martes, 31 de diciembre de 2013

Crónicas de nuevo año: Sombra

La historia de mi vida.

Desde luego, es genial poder hacer este tipo de cosas. Saltarse las convenciones sociales que me impondrían estar en alguna situación distinta, rodeado de gente que de seguro no recordará mi nombre por la mañana, mientras esbozo una accidentada sonrisa producto de mis cero ortodoncias. Claro, es fantástico no tener que cumplir con tu rol asignado dentro del maldito insufrible reloj de la sociedad.

Cabe resaltar que no es exactamente la mejor manera en la que un chico de veintitantos pasa la noche de año nuevo. Aunque supongo que eso es lo que obtengo por hacer cosas que bien podrían ser consideradas... ilegales. Dentro de los márgenes que el mismo concepto permite, por supuesto.

Aun así, estoy aquí y es año nuevo, otra vez.

La calle está más silenciosa de lo que esperaba. Jaurías endemoniadas ladran a lo lejos, producto de los pirotécnicos que enguirnaldan la noche. Los fuegos artificiales que destellan en el cielo me recuerdan que allá en casa, mi familia probablemente se esté preguntando dónde carajo estoy. A lo mejor fue un error de cálculo el venir aquí. Pensé que con todo el movimiento y locura presente en estas fechas, alguien intentaría hacer algo estúpido que necesitara de mí. Tal vez soy el último gran altruista de la ciudad y no tan solo un mocoso evadiéndose de la cotidianeidad de lo mundano y no, no es que no me guste o no valore lo que hago, es solo que...

Digamos que no soy mi mayor admirador.

Por lo general, las noches de verano en la ciudad son calurosas y están cargadas de una vida diferente. No es extraño encontrarse grupos de jóvenes andando por ahí a altas horas de la noche o incluso pandillas de niños jugando en las aceras, despreocupados y jolgoriosos. Ajenos al peligro que los rodea.

No negaré que he llegado a envidiar aquella inocencia de antaño.

Aquel no saber lo que puede llegar a ofrecerte la podredumbre de una ciudad como esta y sentir que incluso en las penumbras más frías, la victoria se impondrá a la muerte y al dolor de los vacíos, que solo acrecienta la tiranía que nos rige a todos desde las sombras.

Es eso o a lo mejor solo es el corazón de la ciudad que llevo mí, moviéndome los hilos de la nostalgia.

Para tratarse de otra noche veraniega, a ésta la envuelve una corriente de aire frío que no se va ni con las promesas del año entrante. Promesas como el hecho de dejar de usar una máscara para escapar de mi rutinaria existencia, de las vidas pasadas y las vidas que todavía me quedan por perder, de los dos hombres que luchan y de todas esas dudas que me carcomen por dentro durante las noches en las que sentarme a esperar el mal en la azotea de algún desconocido no sea una opción para despejar mi mente.

Ya sé que es bastante ilógico, sin embargo, hay cosas que encuentran su razón de ser en su propio sin sentido, ¿verdad?

Como el hecho de estar aquí, vigilando desde la azotea de una casa que no es mía, en noche de año nuevo, cuando podría estar en cualquier otro lugar celebrando o embriagándome hasta perder mi propia identidad. Disfrutando de la compañía de otros como yo, ansiosos por dejar atrás esos sueños vacíos que nos dejó otro año ausente. Puede sonar algo fatídico, pero supongo que para perder la noción de uno mismo no siempre necesitas usar una máscara, ¿verdad?

La máscara, sí, ya sé que te debes estar preguntando por ella. Durante un tiempo intenté convencerme de que su justificación radicaba en la teatralidad de mis acciones, en mis ansias no retribuidas de sentirme importante, poderoso... incluso heroico. Eran las ambiciones de un niño tonto que no sabía que lo importante se convierte en polvo de incienso frente a las poderosas cenizas que dejan los héroes caídos.

O las heroínas.

Una mujer me salvó la vida hace un tiempo ya, pero para conseguirlo tuvo que morir. Es triste y duele. Seguramente dolerá hasta el día en el que mis ojos se cierren para siempre. No suelo hablar mucho sobre ello porque como podrás darte cuenta, no tengo mucha compañía en las alturas, solo la abstracción que me garantizan mis pensamientos y la culpa que habita en mis recuerdos. La vida que me queda la paso ahora resarciendo posibles males porque esa fue mi lección. Dañar es sencillo, sanar... esa es otra historia.

No me malinterpretes, no intento ponerme en el lugar de una víctima al contarte todo esto. En realidad, si alguien tuviese que ser la víctima en esta situación, difícilmente sería yo. Mis números todavía están en rojo y la cuenta que saldan mis pecados es aún más grande de lo que me gustaría. Es solo que... ¿cómo puedo explicarlo?

A veces extraño ser un tipo normal.

Ya sabes, una persona común y corriente con una vida apacible, con uno que otro inconveniente que se pueda solucionar de una forma "socialmente aceptable".

Aunque de alguna forma lo soy, ¿sabes? Mi familia tiene sus propias disfuncionalidades peculiares, justo como la de cualquier otra persona, tengo un trabajo más o menos estable e intento sobrevivir a él un día a la vez. Soy como cualquier otro tipo normal con tribulaciones, miedos, angustias, deseos de año nuevo que espera cumplir y todo eso. Claro que la mayor parte de tipos normales de mi ciudad no hacen este tipo de planes para celebrar la llegada del nuevo año ni tampoco cada fin de semana en el calendario. Pero vamos, cuando me enredo en estos dilemas existenciales, me doy cuenta de que hacer este tipo de cosas; algo como cubrir mi rostro, darle la espalda a lo que el mundo espera de mí y plantarme en la azotea de un desconocido a esperar que algo emocionante suceda, es lo único que mantiene unidos los pedazos de mi casi intrascendente existencia.

Y he ahí la razón por la que llevo máscara.

Suele sucederme mucho que, incluso llevándola puesta, las dudas de la identidad que guardo debajo sobresalen y consumen mi mente. ¿Eres tú el uno o eres el otro? ¿Quién controla al titiritero? ¿Quién pagará mañana las consecuencias de mis actos de esta noche?

¿Cómo puede pensar alguien en tantas cosas y no volverse loco? Y más importante aún... ¿Cómo puede hacer alguien esto con tanta frecuencia? Una y otra y luego otra vez.

Es todo un martirio, ¿no crees?

Pienso en mis amigos. Espero que al menos ellos sí lo estén pasando bien... sé que en medio de todo el júbilo por la celebración del nuevo año ni siquiera recuerdan al aguafiestas que se negó a acompañarlos y que rechazó tantas invitaciones solo para estar aquí, sentado en una azotea aleatoria. Intento recordar sus caras de enojo y decepción al recordarme, quiero aferrarme a esa culpa por siempre ser el de las excusas tontas, el de los "hoy no puedo, tengo algo que hacer", aquel que se pierde los cumpleaños y se pierde todas las despedidas. El que adelanta todos sus relojes, pero siempre llega tarde.

Y es que a veces resulta tan complicado llevar una doble vida sin que el resto de las personas sepan quién soy en realidad, ¡rayos! A veces ni siquiera yo estoy seguro de saberlo. Es como si escondiera un secreto tan oscuro que ni siquiera yo mismo soy del todo consciente de lo que podría suceder si alguna vez decidiera encararme con la verdad. ¿Van a gustarme los ojos que me devuelvan la mirada a través del espejo mañana por la mañana?

Más importante aún, ¿seré capaz de mirarlos?

Sin embargo, hoy me he prometido no pensar en nada de eso. A pesar de todo, hoy quiero mirar al futuro con un poco de esperanza. Solo un poco, pues tampoco es que me quede mucha.

"No tenemos mucho, pero igual vamos a compartirlo"

La voz de la mujer que salvó mi vida empieza a merodear entre mis pensamientos. Mi mente me muestra todos esos momentos de júbilo que pertenecen a un pasado que ya no existe. Sonrisas que se alejan, pero cuyo destello me abriga hasta la última de las malas intenciones. Miradas que solían devolverme la misma esencia que dejo ir cada noche y besos que bien podrían haber incendiado este lugar maldito si lo hubiéramos querido así.

A veces, tenga puesta la máscara o no, me invade su recuerdo, pero claro, ya nada de eso importa porque ella está muerta.

La historia de mi vida... no es tan genial como parece, ¿verdad?

No es ni tan emocionante bajo la máscara, ni tan sorprendente con ella puesta. Es simplemente la repetitiva historia que algunos nos cansamos de contar y que otros terminan aburridos de escuchar.

Y así, hasta que algo repentino suceda.

Algo como... un hombre saliendo de una fiesta de año nuevo con su ¿novia, esposa, pareja? Lo que sea. Sé que no soy nadie para juzgar, pero no puedo evitar considerar innecesaria y estúpida la exposición al peligro a la que está sometiendo ese tipo a ambos, tanto a él como a su acompañante. Debe tener apenas 18 años, como máximo podrá tener 20. La muchacha apenas puede sostener todo el peso de su cuerpo sobre sus hombros. Se detienen un momento y él corre a vomitar en un lado de la acera por la que caminan. Ella rebusca con desesperación entre las cosas que tiene en el bolso. Ninguno de los dos ha visto a la banda de maleantes que empieza a rodearlos. He ahí las ventajas de tener una vista panorámica desde esta azotea.

¿Ves? Ninguno de mis movimientos es aleatorio, solo las azoteas que elijo.

No tengo que hacerlo. Nada me compele a hacerlo. No hay absolutamente ninguna necesidad de interrumpir la apacibilidad de la noche e impedir una inminente injusticia o, por lo menos, intentarlo. ¡Deja de mirarme con esos ojos! Tú estás muerta y hasta donde sé, los muertos no pueden forzarte a hacer nada que no debas. No tienes que recordarme lo fácil que es infligir sufrimiento a otros. Yo estoy aquí porque no pude evitar ni tu dolor ni tu sufrimiento, por favor... ¿qué más tengo que hacer para merecer mi lugar a tu lado?

"¿Quién va a vivir la vida en tu lugar?"

El chico cae sobre sus rodillas, la muchacha corre apresurada a ayudarlo a que se ponga en pie. Forcejean un poco. Él la aparta de un manotazo mientras yo no me puedo terminar de creer que tenga que hacer algo por un tipo como ese. Intento convencerme de que lo que voy a hacer, será porque tengo cuentas pendientes, números rojos, malas... perdón, buenas intenciones. Pero nada de eso importará por la mañana.

La historia de mi vida.

Una vida "con tribulaciones, miedos, angustias, deseos de año nuevo que espero cumplir y todas esas cosas". ¿Fue eso lo que dije, cierto? No mentía.

Pero esa es la vida de otra persona y este es el momento en el que volvemos a ser dos entidades unidas y divididas por un vínculo letal.

Me pongo de pie mientras contemplo como cada actor empieza a interpretar adecuadamente su papel dentro de la injusta escena que se arma a mis pies. Los ojos de la mujer, inyectados con terror, la bravuconería insípida del borracho que unos cuantos puñetazos desdibujan de inmediato, las risas socarronas de la pandilla de maleantes, ajenos a todo y saboreando desde ya cada uno de los rincones de la muchacha. Todos los elementos en conjunción y en una armonía abominable, a la espera de un último acorde que eleve al máximo el horror.

Inhalo profundamente y me permito abrazar su recuerdo por última vez.

"Dalia, esto es para ti. Si de alguna manera astral o del más allá puedes escucharme, que sepas que te quiero. Sé que es ahora cuando ya no estás aquí que siempre lo repito, pero nunca es tarde... tal vez algún día pueda volverte a encontrar"

Un grito ahogado de terror rasga la tranquilidad de la primera noche del año. Un grito que derrumba todo menos la soledad de mi alma.

No, yo no soy la víctima. Yo soy el victimario.

Yo soy Sombra.

sábado, 14 de septiembre de 2013

EL DÍA QUE MIS OJOS TE VEAN

Mucha gente espera días especiales en sus vidas. Cumpleaños, aniversarios, fiestas nacionales, feriados...en fin, son tantas que sería imposible catalogarlas todas. Las esperan con tal paciencia que resulta admirable la forma ferviente en que despiden hora tras hora, con la esperanza de que cada momento los acerca más a aquello que tanto anhelan. Resulta a veces un poco espeluznante la religiosidad con la que las personas esperan ciertas fechas que les resultan "importantes". En cuanto a mi, yo no espero ni mi cumpleaños ni ningún tipo de aniversario. Son solo días comunes cargados de ciertos significados que la sociedad dicta que sean especiales. 

Pero hay un día que yo sí espero. Un día que no tengo marcado con resaltador en mi calendario, que no está apuntado acompañado de una ruidosa alarma en mi celular. Un día del que, si bien no sé la fecha exacta ni cuan cerca esté, anhelo desde mis más profundos deseos interiores del corazón. Un día con el que he soñado en mis sueños más secretos de los que solo conoce mi almohada. Un día por el que espero sin tener una fecha de vencimiento, sin una razón aparente para esperarlo. Un día por el que, simplemente, sé que debo esperar. 

Yo espero por el día que mis ojos te vean.

Es un poco ambiguo dicho de este modo. La vista percibe tantos objetos, personas y detalles infinitos desde el momento en que nuestros ojos se abren a este mundo. Sin embargo, es el sentir esta apremiante necesidad de tu cercanía, imaginar cada segundo que transcurra a tu lado, memorizar cada detalle de tu imagen el que se traduce en el imperante deseo de contemplarte por un momento...porque, ¿sabes algo? Mi imaginación no es tan poderosa como para regalarme una proyección ni remotamente aproximada de ti. Y jamás sería suficiente una fotografía, un ideal o el recuerdo de una persona idealizada. 

Por eso no sucumbo a los placeres de envolverme en las imágenes de tu rostro que mi mente me ofrece, por más que resulten como una inyección de adrenalina en un momento crítico para mi corazón. Por más que la soledad, que me carcome desde el interior de mi ser y que continuamente me restriega en las narices el hecho de que estoy solo aquí, intente seducirme a entregarme a sus garras engañosas y perderme en mis expectativas de encontrarte en un día aleatorio. Y todo esto sucede conmigo aquí, extrañándote y pensando en ti, mientras tú estás donde quiera que estés ahora.

Por eso quiero confiar en mis ojos. En estos ojos que me urgen a verte y recorrer el rincón más profundo de tu alma, aún cuando me pongas alguna barrera que deberé flanquear haciendo uso de la habilidad que he desarrollado en mi odiada y necesaria soledad. Y es que el día que mis ojos te vean será aquel en el que vea la luz de la vida con la claridad necesaria para saber que hay un antes y un después de ti, de esto que compartimos, porque sin ser nada en sí, nos queremos como si fuéramos todo. Porque es el abrigo de saber que estás presente aún en la más lejana cercanía lo que me da fuerzas para esperar cuando siento mis fuerzas abandonarme. 

Y es que el día que mis ojos te vean, se caerán por completo las máscaras, las imágenes mentales, los ideales y solo quedarán dos personas reales, tangibles, con miedos y dudas, con sentimientos y emociones. Dos personas que han coincidido de alguna forma desconocida en este sorprendente camino. Aquel día, en el que dejes, quizás, de querer la imagen que proyecto y empieces a querer al hombre que en verdad soy, yo sabré que todas las horas que pase sentado en una habitación, con la única compañía de mi soledad, queriendo, imaginando y anhelando estar a tu lado, valieron todas la pena. Cada segundo habrá sido completamente bien vivido. Porque el día que mis ojos te vean, sabrás que cada palabra que ha salido de mis...dedos, ha sido la verdad más sublime que ha proclamado mi corazón. Que no ha habido poema mejor declamado, ni canción mejor interpretada que aquella que se dice con la verdad del corazón. 

Aquel día, no me veré con pena ni lástima, porque aunque el sol no brille o la luna no nos ilumine, yo te aseguro que ninguna nube ocultará los verdaderos colores de mi alma. Porque aquel día no terminaré solo, tiritando en el frío. No me tragaré mi autocompasión en un discurso deprimente ni tratando de convencerme de que "todas las cosas suceden por una razón" o que tan solo fue un momento de impulsividad mal retribuido que ya pasó, ni mucho menos seré la única alma arrepentida que camine por una solitaria calle en una lúgubre noche limeña.

martes, 3 de septiembre de 2013

QUERIDA AMIGA...

Querida Amiga, 

Primero, saludarte y esperar que estés bien (aunque desafortunadamente no lo estés). Aquí la vida continúa de la forma en que pasaban los días antes de conocerte: monótonos, desesperanzadores y sin nada nuevo que ofrecer. Aquí las horas siguen transcurriendo una tras otra desde que te dije adiós, despreocupadas, con prisa y sin ningún deseo de regresar atrás a esos días en los que saber de ti iluminaba incluso la más oscura y fría noche limeña. 

Perdona por el atrevimiento de escribirte y por la cobardía que es el hecho de que este escrito no esté en tus manos. Ayer, mientras viajaba en el auto de regreso a casa, sentí una necesidad urgente de escribirte, de convertirte en letras tangibles, en frases que pudiera creer. Y es que resulta tan acertada la frase aquella de Henry Miller, "si quieres olvidar a una mujer, conviértela en literatura". Sin embargo, no es mi intención dejarte en el baúl sin fondo del olvido y vivir con la pena de quien recuerda. 

Yo quiero que trasciendas, aún si es lo último que puedo hacer por ti.

¿Estoy yo loco por la forma en que ha sucedido todo esto? ¿O son los azares del ir y venir que llamamos destino lo que nos ha hecho cruzar caminos para separarnos de tal forma cruel? Ya no importa ahora. Te dejé atrás y al mismo tiempo me quedé contigo. Me alejé y a la vez, me quedé impreso en tu corazón. Porque de cierta manera, como ya te lo había dicho, en cada detalle tuyo, conservabas una parte de mi. Ahora solo me queda un retazo de existencia que, debo suponer, será suficiente para enfrentar el dolor de haberte perdido sin perderte. Porque para perder algo, debió haber sido tuyo. Y tú siempre fuiste mía, aún sin serlo. 

Duele, es verdad. Incluso cuando no debería, el dolor de lo que pudo ser y no fue (¡Oh, ironía!) lastima a mi corazón maltrecho hasta el punto de burlarse de él. Ahora puede la lógica reírse de mi, ahora y en ningún otro momento, me dirá: "Te lo dije".

Y es que ya lo sabía yo. Ya sabía que tu presencia no estaría aquí conmigo, que jamás podría ver esos hermosos ojos marrones por los que, sabe Dios, cuantas veces he suspirado. Aquel mar de profundidad infinita que llevas debajo de la frente. Tendría que haber renunciado desde el primer momento a acariciar tu cabello, a luchar contra su aroma en una batalla que estaba destinado a perder. 

Las preguntas ya no importan ahora, la literatura tampoco. La lírica, el drama y la urgencia de pensar cada palabra de forma que te sientas abrumada por mis sentimientos han pasado ya a un segundo plano. Hoy solo quiero ser un chico que le escribe a una chica que quizás nunca será suya, pero que lo ha sido en su más hermosos sueños de felicidad. 

Hoy solo quiero que sepas que te extraño. Que miro mi teléfono unas cinco veces por segundo con la esperanza de que hayas derribado las barreras de mi adiós y, al mismo tiempo, con el temor de que hayas hecho esto, pues significaría enfrascarnos nuevamente en el círculo del que no hemos podido salir. Y es que hoy, querida amiga, no puedo irme del modo en que debería, no puedo dejar atrás los momentos, cada palabra, cada detalle. Debería dejarte atrás como me pediste, pues es ilógico querer tanto lo que no se ve, lo que no se percibe con los sentidos. Pero a ti, mujer de carne y hueso, te ha percibido el más importante de todos mis sentidos. A ti te ha percibido mi alma. 

¿Qué hace un joven de veinte años siendo cursi a las seis de la tarde de un día cualquiera? Algún día tendré la respuesta, pero hoy solo escribo y lo hago porque te siento, porque te pierdo y porque te quiero. Te quiero de esa forma en que quise quererte. Porque de cualquier modo, no me importa que hayas hecho antes, no me importa quien fue parte de tu pasado, sino el hecho de que me hicieras parte de tu presente. Me importa porque me fui ganando todo de ti, para renunciar al final. 

Debieron haber sido otras las circunstancias, me lo he repetido hasta el cansancio. O quizás debimos haber arriesgado y salir de nuestra zona cómoda, porque no hay peor adiós que aquel de quien no quiere despedirse. No hay nada más doloroso que dejar atrás a alguien que es importante para ti. Porque lo eres, eres importante para mi aunque poca compresión tenga de como sucedió. Así me enumeres todas las razones por las que no debo fijarme en ti, así me hables de todos los rumores, habladurías, chismes y demás que te convierten en alguien que no me conviene. Nada de eso importa ahora, yo te quiero de la forma en la que sé querer...con todo de mi.

Por eso, querida amiga, hoy que te digo adiós y te dejo atrás, solo hay una cosa que debes entender: No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Y quizás algún día caminando por un parque, te cruces con aquel chico que te arrancó una sonrisa a medianoche, que consoló tus lágrimas aunque su hombro no estuviera ahí para que pudieras apoyarte. En ese momento, girarás a verme. Ten por seguro que yo también lo haré. La belleza de tu alma me dolerá por un momento, porque pudo ser mía, pero me fue negada. Te contemplaré y en ese momento tu belleza llenará el lugar que no permitiste que llene ahora. Y luego seguiré mi camino, sabiendo que te querré más que nunca. Y como escribió el poeta, "Sin ser tu marido, ni tu novio, ni tu amante; soy el que más te ha querido y con eso tengo bastante".