.

Jorge está muerto.

Aquella noche se hicieron realidad todas mis pesadillas, en todos los niveles. Creo que no había vuelto a experimentar tanto dolor emocional o físico desde la noche del incendio. Tengo recuerdos difusos, como flashbacks que me regresan a ese momento. Aún recuerdo la bala atravesando su cabeza de lado a lado y luego, la total y completa oscuridad.

No me preguntes como es que estoy vivo, ni yo lo sé. Solo recuerdo que cuando desperté, lo primero que hice fue pensar que estaba en el cielo, luego vino el shock y después tuve que irme a casa, golpeado, cojo y con una costilla luxada, pero tenía que regresar. “Tu casa siempre será tu lugar”, me dijiste una vez y, como en muchas cosas, tenías razón.

Sé que nada de esto te importaría más que el haberte decepcionado aún en el más allá, ¿verdad? Te prometí que él estaría bien, te juré que haría hasta lo imposible para que las cosas fueran como alguna vez lo fueron en un tiempo mejor. En cambio nos sumergimos en una espiral descendente que no hizo más que consumir los mejores años de nuestra vida.

Y, por supuesto, de paso se llevó la tuya.

Te preguntarás por qué estoy aquí si es solo para contarte que fallé. Lo cierto es que me encuentro bastante desorientado en estos días. Todo se terminó y no me refiero solo a tu hijo y su desquiciado juego macabro con mi vida. Hablo de todo lo que involucraba esta etapa. La “tranquilidad” de lo incógnito, las treguas entre lados, las alianzas. Sabes que nunca fui de involucrarme demasiado en todo este asunto, pero ahora no tengo otra opción.

Después de todo, fui yo quien desencadenó este apocalipsis.

En una vida en la que podrías usar a todos los aliados posibles, te contaré que tampoco seguí tu consejo. He encontrado la forma de alejarme de cada uno de ellos. Debo ser el hombre más solitariamente estúpido de esta ciudad.

“¿Por qué siempre insistes en alejarte de la gente a la que le importas?”

En mi cabeza, tu voz suena de una forma tan jodidamente real que es como si estuvieras ahí parada conmigo. Creo que de cierta forma, se trata de mí haciéndome responsable por la gente con la que me involucro, a veces no se me ocurre mejor manera de “protegerlos” que alejándolos.

Estúpido, ¿no?

Y sino los alejo simplemente para protegerlos, pues sale el otro lado que aún con la máscara puesta, no puedo evitar.

Siempre acabo desarrollando sentimientos que, de alguna manera, nublan mi razonamiento. Lo cual me hace recordar aquella vez que estábamos sentados en la mesa de tu comedor y me preguntaste si había besado a alguien alguna vez.

“-¿Tengo cara de que alguien me haya besado alguna vez?
-Tienes cara de que necesitas un beso en este momento, niño.”

¿Fue en ese momento que me enamoré de ti? ¿O quizás fue cuando presionaste tus dulces labios rosados contra los míos? ¡Qué podría saber yo! Apenas tenía 14 años y nunca había tenido siquiera una novia, y eso que ya nos encontrábamos frente a una generación que despertaba tempranamente a todas esas cosas.

“Esto te ha quitado los mejores años de tu vida, pero al fin y al cabo, sigue siendo TU vida”

Siempre supiste exactamente que decirme, por eso me duele tanto haberte fallado. Solo frente a tu lápida puedo reconocer que nunca vi el amor o los sentimientos de la misma forma después de ese desgraciado incendio. Tampoco es que la perspectiva de involucrarme con la madre de mi mejor amigo me hubiera atraído demasiado, pero algo cambió en mí desde ese día.

Un mecanismo autodefensivo que me hacía alejarme de las personas por las que desarrollo sentimientos, solo para no verlas salir lastimadas por mi culpa.

Ya sé lo que me dirías, Delia. Me dirías que la llamé y que le agradezca por haber salvado mi vida. Que le pida disculpas por haber sido un tonto egoísta que solo pensó en su propio bienestar cuando, quizás, se encontraba frente a alguien que lo que más necesitaba en ese momento era un amigo.

¿Y por qué vengo a hablarte de estas cosas el día de tu cumpleaños? Vine a hablarte sobre Jorge, tu hijo. Vine a pedirte perdón por no haber cumplido mi palabra. Pero supongo que cuando habló de la gente a la que le he fallado, no puedo evitar seguir sumando nombres a la lista, ¿cierto?

“Siempre has sido demasiado terco como para reconocer que no es que la gente tenga miedo de ti, sino que temen POR ti”

Tenías razón, como en todo lo que me dijiste. ¿Te cuento algo? Esta semana ha sido difícil. Entre vagar por los techos que no son míos y recordar aquellos días en los que sentía que había encontrado una esperanza, la nostalgia amenazaba con carcomerme desde adentro. He hecho lo posible por evitarlo, pero siempre es difícil.

Más cuando veo al perro, pero eso es otro tema.

Salté por una ventana. ¿Cuántos tontos conociste en tu vida que salten por una ventana solo porque alguien les recordó la vida que quieren tener? Te reirías de mí si estuvieras aquí. “¡Es que eres un romántico, hijo!”, me dirías.

Soy un hombre con máscara que visita a una mujer muerta en un cementerio que ya está cerrado. Claro, la definición por excelencia de un romántico, ¿verdad?

Hay tantas cosas que quisiera contarte y tú solo me dirías una cosa a todas ellas.

“Si te importa tanto esta chica, ¡llámala! Ninguna historia se escribe con supuestos”

Siempre hablándome con sabiduría, aún desde el más allá. Esa eres tú.

Los dedos me tiemblan mientras busco el número en mi teléfono. “Fue buena idea traerlo conmigo”, me digo a mí mismo. Me detengo frente a su número e intento respirar. Estoy agitado, como si hubiera terminado de correr una maratón, llegando en último lugar.

Pienso en las cosas que dije, escribí e hice. Quizás estuvieron mal, quizás fui egoísta frente a alguien que me ofreció su ayuda desinteresadamente. ¿Qué debería decir? “Hola, ¿Qué tal? Oye, fui un idiota, lo siento mucho”

-¡¿Por qué siempre tiene que ser tan difícil?! – mi grito retumba entre todas las tumbas y arrojó a un lado la máscara que acabo de quitar de mi cara tan solo un momento atrás.

No importa, puedo hacer esto. Yo salté por una ventana, no hay forma en la que no pueda hacer esto. Voy a marcar el botón. ¡Rayos, Delia! ¿Por qué siempre tienes razón con estas cosas?

Suena el tono de espera.

Vuelve a sonar.

Lo escucho una vez más.

Y, al otro lado de la línea, cortan.

“¡Estúpido! ¿Para eso? ¡JA! ¡Lo sabía!”, la voz de mi yo interior se burla de mí por dentro.

Quizás no tenías tanta razón después de todo, Delia. Quizás algunas cosas son de la forma en la que deben de ser.

“¡Oh, rayos! Tampoco es que vaya a vivir tanto”, mi yo interior se pone de mi lado esta vez.

Busco su nombre entre los contactos nuevamente, ahí está. Presiono el botón de llamada. Suena el tono de espera en un segundo que a mí se me hace una eternidad.

Al otro lado de la línea escucho una voz que se me hace conocida. Tal vez de otra vida.

-Aló – Su voz se oye distante, como la de esas llamadas que ni esperas ni tampoco quieres recibir.

-Hola – Trato de infundirle seguridad a mi voz, que no se noten todas las tribulaciones interiores que tuve que vencer para llamar.

-¿Qué pasó? – La pregunta suena más a “¿Qué quieres?”

“Pasó que tuve un encuentro conmigo mismo en el cementerio desde donde te estoy llamando y me di cuenta que me importas más de lo que mi egoísmo me permite darme cuenta, que sería solo tu amigo por mantener esa esperanza con la que salía a encarar mis noches más peligrosas. Que siento haber tratado de cortar esta amistad que me ha mantenido con vida durante el último mes, que siento haber escrito tantas estupideces inmaduras y casi despechadas como si fuera un adolescente dolido. Que siento no haber estado a la altura de la situación. Que te extraño, que te pienso y que, de alguna manera loca y extraña del Universo, no me preguntes cómo o por qué, siento que te necesito”

-Nada, solo quería hablar contigo – Un ligero temblor estremeció mi garganta - ¿Estás ocupada?

-Sí – Fue una respuesta automática.

-Bueno, entonces ¿te puedo llamar en un momento en el que estés desocupada?

-Sí, yo te aviso

-Está bien, pero… ¿de verdad? – En el último momento la duda me traicionó.

Pero al otro lado de la línea, ya no había nadie.

Ya sé, Delia. Sé lo que debes estar pensando.

“Todo pasa por una razón”

Y quizás está bien así, ¿sabes? Quizás no fue que lo que dije, escribí o hice estuvo mal. Tal vez solo fue de esas veces en las que la vida pone a alguien en tu camino, tal y como hizo contigo, por una razón.

Para infundirte esperanza, para creer en ti. Aún en ese momento en el que todas tus circunstancias son adversas. Tú fuiste esa persona para mí en su momento, me cambiaste la forma de ver las cosas, y a pesar de que mi adolescencia se fue de techo en techo, no me arrepiento de nada.

Y ahora ella fue lo que tuvo que ser en su momento, quizás Dios se acordó de que necesito un ángel de la guarda. O quizás solo fuimos dos extraños que coinciden en determinado momento, por una razón, y luego siguen su camino, guardando recuerdos.

“Uno nunca olvida, simplemente deja de recordar”

Me enseñaste que lo principal no es atormentarte por los recuerdos, sino simplemente saber evitar que te vendan la promesa falsa de un pasado mejor. Ahora lo sé, ahora lo entiendo.

Esto es lo que yo soy, es lo que me toca. Te agradezco a ti, le agradezco a ella. Porque creyeron en mí, porque infundieron en mi corazón una esperanza que me salvó la vida.

Ahora me toca creer a mí.

Me toca ser mi propia esperanza.

Me acerco al sitio donde cayó la máscara que arrojé hace tan solo un momento, la recojo y la contemplo con cierta nostalgia.

¿No ha sido tan malo, verdad?

No, pero puede ser mejor.

Este soy yo, la historia de mi vida. No es ni tan emocionante con la máscara puesta, ni tan aburrida sin ella encima.

Es tiempo de pensar en grande.


Es tiempo de ser Sombra.