martes, 18 de julio de 2017

A la mañana siguiente...

No fue el excruciante dolor en mis piernas el que me despertó. Mucho menos las espasmos esporádicos que sacudían mi cuerpo de rato en rato. No fueron los sueños delirantes en los que llegaba a cumplir con una cita que había prometido tan solo la noche anterior. No fueron sus ojos marrones ni las comisuras de sus labios que me debilitaban sobremanera al imaginarme besándolos.

“Arriba, ¡ya!”

Por supuesto que no fue nada de eso, ¿cómo podría haberlo sido?

“Estás perdiendo el tiempo, ¡levanta!”

Haciendo un esfuerzo, conseguí que mis extremidades respondiesen a las órdenes de mi cerebro. El dolor, maldición, era espeluznante. Y claro, yo no esperaba nada menos después de haber pasado por aquella experiencia tan…traumática.

“¿Dónde se supone que estoy?”, recuerdo haber pensado tras conseguir ponerme en pie.

“¿POR QUÉ ESTÁS AQUÍ TODAVÍA? ¡VETE!”

Por supuesto que aquella voz interior no podía ser de nadie más que tuya, Delia. ¿Qué te trae por aquí, vieja amiga? ¿Habrán sido de nuevo mis ganas de involucrarme en complejos esquemas que nada tenían que ver conmigo?

¿O será simplemente que a mi mente le gusta proyectar su dolor de maneras poco convencionales como, no sé,... reviviendo a los muertos?

A pesar de que el sol brillaba con intensidad, yo podía ver con claridad, en parte gracias a que llevaba la máscara cubriéndome el rostro por completo. No reconocía para nada el sitio en el que me encontraba. Tenía la pinta de ser un sitio bastante solitario puesto que tampoco veía a nadie cerca.

Fue ahí que caí en la cuenta de que, a excepción de unas contadas ocasiones, no había amanecido con la máscara puesta antes y después de todo, mi álter ego era una creación exclusiva de la noche. Durante el día perdía un poco de su encanto natural. Removí la máscara de mi rostro y los rayos del sol me impactaron cual abrazo no deseado.

Recobrado una vez de mi momentánea ceguera, la pregunta permanecía en el aire: ¿Dónde rayos se supone que estaba?

Intenté recordar un poco de los eventos que habían transcurrido la noche anterior. Sí, la rata muerta en la bolsa, un clásico. Infaltable premonición de que algo malo estaba por ocurrir. Los mensajes por Facebook con aquellas dos, la preocupación y el miedo. Recordé claramente el miedo, porque fue la fuerza que un primer momento me impidió levantarme del asiento frente a la computadora. También recordé haberme dado cuenta de que tenía un problema si prefería dejar a dos maravillosas personas preocupándose el mundo por mí mientras yo prefería arriesgar mi pellejo por personas que quizás nunca llegarían a conocerme.

Pero bueno, esa lección me la dejaste tú, ¿verdad, Delia?

Recordé haber llegado a la casucha y haber sido más sigiloso que de costumbre, no sabía a qué o quién me enfrentaba, recordé la emboscada y luego haber despertado atado a la silla. Aquello era nuevo. El tipo de cosas que no sucedían con Jorge.

¿Verdad, Delia?

-Sombra, ¡cuánto gusto! – la voz de aquel hombre sonaba bastante caballerosa y amable, por lo que decidí que podía intentar tener una conversación decente con él

-Ehh… ¿la soga es completamente necesaria?

-Queremos evitar dificultades, como podrás comprender – dijo eso último señalando el cinto que solía llevar amarrado a la cintura y que ahora estaba sobre una vieja mesa, en la que relucían mis 5 navajas Stainless.

Recordé el resto de nuestra conversación, nunca había sido amenazado de muerte con tan buenos modales. ¿Ves, Delia? Y tú decías que todo estaba perdido en este mundillo de mierda.

También recordé las varillas imantadas amarradas a los cables y como las incrustó en mis piernas.

Con mucha amabilidad y respeto, claro.

Recordé la electricidad y como pensé que mi cerebro iba a implosionar dentro de mi cráneo. Me pregunté a mí mismo si me reconocería alguien debajo de la máscara si mi rostro quedaba lo suficientemente desfigurado.

Y sí, ya sé lo que puedes estar pensando, Delia. Ahora viene la parte en la que me libero magistralmente y acabo con todos y salvo la noche. Porque yo soy el “héroe”, ¿verdad? Porque soy el bueno de la historia o algo parecido o porque le prometí a ella que estaría en su debut en la conducción, apoyándola como el amigo que no deseaba pero que sabía que estaba condenado a ser.

Condena impuesta, quiero aclarar, no por ella, sino por mi estilo de vida nocturno y “desenfrenado”.

Pues no, Delia. No hubo movimientos sigilosos ni premeditados ni una demostración de mis fuerzas mucho menos. Lo único que hubo fue mis pensamientos fatalistas debatiendo si me incinerarían o si me enterrarían en un cajón de algún color desagradable.

Y claro, cantidades industriales de electricidad recorriéndome la columna vertebral, además del dolor.

En algún momento de la noche terminé por desmayarme, Delia y ¿sabes? Volví a soñar con Jorge. Me suele pasar mucho desde que murió, de hecho. Es extraño, se siente como si estuviera atrapado en un bucle del que no puedo escapar, corriendo a través de un callejón que nunca se acaba por más rápido que intente alejarme y después, la absoluta nada.

Para luego terminar con él y yo sentados frente a frente en una especie de interrogatorio en donde tengo que escuchar toda la repetitiva historia de cómo soy yo el culpable de que tú ya no estés con nosotros.

Claro, porque mi subconsciente parece no querer recordar el hecho de que fue Jorge quien nos traicionó, ni que fue él quien les “cantó” el lugar donde estábamos, ni que fue él quien me hizo la vida jodidamente imposible por casi 5 años.

Te maldigo, memoria selectiva.

En fin, todo aquello nos lleva a este momento, Delia y, por cierto, ¿dónde carajo se supone que estoy? Vaya buen momento para vestir de negro mientras me putrefacto bajo el sol.

“¿Quién crees que va a hacer todo lo que hay que hacer?”

Creo que la pregunta es por qué siempre tengo que ser yo, Delia.

Es decir, mírame, estoy aquí en medio de la absoluta nada, cuando debería y quisiera estar en otro lado. No lo sé, a lo mejor con ella, cumpliendo mi promesa, siendo fiel a mi palabra.

¿Cuántos momentos, cuánta cercanía, cuántos recuerdos me he perdido por estar haciendo esto en lugar de estar a su lado? Tal vez incluso podría haber movido un poco más la balanza en favor mío si hubiera estado lo necesario y no aquí, jugando a ser el bueno.

Estoy cansado, Delia. Cansado de tener que sacrificar la vida del hombre que soy debajo de la máscara, cansado de perderme los mejores momentos de mis días e intercambiarlos por el dolor y el vacío que me supone esta soledad. ¿Es esta la vida que querías para mí? Me dijiste alguna vez que llegaría a ser un gran hombre alguna vez, lo único que veo ahora mismo es un despojo de existencia que no termina de ser suficiente.

¿Por qué no me siento como el bueno de la historia, Delia?

A lo lejos, el sonido de un motor me devuelve a la realidad. Con dificultad, intento agitar las manos y gritar al conductor para que me vea. Una vez detenido el vehículo, uso las últimas fuerzas que me quedan para atravesar aquel descampado que se me hace más largo que el mismo Sahara.

-¿Qué te ha pasado, chiquillo?

-Perdón, maestro pero creo…creo que me han “pepeado” – perfecto, cada vez mis excusas se superan una a otra.

El hombre me lanza una mirada compasiva, aunque no estoy seguro si crédula. Me abre la puerta del copiloto y me sonríe.

-Sube, te llevo al hospital.

A lo mejor no me siento como el bueno porque no soy el bueno, Delia.


Tan solo soy Sombra. 

sábado, 1 de julio de 2017

Las ganas que nunca me faltan

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve por aquí.

Sí, ya sé que eso tú no lo sabes. ¡Vamos! De hecho, no sabes nada de mí. O probablemente sabes de mí tanto como yo sé de ti, lo cual es reducible a nada más uno.

Álgebra elemental.

Así que permíteme presentarte un poco de lo que no soy, de lo que creo que soy y de lo que estoy seguro que me gustaría ser. Para hacerlo, tendré que comenzar como toda buena historia: con un planteamiento que podría pasar por interesante, seguido de un nudo estúpido y un desenlace de mierda. Sí, lo sé, se me sale el guionista interno, a veces no lo puedo evitar.

Volviendo al punto, comencemos, como siempre, por el principio.

No, no soy el amo de la experiencia ni del conocimiento en temas en los que todo el mundo que tenga nuestra edad parece estar interesado. Soy solo la suma de unas casualidades bastante desagradables (en su mayoría) que al menos dejaron la imborrable huella de ser una historia que contar en el futuro.

Graciosa, emocional, vulnerable.

El adjetivo lo eliges tú, lo anecdótico lo pongo yo.

Me han llamado honesto, me han llamado puro y auténtico. Yo me rio, poco, pero lo hago y en silencio, claro. ¿Quién soy yo para negar la opinión de la gente? Claro, una opinión basada en una perspectiva sesgada y positiva. Lo cual no significa que me pondré a narrarte la cadena de hechos que me llevan a afirmar que no encajo del todo en dicho grupo de adjetivos calificativos. Podría hacerlo, podría contártela, pero ya no tendría sentido. ¿Para qué desenterrar los viejos cadáveres que hay en mi sótano?

Mírate, tan linda tú en toda tu inocencia, pensando que esa frase está escrita en sentido figurado.

En fin, no hablemos de mis límites ambiguos y difuminados respecto a lo que es o no, correcto. Ese probablemente será tema de otra conversación… ¿o debería llamarlo monólogo? Después de todo, las posibilidades de que alguna vez llegues a parar a este texto son infinitesimales y, aun así, me encuentro en una noche cualquiera, a una hora poco prudente, escribiendo y regresando a mis orígenes, porque yo soy ese tipo de persona. Hago cosas inexplicables en momentos inadecuados y por personas que apenas conozco, pero con las que siento un vínculo que por más que quisiera describir, no podría.

¿Y entonces qué? ¿Esa es toda la historia? Pues no, no realmente. Ahora retomo la parte en la que escribo sobre lo que creo ser. A estas alturas de la vida, ya debes haber visto el tipo de chico que soy. Si tengo que ser muy sincero conmigo y contigo, la verdad es que no tengo ni la más remota idea de en qué paradigma recae mi forma de ser. Estoy cansado de encontrar un modelo en el que forzarme a existir así que tan solo dejaré que mi existencia se amolde tal y como lo desee. ¿Qué por qué nunca hablo con nadie? ¿Qué por qué siempre parezco tan ensimismado y retraído y tímido para luego dejar salir una libertad inesperada en mi forma de ser? Probablemente tenga que ver con la sensación de sentirme en casa, ese sentimiento de pertenecer a un grupo.

Además, créeme, sé un par de cosas sobre pertenecer a grupos “complicados”

Y junto con todo esto viene aquella parte que no termina de agradarme pero que, sin embargo, tengo que reconocer. No suelo integrarme de una manera funcional a los grupos en los que tengo la suerte de estar, ¿por qué? Bueno, tiene que ver con mi inseguridad y desconfianza. Sí, ya sé lo que puedes estar pensando, “¡Hey! ¿Por qué escribes estas cosas en un lugar donde el mundo podrá leerlas?” Pues número uno, no será lo más loco ni extraño que la gente leerá por aquí y número dos, he decidido que al menos por ahora, me importa muy poco lo que la gente opine.

La inseguridad y el pensar en cada decisión que he tomado hasta ahora son una constante en mi vida, alimentándose mutuamente la una de la otra en una relación casi parasitaria que resulta en un bucle que algún día tendré que detener. ¿Por qué? Bueno, tiene que ver con los errores del pasado y lo mucho que “disfruto” martirizándome con ellos, negándome la posibilidad de ser feliz o de pensar en que merezco algo mejor en la vida. ¿Eso es lo suficientemente honesto o te muestro las heridas abiertas que arrastro hasta ahora?

Mejor no, mantengamos esto con una calificación PG-13.

Tengo sueños, ¿sabes? Sueño con el día en qué pueda despertar y no desear esconderme tras una máscara, sueño con el momento en el que no tenga que minimizar mi capacidad ni esconder mis aspiraciones y deseos solo para que la gente no pregunte de más. Imagino y saboreo el día en que pueda ser completamente sincero con una persona que me acepte tal y como soy. ¡Oye! No creo que sea nada que nadie nunca haya deseado, pero sí, me gustaría alcanzar ese estado en el que la única opinión importante es la que tengas tú sobre los demás.

Recuerdo haberte escuchado decir que las personas se conforman con muy poco. Lo cual me hizo pensar en las decisiones que he tomado en la vida, ¿ya te dije que yo pienso casi todo, ¿verdad? ¡Porque de veras que lo hago! Una amiga mía que ya no camina entre nosotros diría que es porque soy Virgo, pero bueno, eso no es lo importante. Yo también creo que las personas tienden al conformismo, digo, me he visto a mí mismo cayendo en sus garras así que no podría discutírtelo, aunque quisiera. Me hablaste de un chico, porque sí, la historia siempre se repite. Chico conoce chica, chico pierde a chica, chico hace una proeza por chica… ¡Ah, no! Espera, esta es la vida real, ¿cierto? Carajo, a veces tiendo a confundirme con lo que funciona cuando escribo un guion. No, claro que no, en la vida real por lo general no es así como son las cosas. Probablemente hayas terminado lastimada y pensando que él tiene todo el derecho a ser feliz y a enamorarse de alguien más mientras que tú estás destinada a morir pensando únicamente en él. ¿Te cuento algo interesante? He estado a ambos lados del ring y no, como dice una vieja canción, “de amor ya no se muere”. Nunca se murió, en realidad. Pero aquello tú no lo sabes, ¿cómo podrías saberlo? Cuando el amor llama a nuestra puerta, somos tan inocentes en dejarlo entrar, pero tan egoístas para permitirle salir. Y más aún cuando se trata de abrirnos a una nueva persona.

No, no me refiero a entregar algo que no recuperarás por la mañana, junto con toneladas de dignidad.

Podría extenderme más con esto, pero no lo haré, después de todo, nunca en la más remota de las existencias paralelas que vienen con toda la teoría de los universos leerás tú esto. Aunque sería gracioso si lo hicieses, porque aquello me haría sentir como un libro abierto en todo el sentido de la palabra. Mírame… No, mírame realmente. Mira más allá de mi apariencia, mira más allá de mi físico, de mis cicatrices, de mi inseguridad y de mi temor a lo que vaya a pensar la gente de mí. Mírame y acércate, no tengas miedo, porque ningún miedo podrá ser mayor del que yo mismo siento a veces de mí. Lo único de lo que puedo estar seguro es que no volveré a permitir jamás que mi miedo vuelva a lastimar a las personas que me importan. Acércate, porque debajo de esta apariencia no tan “llamativa”, debajo de esta máscara de seriedad y experiencia y debajo del nerviosismo que me genera tener a una mujer agradable y llena de vida, hay un corazón que se muere de ganas de volver a latir con la intensidad que me robaron mis antiguas noches de verano, soledad y sombras.

Hoy, esta noche, me doy cuenta de que después de muchísimo tiempo, tengo ganas de volver a querer y tengo ganas de empezar por mí y terminar en ti. Así que sí, soy solo un chico que tiene un blog X en una dirección de internet X y que lo único que puede ofrecer en este momento es su trabajo desinteresado, su honestidad en gran parte y sus palabras hechas texto y emoción.


Porque, Dios, que la emoción sea lo último que nos falte y la seguridad lo que más nos sobre. Y así no tengamos que vivir toda la vida arrepintiéndonos de no haberle dado la oportunidad a esa pieza que nos quedó pendiente por bailar. 

domingo, 12 de junio de 2016

La última Sombra de la noche: Pasión y Peligro

Parte 1: http://goo.gl/yqu43h

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Su mirada seductora me encuentra desde el otro lado del pasillo. Apoyada en el marco de la puerta de su habitación, ahí está ella.

Esperando, tentadora.

Por las líneas de su cuello se deslizan unas finas gotas de agua brillantes, sin secar, que corren hacia el abismo de su pecho que amenaza inocentemente con devorarlas. Caigo en la cuenta de que que probablemente haya salido de la ducha hace tan solo un momento. La bata, mal amarrada a su cintura, deja a la vista tan solo lo justo y necesario de ese par de senos morenos. Lo suficiente como para someter a cualquier mortal.

Lo suficiente como para someterme a mí.

Me sonríe; tan solo unos cinco metros me separan de poseerla, me incita a entregarme al impulso salvaje de hacerme uno con su cuerpo. Pronuncia mi “nombre” con esa voz peligrosa que excita cada una de mis terminaciones nerviosas. Sabe que en cualquier otro momento, ni siquiera la más férrea de mis voluntades podría resistirse a su embrujo seductor, aun si tengo una máscara cubriendo mi rostro.

Pero no hoy.

Trato de seguir adelante, dejando a la morena con las ganas encrespadas. Sigo caminando, hoy no estoy aquí por ella. Tengo que concentrarme, tengo que recordar por qué estoy aquí hoy.

Tengo que recordar por qué tengo que salir con vida de aquí hoy.

-Nada de lo que estés buscando aquí va a ser mejor que yo – Una mano rodea mi pecho, me detiene, me aprisiona, se posa a la altura de mi corazón y me acaricia - ¿Lo sabes, verdad?

-Hoy no estoy buscando algo mejor, cariño – Intento no dejarme traicionar por el deseo – Estoy buscando a alguien que no debería estar aquí.

Es difícil no entregarse a la lujuria, especialmente cuando han pasado meses sin que hayas estado…bueno, ya sabes. No es que me moleste la situación, yo mismo he inventado mil excusas para justificar mi falta de…”contacto” con las mujeres en general, pero al final del día solo son eso: excusas.

Y ahora estoy aquí, con esta mujer abrazándome por detrás, pidiéndome que me quede con ella por el resto de la noche. Mintiéndome mientras yo lucho internamente por concentrarme y recordar por qué estoy aquí, por qué necesito regresar a casa por la mañana.

¿Qué rayos estoy haciendo aquí?

-Te he echado de menos por aquí – Suelta un suspiro apasionado, como quien se sabe abrazando a un amante olvidado.

Sabe que ni siquiera yo soy tan fuerte como para evitar sus artimañas. ¡Maldición! Necesito recordar…

-Puedes dejarte puesta la máscara si quieres – Me susurra.

¡Demonios! Malditos fetiches que solo me hacen débil.

-Y bien… ¿Qué dices? ¿Vamos a jugar? – la mujer empieza a bajar la mano, de mi corazón a mi abdomen, si llega más abajo todo se habrá ido al diablo.

-Detente – Coloco mi mano encima de la suya. La aparto con delicadeza y me doy la vuelta.

Sus ojos son negros, inyectados con una pasión que dudo sea legal en ningún estado. Me observa, interesada. Apuesto a que está preguntándose cuanta fuerza de voluntad me requiere el no caer en su juego. Tengo que reconocer que no es mi mejor momento.

Y ella huele tan bien…

-No voy a hacerlo, Silvana – La llamo por su nombre real, con la intención de que la realidad me golpee cual bola de demolición y me saque de este trance.

¿Por qué estoy aquí?

Tenía que ver con un niño, creo recordar. Yo estaba viviendo una vida “tranquila”, o bueno, tranquila para alguien como yo. Después de todo me lo merecía, ¿verdad? Tras todo el infierno al que me sometí, tras sacrificar vínculos importantes y personas especiales, tras haber perdido hasta mi propia existencia, merecía la paz que vino después.

O quizás no y fue por eso que el secuestro del niño tuvo que recordarme que mi vida solo es una pantomima de pretender ser alguien que no eres. De ocultar, de reprimir. De vivir con el temor  de que alguien se dé cuenta que no eres quien aparentas ser, que eres más que eso, sabes más de lo que deberías y no eres la buena persona que todos creen.

Pero hoy no estoy haciendo esto para psicoanalizar cada una de mis inseguridades reprimidas bajo una máscara. Hoy estoy aquí por algo más.

Por alguien más.

Ramiro Castillo. El pequeño niño prodigio de Santa María de la Redención, el ajedrecista del mañana, la prueba viviente de que no todo está perdido en este lugar del demonio, de que aún queda esperanza de encontrar buenas personas por aquí.

¿Dónde estás, niño? ¿A dónde me has hecho venir a parar?

-Sé lo que estás buscando – Su tono de voz ha cambiado, ya no es seductor. Como si se hubiera aburrido de esperarme – Deberías dejarlo.

Lo sé, debería dejarlo. Debería estar en casa, durmiendo. Soñando con cómo cambiará mi vida en un par de semanas, preparándome para lo que vendrá, después de todo, no siempre se te presenta una oportunidad como la que yo estoy a tan solo unas semanas de vivir.

Claro, si es que salgo ileso de esto.

-¿Dónde está el chico?

Me mira, impávida. No se inmuta ni una pizca frente a la proximidad de mi cuerpo. ¡Demonios! Algún día me gustaría ser así de inmune a una mujer, a sus encantos y a su cuerpo

O no, la verdad es que no me gustaría tanto como desearía fundirme con su piel en este preciso instante.

Es pequeña, apenas medirá un metro con sesenta y cinco centímetros. Sin embargo, su belleza radica en su exotismo, en sus facciones, en su tez morena, en sus cabellos negros posados a un lado de su cuello, en su piel tostada que brilla a contraluz. 

Toda ella emana un aura de indomabilidad que solo se detiene frente a la inexpresividad de mi máscara.

-No quieres saberlo – Replica, dejándome ver la blanca dentadura que ocultan sus labios.

No puedo perder más tiempo. Olvida que hace meses no has tocado a una mujer, olvida que han pasado años, literalmente, desde tu último beso, olvida lo bien que se siente que ellas te deseen y lo mucho que te haría falta que te quisieran.

Olvida todas las cosas que necesita el hombre debajo de la máscara y acaba con esto ya.

Por supuesto, es difícil olvidar cuando estás en un sitio rodeado de mujeres hermosas pretendiendo desearte y anhelando complacer tu más oscuras e íntimas pasiones.

-¡Dónde está! – Sujeto sus brazos con ambas manos, lo suficientemente fuerte como para que su valentía dude.

-¿Has dejado atrás a todas las chicas? Con lo mucho que les gusta cuando nos visitas - Esquiva mi pregunta con tal gracia que me deja desarmado en un instante – Hace mucho que no venías por aquí…ya te extrañábamos.

Si no fuera tan condenadamente estúpido con las mujeres, estoy seguro que ya habría resuelto este impasse. Estoy seguro que ya habría encontrado al mocoso.

Estoy seguro que ya estaría en casa, durmiendo plácidamente. Soñando con una vida que no me corresponde, tal vez soñando con esta mujer, imaginando que hago mío su cuerpo y cada uno de sus rincones, como antes…

¡No! ¡Rayos, concéntrate!

Necesito poner distancia entre nosotros, así que decido soltarla. Me alejo, doy un par de pasos hacia atrás. Ella sonríe, sabe que me tiene justamente donde quiere.

-Al menos yo te he extrañado mucho…Sombra – Pronuncia esta última palabra con semejante lujuria que el lugar entero podría incendiarse con su deseo – Quiero que veas cuanto…

En un instante, la bata y mi resistencia terminan en el suelo.

Está bien, esto podría complicarse un poco.  

Se acerca con un vaivén pausado y melodioso, sus brazos rodean mi cintura. Su pierna derecha sube por mi cuerpo, rozando la mía, buscando engancharse a mí. Sus senos se presionan contra mi pecho. Su respiración se hace más pesada, el olor de sus cabellos me intoxica el razonamiento. De repente todas las barreras autoimpuestas a mi lujuria empiezan a venirse abajo, una por una.

Ya sé que es imposible, pero puedo sentir su corazón repicando debajo de la piel. Mi respiración se acelera, se entrecorta. Hay cosas que una máscara no puede ocultar.

El deseo, por ejemplo.

Necesito recordar, necesito pensar en el niño, recordar que me necesita. No olvidar que soy el único que sabe cómo hacer esto, que soy el único que podría encontrarlo.

Necesito tantas cosas y solo me veo a punto de entregarme al dulce vacío de su cuerpo.

El problema parece ser que ella conoce mis debilidades y sentirse más fuerte que yo es lo que la hace apasionarse tanto para conseguir…esto. Supongo que era cierto lo que me decían, aquello de que no puedes salir de todas las situaciones a golpes, o en mi caso…a cuchillazos.

Sus manos acarician mi cuello cubierto por la bufanda, sus labios buscan donde posarse pero la máscara les cierra el paso. Una mueca en su rostro delata lo mucho que detesta que esta noche no lleve ni un centímetro de piel descubierta.

¡Alabado sea Dios por ello!

-Quiero que me lo hagas aquí mismo - susurra, y su voz de gata en celo me dispara el fenómeno fisiológico.

La sangre me hierve, amenazando con quemarme las venas. El corazón me salta como un pez fuera del agua y no puedo regular mi respiración. Debajo de la máscara, siento mis labios resecos, cual árido desierto queriendo saciar su sed en el precioso cuerpo desnudo que tengo a centímetros de mí

De repente, un fuerte ruido irrumpe la intimidad de la pasión. Le siguen gritos, mujeres asustadas y una voz masculina que sobresale por encima de todas ellas. 

¿Eso ha sido…un disparo?  

Regreso a la realidad. Cuando me doy cuenta, mis manos se encuentran posadas en sus caderas a tan solo unos centímetros de aquellas nalgas firmes y redondas que se me exhiben en toda su majestuosidad.

Necesito concentrarme, ¿qué rayos ha sido eso?

Aparto las manos de un tirón y las coloco sobre sus hombros

-Seno es cateto opuesto sobre hipotenusa, coseno es cateto adyacente sobre hipotenusa, tangente… - Intento que mi voz sea un susurro, que nadie se dé cuenta del estúpido método matemático que utilizo para tranquilizar mi excitación, pero veo en su rostro con expresión extrañada, que las palabras me están saliendo más fuertes de lo que deberían.

Necesito moverme, maldición…si tan solo la erección cediera un poco.

La puerta al otro lado del pasillo se abre de par en par, dejando ver una grotesca figura. El brillo de la luz no me deja reconocerlo, pero por las dimensiones del cuerpo deforme, puedo intuir de quien se trata. Coloco a la mujer desnuda a un lado mío, no sé porque siento un ligero pudor enrojeciéndome las mejillas debajo de la máscara. 

Quizás si ella se volviera a vestir la bata...

-Bien, bien…pero mira nada más – Esta vez, es la voz de un hombre la que interrumpe el momento – Veo que te la pasas en grande, maldito – Unos ojos inyectados de rabia me observan desde el otro lado del pasillo. Son negros como los de Silvana pero estos albergan un odio mortal.

Hacia mí, claro. Un odio mortal hacia mí, no podría ser de otra forma.

Quisiera no tener que reconocer ni los ojos, ni la voz, ni el rostro de este tipo, un hombre al que ya quisiera nunca más haber tenido que volver a ver en mi vida.

Claro, quizás si es que mi vida siguiera siendo mi vida y no la versión en la que mando al diablo todo, mi futuro inmediato, la tranquilidad de vivir como un tipo normal, mi inexistente contacto con las mujeres, entre muchas otras cosas más, solo para involucrarme en cosas que ya no me conciernen, en objetivos estúpidos que amenazan con lastimarme, en el mejor de los casos. Como encontrar al pequeño ajedrecista, como ponerme una máscara de nuevo, como rechazar el cuerpo exuberante de la mujer que ahora tiembla, desnuda, junto a mí.

La historia de mi vida.

No es que no me guste encontrarme en esta situación, quiero decir, si hablásemos del tipo debajo de la máscara, estas cosas nunca le suceden a él. Ni prostíbulos clandestinos, ni mujeres deseándolo, ni hombres gigantes amenazando con matarlo, ni niñatos secuestrados que una policía inepta no puede encontrar.

Y todo eso está bien, ¿sabes? Solo que al mismo tiempo no lo está.

Supongo que es por la falta que me hace el hecho de llevar máscara. La necesidad que tengo de liberar toda esta personalidad que tengo que reprimir día tras día, pretendiendo ser el modelo de persona normal que no soy, que nunca seré. 

-Cuatrotetas, ¡qué gusto verte de nuevo, viejo! – Perfecto, empezamos con la ironía.

El hombre aprieta los puños como si fuera a destruirse los nudillos. Sé cuánto detesta ese sobrenombre, por eso lo  uso en la primera oración. Sí, ya sé que debes estar pensando, no debería provocar a la bestia, no debería arriesgar mi pellejo tontamente, no debería usar máscara y pretender ser el bueno en esta situación.

El tipo me mira una vez más, furioso, y embiste hacia mí.

De verdad espero que esto valga la pena. 

Espero que algún día, cuando ganes un desgraciado mundial de ajedrez o algo por el estilo, te acuerdes del extraño enmascarado que se jugó su pellejo y el billete a una mejor vida por ti, Ramiro Castillo.


Porque si no, estaré muy molesto.